domingo, 13 de julio de 2014

¿LA CASA ENCANTADA?

     Mi nombre es Inocencio Primero, y viví la infancia entre padres, hermanos y abuelos maternos, en una casa de corte clásico y residencial de una ciudad castellana. Una mansión y heredad familiar de sólidos muros de granito, elegancia arquitectónica o carácter burgués y ecléctico diseño, construida a principios del siglo XIX,  que pasa por ser la mejor casa de la población. 



     Bastantes años mas tarde y tras la muerte de mis abuelos, mis padres la alquilaron al ayuntamiento, y fue  destinada a sede de los Servicios de la Policía Municipal, un  grupo con más de un  centenar de hombres que se instalaron allí en breve espacio de tiempo. La excelente ubicación de la residencia, en el centro urbano, mejoraba las prestaciones y reducía los costes del servicio, pero cinco meses después la policía la abandonaba por supuestas razones de seguridad; razones silenciadas a la opinión pública, aunque conocimos al detalle por boca de los mandos de la unidad. Se nos aseguró que la casa estaba encantada: poblada de espíritus que hacían la vida imposible a los agentes municipales, en especial durante las noches en las que, increíblemente, algunos funcionarios habían sido obligados a rescribir el parte de incidencias, al dictado, o puestos en posición de firmes a lo largo de toda la jornada. Así mismo se nos confirmó que tal fuerza misteriosa había incendiado los archivos documentales; amontonado los coches oficiales en los garajes;  hecho desaparecer las armas de fuego encontradas después en los retretes; llenados de excrementos los ceniceros sobre las mesas de los despachos… y otras mil barbaridades.

     Todo aquello repetido una, o cien veces, carecía de sentido común, y no podíamos concederle ningún crédito; se trataba de historietas sin pruebas, disculpas que ocultaban intereses inconfesables, o argumentos de quienes poco habituados al uso de un edificio señorial, merecían habitar ordinarias y sucias dependencias cuarteleras. 


     Tras el abandono de la casa, por la policía, y en fechas casi inmediatas, violentó la puerta un numeroso grupo de okupas contra los que mi familia comenzó, de inmediato, a interponer querellas judiciales. Se preveía una larga espera a la resolución del caso, porque los okupas presentaban documentos falsos, pretendidamente firmados por mis padres, que permitían su estancia por un plazo de cuatro años. La situación requería de una enorme paciencia, y la tuvimos, e incluso nos personamos los primeros días en la residencia para rogar, a los ocupantes, consideración con el continente y contenido de la propiedad, obteniendo de ellos la promesa de hacerlo, unida a la consabida defensa de su honor: “Nosotros no tenemos dinero, pero sí respeto a lo ajeno”.

     La estancia de los okupas, contra todo pronóstico, fue breve. Dos meses después abandonaban la propiedad un día de finales de enero, a primeras horas de la mañana. Huidizos y esquivos lo hacían sobrecogidos, espantados, y con la cara desencajada tras haber soportado terroríficas noches de insomnio, dignas de rodarse para una película de terror psicológico. Aprovechada la oportunidad de hablar con algunos de los más representativos, no he olvidado aún sus gestos de desagrado al recordar el trato recibido por lo que  llamaron “la aparición”, ni el estado de nervios calamitoso que se manifestaba en su tartamudeo traumático. ¿Era un producto de la imaginación el incesante movimiento de cadenas; la aparición de insectos, serpientes, y ratas emitiendo espantosos chillidos; o la dantesca y desesperante imagen, de murciélagos crucificados, reflejada sobre las paredes?
 


     Mis padres, dejándose arrastrar por prejuicios habituales contra esas nuevas hornadas que tienen a gala llevar un estilo de vida extravagante, no creyeron una sola palabra de lo escuchado. Los okupas, preocupados de ser tachados de cobardes, por la vecindad, se abstuvieron de hacer públicas sus vivencias. Y por lo que respecta a mí y mis hermanos, el fundamento de todo aquello tenía origen en el consumo de alucinógenos, o sustancias alienantes; en cualquier caso no pudimos reprimir la satisfacción de verlos salir a todos y cada uno, con sus pertenencias a la espalda.
 

     Unos días después, adecentada la casa, que por fortuna no sufrió desperfectos reseñables, fue alquilada a una sociedad anónima, que abrió una clínica odontológica de alto nivel, con gran difusión publicitaria, tecnología avanzada con ocho salas saturadas de aparatos quirúrgicos, un quirófano para sortear situaciones de emergencia, un extraordinario laboratorio, e innumerable equipo de odontólogos y cirujanos maxilofaciales.
 

