lunes, 31 de agosto de 2015

SOBRENATURAL Y SOBREHUMANO

         Los dos últimos fenómenos sobrenaturales, de los que en un programa de televisión he tenido la oportunidad de recibir información, han sido: La bilocación o cualidad de una persona capaz de aparecer en dos lugares a la vez, y la fantasmogénesis o aparición de siluetas antropomorfas difuminadas que flotan y atraviesan las paredes.

     ¡Alucine el lector si es razonable!

     Adentrados en un mundo de conocimientos avanzados del siglo XXI, el misterio y los enigmas no parecen haber acabado y nos son familiares términos como lo paranormal, los conjuros o el mal de ojo, el espiritismo, la telequinesia, la levitación, las psicofonías,  la teleplastia, la estigmatización y hasta el hechizo y la  psicocirugía… sin contar con  disciplinas que se acercan a la ciencia infusa y proveen, al iniciado, de un caudal envidiable de conocimientos de la vida ajena como la quiromancia, la cartomancia, el tarotismo, o la astrología… por no hablar de la invocación al espíritu de los muertos y la güija.

      ¡Una feria bien servida de supersticiones y sandeces!

     Para un hombre que ve con los ojos de la cara y tiene los pies en la tierra, semejantes artes cercanas a la adivinación y la brujería, son propias de la Edad Media. Y en la medida en que una sociedad metaboliza estas miserias, su nivel cultural se arrastra en un magma idiota, en vez de andar. La civilización culta y racionalista de avances espectaculares, que ha llegado a la Luna y cura el cáncer, ha hecho de los medios de comunicación un arma mágica de información y relaciones sociales, y ofrece una esperanza de vida al nacer que duplica la de hace un siglo, no parece el lugar en que magias y maleficios pasen por sensatos.  

        Sin embargo no es extraño tropezar con personas de aparente solvencia cultural, dispuestas a contradecir nuestros presupuestos. Recuerdo haber trabajado en México durante algunos meses con un ingeniero en electrónica, que poco después de conocernos me aseguró que había tenido repetidas encuentros con Jesucristo y con el Diablo. Yo no daba crédito a mis oídos, la revelación me conmovió, las víctimas trastornadas por los fraudes paranormales no siempre son los más humildes. No obstante el hecho de encontrarse con un técnico místico no es raro ni extraordinario en un subcontinente, como América Latina, donde ensalmos cábalas y nigromancias reinan como alternativa a la realidad.

       Rechazo cuanto la experiencia y la razón me aconsejan, son el trabajo, el estudio y la investigación quienes cambian el mundo y lo hacen comprender, no el miedo y la ignorancia. Pero el peso de un pasado que se resiste a morir se impone a nuestros deseos, y los charlatanes cultivan el campo en que germinan  supercherías, oscurantismos, presagios y augurios. No tengo a mi alcance datos fiables de otras latitudes, y lo siento, pero un estudio realizado en los EE.UU, por el Instituto Gallup, en el año 2005, reveló que la mayoría de los estadounidenses cree en fabulaciones vividas a veces en primera persona… quien sabe si en sueños o como producto de la ingesta de sustancias que lo causan. Tales creencias las recoge  el sondeo que resumimos a continuación:

      Un 20% de los encuestados cree  en la reencarnación, el 21% en las brujas y la comunicación personal con los muertos. El 25% en la astrología, el 26% en la adivinación del futuro, el 31% en la telepatía y el 32% en fantasmas. El 37% de los encuestados cree que existen las casas embrujadas, y el 41% en la percepción extrasensorial. Más de un 70% de los estadounidenses da crédito a una o más quimeras irracionales, y sólo un minoritario 27%, escéptico,  discute oponiéndose y negando verosimilitud a cualquiera de estas supersticiones.


 

¡Qué país! Hace bueno el aforismo machadiano que asegura: “De cada diez cabezas, nueve embisten y una piensa”. Y contra lo que la razón y la experiencia nos enseñan, cada día, apuesta por la existencia de entidades metafísicas, en no menor medida que por las fuerzas sobrehumanas y desde luego sobrenaturales. Pero a nosotros nos tienta pensar a la manera del viejo humanista Montaigne, al decir: Sólo conocemos lo sobrehumano en lo humano como expresión voluntariosa y vacía de sentido real. En consecuencia es razonable aseverar que:

Ninguna fuerza humana es sobrehumana.

Ninguna inteligencia humana es sobrehumana.

Ninguna sensibilidad humana es sobrehumana.

Ninguna voluntad y ninguna aptitud humana son sobrehumanas.

Ningún hombre, santo o pecador, inteligente o zafio, es ni será sobrehumano.



        ¡No! Ninguno es más alto que su propia estatura, ni pesa más de lo que dice la balanza, porque ello –apuntaría un tinerfeño castizo– es tanto como pretender tirarse un pedo más grande que el culo.

En cuanto a lo sobrenatural cabe decir que participa de igual desmesura que lo sobrehumano: ambos toman lo ancestral y atávico por verdadero, y lo deseable por  practicable. En ese sentido, pretender conciliar lo sobrenatural con lo real, es tan absurdo como asumir que uno más uno suman cinco. Tomás de Aquino, arrimando el ascua a su sardina, pensaba que toda creencia sobrenatural ajena al cristianismo es superstición de inspiración satánica. Pero el pensamiento moderno  de inspiración humanista y credenciales de racionalidad, asegura que en la naturaleza, o en nuestro planeta, en el sistema solar o en el cosmos: todo es natural, absolutamente natural, y nada existe que lo contradiga. Lo sobrenatural, al calor de un salón bien climatizado, viene bien a las noches en plena tempestad y cuando la intimidad familiar  pide crear ficciones ociosas que las hagan inolvidables.

domingo, 12 de julio de 2015

LOS ÚLTIMOS AUXILIOS

          Era domingo, anochecía y en las pantallas acústicas se oía la sonata Claro de Luna de Beethoven. Libres de obligaciones ambos hermanos,  concentraban la atención en la disputa de una reñida partida de ajedrez sobre el tablero que descansaba en la mesa del escritorio, campo de batalla incruento para dilucidar una vez más la primacía en el juego. Con las blancas, y aparente ventaja en material, jugaba el sacerdote de la parroquia, un hombre popular y despierto, exitoso, jovial, comunicativo, treintañero, muy querido por los vecinos, y participante activo en actos festivos y deportivos de la villa, junto a los mozos y como uno más.

         Frente a él, Rodrigo, su hermano mayor y concejal del ayuntamiento en la oposición, golpeaba su frente con la mano derecha lamentándose, movía un alfil en dirección ascendente hacia la izquierda, y capturaba un peón bromeando con el hecho de que las piezas que imitaban obras maestras del Renacimiento Italiano, le proporcionaban la misma satisfacción que comerse  un cardenal ataviado con todos los ornamentos del cargo. Acto seguido el sacerdote, que no pudo ocultar la sonrisa que traiciona una falsa humildad, anunció a su hermano:

          –¡Jaque mate en dos movimientos!

          Después salió del despacho dejando a Rodrigo aligerándose el cuello de la camisa y mesándose el cabello. Y tras recorrer el corto pasillo que conducía a la cocina,  abrió la puerta del frigorífico, extrajo la botella de un vino blanco con denominación de origen Xaló, tomó dos copas para retornar frente al tablero de ajedrez, y se dirigió a su hermano aleccionándole:

           –Rodrigo: pagas caro un error en la apertura que no puedo perdonarte. Me ha sido más fácil ganar esta partida que explicar a los feligreses de la parroquia,  convincentemente, el sentido de la vida.

           –Sí, me ha traicionado un impulso irreflexivo, me he precipitado –asintió Rodrigo recolocando las piezas con ánimo de tomarse la revancha– veremos en la próxima partida si…

–¿Y te dejas traicionar por tus impulsos, gozando de libre albedrío?

        –Bueno, ya sabes que no me cuento entre quienes creen en el libre albedrío… esas son cosas de la Iglesia… ¡cosa vuestra!


         –Vaya, eres determinista.    

         –Siempre te lo he dicho. Si no puedo controlar a voluntad mi tensión arterial, ni dotarme de la capacidad intelectual deseable, ni interrumpir el ritmo a que envejeceré inevitablemente, ni cambiar los instintos por la razón… Si ni siquiera he podido elegir al nacer, ser hombre, ser mujer, o ser un león africano; ser rubio y alto en vez de moreno y bajo; nacer en París o Nueva York en vez de en Albacete… la libertad es una ficción tan ilusa como la esperanza de reencarnarse en el Cid Campeador –contestó Rodrigo irónicamente.