     La historia se repitió.    
     Vinieron a denunciarse fenómenos paranormales, en su interior, con nuevas variantes. De aceptar como buenas las anomalías contadas por especialistas y personal auxiliar o administrativo, “la aparición” intervenía interrumpiendo el fluido eléctrico de la clínica en los momentos más inoportunos,  llevaba a cabo actos vandálicos como incendiar las papeleras, u obstaculizar la intervención quirúrgica de los profesionales haciendo desaparecer, puntualmente, los productos y herramientas más necesarias.
 

     Para entonces mis padres me pidieron que tomara la iniciativa, y accedí a su deseo solicitando el encuentro inmediato con el director de la clínica. En la entrevista me acogió con amabilidad, y expuso las quejas que habían llegado hasta él, asegurándome que abandonarían la casa si no se resolvían. Yo le hice ver la conveniencia lógica de inspeccionar la instalación eléctrica en su totalidad, incluyendo los instrumentos clínicos,  y puse en evidencia que todo un equipo de universitarios y científicos, se dejara atemorizar por legendarias mitificaciones populares, el ocultismo y la hechicería, como si se tratara de vulgares aldeanos medievales. Después le pregunté:
 

     – ¿Ha vivido usted, personalmente, alguna de las fantasías de las que me habla?
    
– Sinceramente, y hasta ahora… ninguna –me respondió.
     
– Doctor, su actitud le honra. Yo le ruego que juzgue por lo que ve, y no por lo que oye –dije lacónicamente.
 

     El sentimiento de vergüenza ajena enrojeció la cara del director, responsabilizado de la falta de racionalidad del equipo a sus órdenes. Acto seguido mantuvimos un  fructífero diálogo, realizamos un largo análisis, y basados en razonables sospechas urdimos un plan secreto para capturar al manipulador, o manipuladores, acordando mi presencia al día siguiente, a lo largo de toda la jornada laboral de la tarde-noche en que, supuestamente, habría de producirse cualquier extrañeza.    
     Aparecí por la clínica y ocupé discretamente el lugar convenido con el director, el mejor para pasar inadvertido y observar: un rincón acorazado y carente de luz, provisto de un cómodo sillón y pantallas de video que ofrecían imágenes de todas las salas del edificio. Aquella noche no sucedió nada reseñable y hube de abandonar la clínica a la hora de su cierre diario, las once. Pero decididos a llegar hasta el final, persistimos en el propósito durante los siguientes cinco días, el último de los cuales y producto de un aburrimiento insoportable comencé a rememorar la historia de mi infancia. Y con la infancia, evocaciones entrañables que me unían al edificio familiar. 
 

     Probablemente no había pasado por aquella casa nadie con más carisma que mi abuela, –pensé, y proseguí abstraído en mis recuerdos:
 

     Mi abuela fue una mujer apasionante de atractiva personalidad, carácter extrovertido e inquieto, y medida arrogancia no exenta de una pizca de frivolidad, perteneciente a una familia tradicional que decidió aceptar su reclusión  en un convento siendo adolescente. Ya internada, y ayudada de la dote, mi abuela se situó en una excelente posición ganándose la confianza del claustro, y tomó hábito, votos de pobreza, castidad y obediencia, sin que tuviera la convicción plena de una vocación tan firme, porque solía decirnos que ese modo de vida, respetable, no la hacía más útil sino más inútil, y más infeliz. El caso es que todavía muy joven mi abuela, una noche en la que los fuegos artificiales de la ciudad entretenían a las internas que miraban absortas por las ventanas, se fugó  ayudada por el confesor,  -mi abuelo- con el que contrajo matrimonio tras vivir algunos años en barraganía, o en concubinato, que diría un canónigo.
 