          –No lo veo así, Rodrigo. No he elegido ninguno de tus presupuestos y soy libre.

          –Hermanito, yo diría que adaptado y sumiso a Roma, cosa muy distinta. Y te diré otra cosa: ni siquiera te conviene serlo y exponerte a sus riesgos, porque un ser libre podría hacer cualquier barbaridad y no lo que la gente espera de él… quiero decir que no tiene por qué someterse a las convenciones sociales ni  a sus costumbres; el ser libre es un ser imprevisible, no se debe a nada ni a nadie, como resultado de ello no depende de la dictadura de la moral de vía estrecha… y ya sabes que la ocasión la pintan tentadora y hace al ladrón.

          –No comparto tus valores materialistas… El libre albedrío y el amor, el amor y el libre albedrío son las bazas más valiosas a nuestro alcance –abundó el sacerdote exhibiendo una condescendiente sonrisa.

         –¡A mí me vas a hablar de amores! Enamorarse tampoco es una decisión libre, se enamora un instinto que te arrastra y tratará como un pelele, condicionará tu vida, y en ocasiones para hacerla imposible. El amor es una fiera que se niega a ser domesticada… un trastorno irracional.

         El sonido del teléfono interrumpió la oratoria del laico que guardó silencio, y escuchó al sacerdote responder con monosílabos intermitentes, afirmativos, y en tono contenido y visiblemente emocionado. Acabada la conversación colgó el aparato, y comunicó a Rodrigo la improrrogable necesidad de salir de inmediato para atender, en los últimos auxilios, a una mujer enferma a las puertas de la muerte. Atacado por un inusual estado de nervios, recogió una voluminosa bolsa preparada al efecto, y salió precipitadamente de la residencia seguido de Rodrigo, quien le preguntó si deseaba que le acompañara  obteniendo una respuesta negativa:

        –Gracias por el ofrecimiento. No necesito acólitos y debo de ir solo. No conviene provocar una innecesaria atención de la vecindad, a veces incluso no es más que  una falsa alarma.

        –¿Se trata acaso de alguna personalidad?

        –Sin duda, muy importante –asintió el sacerdote.

         –Por aquí hay familias nobles… ¿Pertenece a la nobleza? –insistió Rodrigo.

         –Así es,  pertenece a esa clase que tú denominas anacrónica y decadente.

         –Bueno, créeme yo también sé apreciar los valores individuales cuando los hay. 

         –¡Tú no sabes apreciar nada! –dijo, el sacerdote acelerando el paso para salir.

         Unos segundos después, al cruzar la acera, daba un traspiés  golpeando el bastón de un invidente que tanteaba con precaución rutinaria el terreno, y se excusaba insistentemente a sabiendas de que lo hacía frente al vendedor de lotería, el ciego del barrio, un hombre popular y cercano que reconoció al sacerdote por la voz.

         –No, no ha sido nada y nada tengo que perdonarle Padre Anselmo… andar por la calle a estas horas sólo se le ocurre a un ciego… la culpa es mía, deberían de prohibírmelo… –dijo con tono de indisimulado sarcasmo.

         –¡Por favor Damián! ¡Por favor!... Usted no es culpable de nada, de nada, amigo...

         –Entonces… –interrumpió el ciego acentuando el sentido cáustico– siendo como soy un ser inocente, ¿ya sabe quién es el culpable de que yo no vea nada, y el artífice de que usted lo vea todo?

         El sacerdote que recordaba las acostumbradas trampas dialécticas del ciego palmeó su hombro amistosamente, le aseguró que encontraría otro momento para discutir aquel asunto, y al tiempo que arrancaba la motocicleta  aparcada en la zona reservada de la vivienda,  partía como una exhalación sin más formalidades.


         Rodrigo asistió sin intervenir al cruce de palabras entre su hermano y  el ciego con quien mantenía una amistosa relación. A la partida del primero le saludó cortésmente, y felicitándole por su ingenio tras verlo pasar palpando con el bastón el estado del pavimento, se introdujo en su casa pensativo y arrepentido de la terquedad con que combatía los principios de su hermano, jurándose atemperar sus actitudes radicales en las próximas oportunidades.

         A la entrada de la mañana del día siguiente las campanas de la iglesia, monótonas, tañían con tono lúgubre emocionando las conciencias de la vecindad, y un crespón negro oscurecía la bandera a media asta en el balcón del ayuntamiento. El pueblo entero conmocionado, preparaba el funeral. La muerte de un ser humano es la muerte de una parte de cada uno de los seres humanos del entorno, y el fatal desenlace conmovía los cimientos y el corazón de los ciudadanos de la  comarca.

       Al anochecer cinco religiosos de la diócesis, incluido el deán del cabildo catedralicio y el obispo, concelebraban una misa de córpore insepulto, por la eternidad de su alma. Lo hacían con el fondo de un lastimoso réquiem entonado por el órgano a manos de un organista, traído a propósito desde la capital, acompañado de un espléndido coro de voces masculinas.         

          La iglesia revestida de solemnidad la abarrotaban gentes de toda condición social, y algunas de rara asistencia a todo acto litúrgico. Llegada la homilía, el obispo y oficiante principal de la misa, en un cálido y afectivo homenaje al cuerpo presente, hizo un canto al espíritu de sacrificio altruista; un elegíaco canto a la actitud pastoral del sacerdote que, en la madrugada de un día cualquiera del frío invierno, volviendo de cumplir con la sagrada administración de los últimos sacramentos a quien sufría, a bordo de una motocicleta impactaba brutalmente contra un vehículo agrícola parado en el arcén, y como consecuencia desangrándose sobre el asfalto de la carretera, fallecía.

          Plantado en el discreto extremo lateral de la nave de la iglesia, inmóvil, permanentemente en pie, abstraído y ausente, Roberto evocaba los últimos minutos que viera con vida a su hermano, grabados en la memoria como se graban las historias inconclusas, que por sus velados enigmas nos inquietan hasta encontrar una solución acertada.       
    
           Ante la insaciable curiosidad de los asistentes al ritual, en la primera fila de bancos y a la derecha del féretro que contenía los restos mortales del sacerdote, permanecía sentada la joven enferma a la que quiso auxiliar in extremis. Su presencia concitaba todas las miradas. Pálida, oculta tras de unas gafas negras, y afortunadamente  restablecida de la dolencia terminal, milagrosamente, a juzgar por el rumor insistente que corría por el pueblo, lloraba con un desconsuelo indescriptible e inenarrable; con la aflicción translucida en el atuendo de riguroso luto, que no rompía la delicadeza de sus naturales ademanes de clase.

        –Hermanos: No disponemos de la profundidad teológica y escolástica suficiente para escrutar los caminos de  Dios; los caminos de Dios son inescrutables, y la fragilidad de la existencia humana traiciona los deseos más sentidos… –oraba el obispo.

         Las palabras sonaban muy lejanas a Roberto, quien miraba fijamente a la joven rescatada de los brazos de la muerte con la inocencia del hermano mayor. Desprovista de las gafas que la ocultaron en los primeros momentos y realzada su delicada elegancia, el óvalo perfecto de su cara, sus facciones de expresiva y seductora sensualidad, sus pestañas infinitas, la belleza de unos ojos claros e inconmensurables que reflejaban ingénitas ansias sentimentales y evocaban nostalgias irreprimibles, le sugerían alternativas a la interpretación del drama, en tanto la imaginación se negaba a apartarse de su hermano, y se decía:

         –Los caminos de Dios son inescrutables… algunas veces… señor obispo.    
                                                                          
                                                                                                  MARIANO MARTÍN S.E


domingo, 7 de junio de 2015

¡¡¡TAXI!!!



         A la orden de llevarme a la Calle Cogolludo, el taxista  respondió de inmediato:


     –Hay tres rutas por las que llegar… ¿Prefiere alguna?

     –No conozco la ciudad, decídalo usted… es el profesional.

     –Entonces lo haremos por la más corta. Además, y si no le molesta, aprovecharé para recoger las entradas para una ópera, en el teatro “Las Valquirias”.


          El taxista, un hombre de entrecejo poblado y esquiva mirada, no opuso resistencia alguna a la solicitud de  fumarme un cigarrillo en el interior,  me pidió que abriera la ventanilla para aligerar la densidad de humo y aceptó gustoso el que le ofrecí. Después excusándose por carecer de cenicero, pidió que tirase la ceniza al suelo, y aseguró que la circulación era lenta en cualquiera de las rutas que hubiéramos elegido.