     Pero este esbozo de aparente y donjuanesca traza, con despertar mis recuerdos, ni entonces ni hoy me hubiera movido a tomar  un folio en barbecho y llenarlo de texto. Hay algo más que contar. Mi abuela, acostumbraba a sorprender a sus nietos con la revelación de conocimientos asombrosos, o a llamarnos la atención con historias insólitas. Parecía haber nacido para ejercer un matriarcado dinámico, y sus actos abarcaban de lo curioso a lo inverosímil: desde adivinar la carta que al azar guardábamos en algún bolsillo, el vaticinio del futuro que esperaba a cada uno, el desplazamiento de objetos con la mirada, o la práctica de ejercicios físicos que acababan al  tenderse y levitar a un metro de altura sobre el suelo y ante nuestros ojos atónitos, en mi abuela todo era posible… porque todo es posible para la imaginación, que glorifica y exagera las acciones de una personalidad irrepetible. Los nietos del clan familiar, sin excepción, hubiéramos jurado entonces haber visto a la abuela salir volando por una ventana y entrar por otra, o así se lo pareció a la excitable inocencia de nuestra infancia. Existían no obstante pruebas de una capacidad poco común para hacer de lo extraordinario, algo cotidiano: mi abuela predijo y dejó escrito en el testamento firmado ante notario, el año, el día y la hora en la iba a morir, una década antes de que tal hecho sucediera como consecuencia del tiro mortal que recibió proveniente de la pistola de un atracador, cuando esperaba ser atendida en una ventanilla del Banco Central. Semejante capacidad ha sido envidiada por todos sus sucesores, conscientes de su dotación de facultades paranormales, producidas por un gen recesivo y en consecuencia remiso en sus manifestaciones como fenómeno hereditario…
 

     Interrumpí de forma abrupta las elucubraciones, alarmado por la anomalía técnica detectada en uno de los  monitores. La pantalla recogía la imagen de la sala número 4, situada en el fondo norte de la planta, que comenzó a desdibujarse, aunque al corregirse de inmediato pude palpar con mis propios ojos un fenómeno singular: el espectro de una figura humana, empujando al odontólogo, vestida de raído sayal con los pelos tiesos como leznas y mirándolo a través de los párpados cerrados, de los que se veían salir destellos coloreados de una intensidad luminosa, tan potente, que atemorizó al dentista, quien huyó despavorido y preso de un ataque de pánico.
 

     A la huída del doctor, el espectro tomó en sus manos los instrumentos de cirugía bucal abandonados. Miró al paciente que entregado y semidormido sobre el sillón permanecía indiferente al cambio. Hizo una explícita inclinación de cabeza en señal de reconocimiento personal, y forzó la apertura de su boca dando comienzo a una intervención con indiferente frialdad.

     Sentí despertar a un mundo desconocido en lo más profundo de mí. Me habían bastado tres segundos para identificar “la aparición” como el fantasma de mi abuela, y recordé la leyenda que ella ordenara grabar sobre el dintel de la puerta, y que aún permanecía legible:
“Esta casa no es un monumento de piedra inerte, tiene alma”.
Me puse en pie. Abrí la puerta violentamente y salí gritando, como un poseso, en dirección a la sala número 4, en la que el paciente dormido ya estaba en sus manos. Un apagón inmediato, supuestamente producido por un oscuro origen, obstaculizó mi marcha. Tropecé con mobiliario y algunas personas en la recepción, o con otras alteradas y desorientadas en el pasillo. En el espacio sembrado de espectacular confusión  que hube de atravesar en el último tramo, valiéndome de los codos, alguien detuvo mi marcha, agarrándome del cuello, y escapé después de maldecir, injuriar, y propinarle con la rodilla derecha un golpe preciso entre las piernas. Y por fin después de cruzar la sala de espera, desembarazado de trabas, proyecté mi cuerpo contra la puerta cerrada de la sala número 4, que se resistió en el primero y segundo intento, pero no soportó el tercero al astillarse y abrirse escandalosamente.
 

     Se hizo un silencio absoluto en la sala de espera porque en la contigua número 4, abierta a la fuerza, la luz eléctrica permanecía encendida, y permitió a todos los presentes ver, alucinados y con la boca abierta, desvanecerse al fantasma de mi abuela atravesando la pared.
 

     El paciente permanecía sentado y  ausente bajo los efectos de la anestesia, impasible e ignorante de la experiencia que acababa de vivir. Apoyé mi mano izquierda  sobre su cabeza, y con la derecha retiré los alicates dentales sujetos entre sus labios. El paciente esbozó una sonrisa formal de reconocimiento enseñando involuntariamente su cavidad bucal, y pude observar las consecuencias desastrosas de la intervención:
¡Ni un solo diente en su lugar! Habían bastado dos minutos de reloj para que el fantasma de mi abuela, le extrajera todas las piezas de los maxilares superior e inferior… ¡completamente sanas!
 