     –Desde que los pobres tienen coche, el tráfico es un caos. Iremos despacio.


        Puestos en marcha, abandonamos la plaza en la que no parecía existir vida humana,  bordeamos un cementerio, y entramos en el parque de arbolado de hoja caduca donde un rebaño de cabras, que pastaba rastrojos de escasos y sucios hierbajos, era vigilado por un pastor al que la intención de fornicar con los animales parecía estar escrita sobre su cara. De tanto en tanto, en los márgenes de la calzada que dividía el lugar, familias enteras parecían tener su residencia sin más techo que los altos y aborregados cirrocúmulos. Al ruido del automóvil, media docena de buitres carroñeros empleados en extraer las vísceras de un animal envuelto en alguna prenda textil, levantaban el vuelo, y el taxista comentó algo que me sobrecogió hasta el espanto, y no pude creer:


     –Todavía les quedan restos por devorar de esa misma pieza. Se están comiendo el cuerpo de un soldado muerto, un paracaidista caído accidentalmente sobre el lugar, esta misma mañana. Bien visto es un trabajo ahorrado a los servicios funerarios de la ciudad.


       Miré severamente al taxista y callé pensando que estaba loco o pretendía que lo tomara por tal. Un poco más adelante, y atravesada la zona verde, tomamos una arteria bulliciosa, empedrada y llena de colorido. Una verdadera galería de inacabable diversidad, salas de fiesta, grandes escaparates, música callejera, predicadores, excentricidades originales y espectáculos populares, en la que no circulaba un solo coche. Mendigos con cara de hambrientos, descuidados de barba larga y chaquetas raídas, sentados sobre algunos bancos de hierro fundido a la puerta de una iglesia cerrada a cal y canto, pedían una limosna que nadie les daba. Tres  borrachos con sendas botellas metidas en los bolsillos de sus chaquetas, cantaban canciones obscenas y de ningún respeto a la autoridad humana o divina, y dos fornidos mozalbetes se burlaban de una señora a la que golpeaban en la cabeza antes de robarle el sombrero, y  alejarse de allí con grandes risotadas. 

       Eran los prolegómenos de una carrera en la que yo, sentado junto al taxista, comencé a  inquietarme al comprobar que, éste miraba con frialdad e indiferencia una escena como aquella, ante la que me sentí obligado a comentar:

     –¡Qué falta de respeto!... Hoy la juventud  ha perdido la vergüenza.

     –Sí, –respondió el taxista– en vida del Caudillo no pasaba esto.

     –Tampoco en tiempos de Don Pelayo –repliqué.

       El automóvil pasó un largo espacio con bancos, obstáculos e irregularidades en la calzada, que obligaron al conductor a reducir la velocidad considerablemente, y en algún momento llegué a temer que no pudiera continuar circulando. A la derecha, y en un sucio portal de vecinos pobremente iluminado, un anciano sodomizaba a un joven muchacho, un espectáculo que sin pasar desapercibido para ambos simulamos no ver.

       Junto al primer kiosco de prensa, el tipo que llevaba una cabeza humana bajo su brazo derecho, y andaba  publicitando a viva voz una velada de lucha libre, no podía ocultar la satisfacción de quien exhibe un trofeo, y adoptaba posturas culturistas haciéndose valer frente al puñado de prostitutas, que provocaban a los transeúntes escandalosamente promiscuas, realizando insinuantes movimientos de caderas.

         Apenas un palmo más allá se amontonaban sobre la acera cantantes de rap, trileros, camellos, carteristas y rufianes, crápulas fracasados y vividores, hedonistas recalcitrantes y tatuados, alcahuetas, proxenetas y gentes tan raras que arrancaron de mi boca, irremediablemente, un comentario desdeñoso:

     – Sodoma y Gomorra juntas, contaban con menos corruptos que esta calle. 

     –Si esto llega a oídos de Dios, no deja de ella piedra sobre piedra, –zanjó el taxista antes de ironizar–: ¡Nunca me he creído que el hombre sea un animal racional!
      Junto a la entrada de un despacho de quinielas, un  torero vestido de negro desde las zapatillas a la montera, y con la muleta del mismo color, firmaba autógrafos y vendía fotografías que reproducían algunas de sus mejores artes. Apiñados, decenas y decenas de turistas extranjeros o ciudadanos del país que deseaban saludar personalmente al diestro, lo asediaban. 

     –¿Le reconoce?  –me preguntó el taxista.

     –Naturalmente. Es el matador retirado Lucerito de Torquemada, y tuve la oportunidad de verlo en la célebre corrida de Nimes, en Francia. Toreaba a un toro blanco, dando muestras de su habitual extravagancia, y le cortó en vivo las dos orejas paseándolas triunfalmente por el coso,  llamando la atención de los espectadores con una insolencia detestable. El hecho pareció irritar la conciencia del animal, que derribó a Lucerito, y tras voltearle repetidamente haciéndole caer al suelo como a un muñeco, terminó por humillarle del modo más indecente: orinando y defecando sobre su cuerpo, tendido en la arena mientras protegía la cabeza con las manos, antes de babearle. Más que otra cosa sorprendió a los espectadores que, los integrantes de la cuadrilla del torero aplaudieran al toro sin intentar en ningún momento auxiliar al maestro. 

        El taxista, cuya sensibilidad parecía conservadora, rió abiertamente al escuchar una historia que ya conocía, y añadió que al toro le habían levantado un monumento en la Plaza Mayor y dejado de semental en una prestigiosa ganadería de Salamanca, pero suspendió el comentario  cuando interrumpidos por una manifestación detuvo el vehículo. Algunos centenares de manifestantes atravesaban la calzada enarbolando banderas de diversas nacionalidades y una pancarta escrita en un  idioma que no entendí. Les seguían un nutrido grupo de personas con notables dificultades motoras, entremezcladas con decenas de mutilados, mendicantes e indigentes, o sordos de tan indignada actitud que parecían hablar. Creí que se trataba de reivindicar atención sanitaria y pública para extranjeros sin papeles, pero reservé mi opinión al observar que el séquito lo cerraba un grupo de exlegionarios, de las guerras de África,  que desplegaban una pancarta con el retrato del general  Picasso, protestando por las exiguas pensiones recibidas del Estado. 

     –Oiga amigo, –le dije al taxista– estoy confundido con el panorama humano tan peculiar que pone a mi alcance, parece salido de un relato surrealista.


     –Ya lo creo, surrealismo en la más pura expresión– enfatizó el taxista indicándome el cartel informativo más cercano, en el que podía leerse algo que me hizo temblar: 
      “Al Infierno: 1 kilómetro”.

       Seguíamos avanzando. En la calzada no había más vehículo que el taxi, ni más obstáculos que un cochecito de bebé que se llevó por delante, y una ordenada procesión de penitentes que portaban velas de cera encendidas,  aireando sus pesares en el medio de un sepulcral silencio donde la calle se volvía umbrosa. Al son de una carraca de timbre rocoso, agitada desde la cabecera de las columnas de nazarenos, el espectáculo de inexpresable atractivo, estremecía. Cabizbajos y solemnes, cargados de sentimiento de culpa y arrastrando los pies, los hermanos de la cofradía vestidos de pardos y austeros sayones de tela de saco, inspiraban una profunda y penosa tristeza, el dolor infinito del alma torturada, o la pena que produce la incertidumbre que acosa al soldado raso tras una batalla perdida. Las cuatro columnas de escrupulosa alineación y formadas por orden de estatura, flanqueadas por curiosos mirones a ambos lados de la calle, retuvieron  el avance del taxi al que hubo que parar el motor por la exigencia de una pareja de la  policía municipal.

      –Los nazarenos girarán en la próxima travesía, a la derecha, por la Calle Devoción, y les dejarán el camino despejado, –nos informó un agente de la autoridad– la espera será breve, pero disponemos del tiempo suficiente para ponerle una multa reglamentaria, señor… ¡Circula usted por una  calle peatonal!

     –¡Maldita sea! No lo había advertido, es  mi primer  día como profesional del taxi.

     –Y será el último, aunque le dejo continuar por respeto al pasajero que lleva. El informe que le extenderé acabará con una carrera que nunca debió empezar.