     Anonadado reaccioné a la presión de la mano que se posó sobre mi hombro izquierdo, y que pertenecía al director de la clínica, quien me preguntó:
 

     –¿Ha visto usted la imagen del fantasma filtrándose en el muro? 
     –¿Qué fantasma?  –respondí al instante.

domingo, 8 de junio de 2014

DE CÓMO ME CONVERTÍ EN UN MITO



         En mi memoria no se apagará nunca una vivencia como aquella… ¡Nunca! Residía en Kampala por razones de mi pertenencia a lo que entonces era el balbuceo primario de una ONG, al que prestaba mis servicios de forma altruista, cuando a la propuesta de mi compañero Onofre Ladrón de Guevara, aventurero amante de la ciencia, me uní al proyecto entusiasta de visitar una reserva natural en la vecina Ruanda: el Parque Nacional Nyungwe Forest, lugar privilegiado de especial significación para los amantes de la naturaleza y los animales, al que llegaríamos en viaje organizado pagando los costes en cómodos y ventajosos plazos.



 Atravesábamos los mediados años sesenta, era una actitud revolucionaria creer en la evolución de las especies y temerario aceptar la evolución humana; los libros sobre la materia eran codiciadas pepitas de oro, y las escuelas donde se toleraban tales ideas, raras y mal vistas. Arrastrados del viento contestatario vanguardista, y económicamente pobres, culturalmente éramos apasionados e inquietos darvinistas de trinchera, que a despecho de las autoridades hubiéramos arriesgado cualquier cosa por hacer aquella incursión a la zona más peligrosa de la selva, con el secreto interés de descubrir al eslabón perdido en su hábitat natural. 

            Ya en el interior del parque,  oída  una vez más la visión pesimista del guía de raza negra, aseverando la imposibilidad de supervivencia humana en la selva virgen, y decididos a traspasar la línea roja, nos bajamos del vehículo. Nos  despedimos del grupo de expedicionarios del safari, con un escueto “hasta luego” o del centenar de negritos desnutridos y semidesnudos que nos asediaban, prometiendo que traeríamos una pieza de caza y lo celebraríamos con un festín, y nos pusimos en marcha. 

Abandonados los compañeros, afrontábamos el reto nada aconsejable a urbanitas neófitos de un medio salvaje, y en consecuencia nos esperaba una dura jornada. Introducidos en el sotobosque, solos y durante más de dos horas, sin más recursos que una cantimplora de aluminio llena de agua, que extraviamos en los primeros minutos, y pertrechados de afilados machetes abriéndonos paso entre la densa e impenetrable maleza, caminamos sin aliento con enormes dificultades en la dirección que el guía nos asegurara la existencia de numerosas familias de primates, rodeadas de dispersas y peligrosas bestias propias del lugar. El sol enviaba sus rayos verticalmente sobre el follaje, produciendo una canícula insoportable. Los animales en sus guaridas sesteaban y, exclusivamente, en la ocasión en que una serpiente nos hiciera frente haciéndonos perder minutos preciosos, la tentación de arrepentirnos ablandó nuestra voluntad, haciéndonos dudar de la conveniencia de persistir en el avance. 

Recuperados del sobresalto, atravesamos una zona boscosa cuyos árboles cubiertos de epifitas llenaban nuestros ojos, y de aromas sutiles e indescriptibles nuestro olfato: helechos, líquenes, orquídeas, bromelias, musgos… un estallido de belleza, fragancias y sensaciones coloristas edénicas, imposible de traer hasta aquí: una flora de arrebatadora sensualidad que por sí misma hubiera justificado el atrevimiento de la empresa. Le sucedió un espacio de jungla de exuberante espesura silvestre, y lobelias inmensas, temperatura templada y agradable humedad, donde la luz no llegaba al suelo cubierto de vegetación, que  nos obligaba a desbrozar el camino hasta agotar nuestras fuerzas y reducir sensiblemente el filo de nuestras armas blancas. 

Llegamos por último al término inhóspito para el hombre, hallado al seguir el río hasta el comienzo de un meandro, que ocultaba a decenas de simios en las enredadas copas de un esplendor arbóreo inigualable. Muy cerca de nosotros pasaron dos gorilas de sexo masculino, a juzgar por la mirada de completo desprecio que nos dedicaron, ante los que adueñándose de nosotros un sentimiento de espontáneo acato, inclinamos la cabeza humildemente por imperativo categórico. Apenas levantados los ojos y desaparecidos los póngidos, una hembra de chimpancé  interrumpía el camino escalando el primer tronco con habilidades circenses, perseguida por un individuo de sexo contrario, babeante, prodigando agudos alaridos y embestido de una hemorragia incontenible de espermatozoides, que le inyectaba los ojos y nublaba el juicio. 



            Avanzamos unos pasos más.

           A media altura acomodados sobre ramas amplias de un árbol, llamó nuestra atención una pareja de simios en paciente actitud, que parecía descansar. No sabría decirle al lector, si fuimos nosotros los que descubrimos a los simios, los simios los que nos descubrieron a nosotros, o el hallazgo fue mutuo y simultáneo. Lo cierto es que desinhibidas las bestias, se miraron entre sí y comenzaron a hablar de los hombres, en términos que mi memoria ha retenido y no olvidará jamás. ¡Jamás!

            –¡Ahí los tienes… dos animales humanos! –comenzó el mayor de ellos lanzando un escupitajo hacia abajo, que esquivamos en la última fracción de segundo.

            –Dicen que en el lecho del río hay metales preciosos, apostaría a que están aquí con el propósito de buscarlos –replicó el más joven de los primates.

            –A mí, sin embargo, me parece que estos son de los que traen otras intenciones.

–¿Buenas o malas?

–De un tiempo acá somos objeto de la atención humana insolente; los hombres aseguran ser parientes nuestros, nada menos que descendientes –respondió el primate de la voz cantante, reubicándose en la rama y preparándose para defecar sobre nuestras cabezas, después de dirigirnos el salivazo que en esta ocasión impactó sobre mi rostro.

Vistas las perversas intenciones del mono, Onofre y yo nos emboscados detrás de un tronco enorme al que rodeaba una densa frondosidad de anchas hojas, y emitiendo una gruesa maldición me limpié la saliva de la cara con la manga,  aligerando hasta la respiración para evitar ser detectados de nuevo. Inmóviles y expectantes afinamos el oído, y asistimos deslumbrados a la conversación mantenida entre los chimpancés, que probablemente nos dieron por evadidos, y hablaron con despreocupación ante nuestro asombro, en un extraño lenguaje que comprendíamos sin dificultades, y traduciré  a continuación, a riesgo de que el lector tome la historia de una experiencia única apasionante, por un guión fantástico y surrealista.  

           –Escucha… ¿de verdad los hombres descienden de nosotros, somos los monos su origen? –le preguntaba un simio al otro simio mientras pelaba un plátano procediendo a devorarlo sin ninguna delicadeza.

–En realidad presumen que descendemos de un ancestro común. Ellos son los desarrollados y nosotros los primarios. Es una idea exótica y extravagante, un rumor que amenaza convertirse en opinión dominante entre los hombres. 


 –¿Y cómo combatirlo? –quiso saber el joven.

–De ningún modo. Todo lo que halague o adule a una especie tan vanidosa como la humana, reúne condiciones para imponerse como doctrina.

–Te veo bien informado…

–Pasé años dramáticos encarcelado en la jaula de un zoológico de Berlín, donde los humanos me trataron como a un animal, y les escuché afirmar esas y otras herejías.      

–¡Qué barbaridad! ¿Y a nosotros nos interesa que vayan por ahí proclamándolas?

–Francamente no, –respondió el otro mono después de soltar una espontánea carcajada histérica– lo que los hombres afirman es que los seres vivos evolucionan, es decir, queman etapas en tanto ascienden verticalmente  perfeccionándose, lo cual nos deja malparados y bajo su nivel… ¡es inaceptable!

–Te comprendo. De admitirlo, adoptaríamos la prioridad de superar nuestra condición actual. Acomplejados arborícolas, no viviríamos felices pensando en bajar a la tierra y andar sobre dos patas.

–¿Quieres decir en ser como ellos?... ¡desgraciada superación!

–Razón no te falta. El orgullo de los hombres no proviene de lo que son, sino de lo que fueron. Concedan una importancia desmesurada a su cuna, adornándola de títulos, glorías, apellidos, escudos, blasones y música celestial. Pero como la mayoría carece de historia, y está más preocupada por el pasado que por el futuro, pretende compensar su insignificancia apoyándose en supuestos y nobles orígenes: ¡las raíces simiescas que justificarían la superioridad humana!

–Pues no se explica como han degenerando y perdido agilidad, rabo, viveza, y naturalidad, además  de las  mejores virtudes de un ser tan inteligente como nosotros.