      El policía enmudeció, sacó una libreta y garabateó sobre ella, no sin pedir los correspondientes permisos reglamentarios al taxista, que firmó la denuncia en medio de acerbas críticas contra el gobierno y la falta de libertades para los hombres con iniciativa. Unos minutos más tarde, y despejada la calzada, el taxista hizo intención de arrancar el vehículo, pero desistió enseguida dándome cuenta de que no funcionaba el motor de arranque y deberíamos empujarlo. Abrí la puerta y salí al exterior respondiendo a la petición del taxista, e hice inmediata intención de moverlo apoyando mi hombro sobre la aleta trasera derecha. Un momento después un grupo de individuos que semejaban muertos vivientes, vestidos de particulares y andrajosos ropajes, con los ojos rojos como cerezas, los rostros descompuestos, las barbas crecidas y descuidadas, vacilantes de andares y expresiones bocales incongruentes, se aplicaban imitándome hasta conseguir ponerlo en marcha.

      El motor rugió despidiendo por su tubo de escape un hedor diabólico, y abandonamos el lugar tras ocupar mi asiento junto al conductor. Un par de centenares de metros más adelante, la cartelería publicitaria del teatro “Las Valquirias”, especialmente brillante y luminosa, anunciaba el estreno de una ópera rock cuyo título destacaba por el mensaje subliminal: “Los amores de Belcebú”. Junto a la puerta del teatro, un individuo agitaba los brazos, llamando nuestra atención. El taxista, que reconoció al hombre, me anunció que se trataba del amigo y empleado del establecimiento que le obsequiaba con invitaciones para el estreno de la obra, redujo la velocidad y finalmente paró el vehículo a su altura. Abrí la ventanilla situada a mi derecha, y adelantándome saqué la cabeza por el hueco para recibir al sujeto, que indiferente a mi acción saludó brevemente al taxista entregándole las invitaciones. Después… Nunca hubiera sospechado yo las intenciones que ocultaba aquel tipo, porque el destino tiende celadas que nuestra ingenuidad no espera. Tengo un recuerdo vago y oscuro del dramático momento por el que pasé, pero no me anima ningún deseo de echarle literatura a un capítulo tan importante de mi existencia. 


       Contaré los hechos tal como sucedieron.

       La mano larga y huesuda de aquel sujeto, una garra de férrea y salvaje contextura envuelta en un guante de látex, me agarró del cuello apretándome tan fuertemente que me cortaba la respiración y amenazaba estrangularme. Asido fuertemente por ella, que tiraba hacia afuera, mis brazos y manos aplastados contra la puerta quedaban anulados para ejercer ninguna oposición. La firmeza de la tenaza humana superaba mi leve resistencia, y sus uñas rasgaban mi piel haciendo correr los primeros hilos de sangre que sentía empapar el cuello de mi camisa. La angustia se apoderó de mí. Por un instante, y en los primeros estertores que anunciaban la muerte, la  película de mi vida, efímera y de proyectos apenas esbozados comenzó a pasar por mi mente al tiempo que la entrada en un túnel cegaba mis ojos, y a la salida me deslumbraba una luz envuelta en sublimes acordes del Réquiem de Fauré en la apoteosis musical de trompas, trompetas y fagotes. Comencé a experimentar un abandono absoluto de la voluntad y el desprecio por el pasado. El retrovisor recogía mi rostro amoratado, mis ojos sin expresión y la lengua afuera; la vitalidad se despedía de mi conciencia, sin añoranzas, y terminó por invadirme el conformismo de quien completamente derrotado abandona el mundo. Se consumaba la tragedia personal, en tanto el taxista revelándose como un traidor, se dirigía al agresor pidiéndole antes de sonreír de forma macabra:

     –Aniceto, remátalo y echa su carne a los buitres, pero recuerda que debe parecer un suicidio… ¡recuérdalo! 

        La advertencia produjo en mí una súbita y formidable reacción, deseos sobrehumanos de volver del más allá. Giré mi cabeza movido por la insaciable y desesperada ansia de respirar en un impulso irrefrenable, atrapando con la boca  la mano asesina, y abrí los ojos: Junto a la cama del hospital, el cirujano quejándose con  ayes de dolor trataba de sacar la muñeca de la mano derecha de mi boca, al tiempo que tranquilizaba mi estado de ánimo con pronósticos esperanzadores:

     –Todo va bien, la intervención quirúrgica ha sido un éxito. Ha dormido usted tan profundamente como un niño, y se repondrá pronto. Ahora vuelva aquí, a la realidad.

     –Doctor…. ¿Entonces, de dónde vengo? –inquirí sorprendido.


                                                                                                       Mariano Martín S.E.