–Han perdido todo lo bueno, pero conservan intacta la vanagloria y la ambición. Me recuerdan a las torpes y mostrencas tortugas que sueñan con ser airosas águilas. ¿Les resultará rentable afirmar que tienen nuestro mismo origen?

–Esa es mi pregunta, tú eres el que conoces bien este asunto –aseveró el joven.

–Nunca se sabe, la jugada es perfecta. Sosteniendo el parentesco se permiten fantasear con estar en dos lugares a la vez: en nuestra piel y en la suya. Asumen una vida sofisticada y amoral, como la humana, con la tranquilidad de saberse seres superiores, es decir: conciencias incorruptibles de naturaleza simia... integridad razonable que ni sabe de donde viene, ni hace preguntas que no puede responder.

–Especulan, por lo que estoy oyendo.

–Mucho. Los hombres especulan mucho y se creen transcendentes… ¡el colmo!



Lo que a todas luces comenzaba siendo una incursión metafísica, nos atraía de manera especial; Onofre y yo hubiéramos ofrecido un dedo de la mano derecha por continuar escuchando aquella conversación, pero no debíamos mantener una situación temeraria jugándonos el pellejo. Los animales de la selva parecían haber despertado de la siesta y merodeaban, en el entorno cada vez más cercano, felinos de frondosas cabelleras y cara de hambre, o tal sagacidad  en la mirada que nos parecía humana. De tal  manera que, aconsejados por la prudencia decidimos no perder un segundo más, iniciando la retirada del lugar que comenzaba a ser un cerco de mamíferos carniceros y rugientes, moviéndose  inquietantemente excitados.

Arrastrados y reptando, cuchillo en mano, nerviosos, y armados del valor que en el ejército se supone a los soldados, nos despojamos de las chaquetillas de camuflaje que nos hacían sudar abundantemente, liberándonos de buena parte de la causa que atraía a las fieras seducidas por el olfato. Nuestro torso desnudo ahora se confundía con la naturaleza, y provocaba que numerosos animales nos vieran como a iguales, y nos respetaran. Apercibidos de ello, un poco más adelante  nos desprendimos de pantalones y calzoncillos, y proseguimos en la búsqueda del camino abierto a machetazos en la ida, rehuyendo a cuantas bestias veíamos cercanas, y evitando exteriorizar con carreras a la desesperada, el miedo cerval que vertiginosamente iba adueñándose de nuestro interior. 

Nos habíamos liberado de los leones, mas nuestro cuerpo despojado de ropa parecía atraer irresistiblemente a los insectos. ¡No hay acción imaginable sin contradicciones! A la defensiva, movíamos los brazos como aspas de molinos de viento, intentando evitar cuantas picaduras de parásitos era posible, con éxito escaso. Y si en repetidas ocasiones creímos oportuno acercarnos a la orilla del río  para aliviar la sed, o los terribles escozores proporcionados por las picaduras, a pesar del sigilo premeditado de nuestros pasos, las enormes y amenazantes cabezas de los cocodrilos levantadas sobre la superficie del agua, evidenciaban lo quimérico de la tentativa. Una situación adversa creciente, y resuelta parcialmente al servirnos de los machetes y las armas del ingenio que presta la necesidad,  para arrancar la piel a un tigre al que hallamos muerto, usándola como protección de hombros y parte de la retaguardia, tras disputarnos el cadáver en una lucha sin cuartel con multitud de carroñeros: zorros, buitres, marabús de hasta tres metros de envergadura… u otros animales a los que no sabría poner nombre.

Cada segundo y cada metro avanzado entre la vegetación. Cada mosquito ahuyentado o liquidado. Cada serpiente de las que sembraban el camino burlada o descabezada de un tajo por nuestros cuchillos. Cada tarántula,  rata gigante u hormiga del tamaño de una mano, rechazadas a puntapiés, amortiguaba nuestro desaliento y representaba la conquista de un tiempo robado al destino, o la esperanza de que ganando la batalla, en unas horas nos encontraríamos con los expedicionarios, que nos habían acompañado por la mañana en la visita al Parque Nacional Nyungwe Forest. El desesperado instinto de conservación, le gritaba a nuestra conciencia animalista y sensible que, las despiadadas leyes de la  naturaleza ofrecen sólo dos alternativas: 

¡Morir o matar!… la neutralidad, o el respeto incondicional a la vida, es un suicidio. 

Pendientes de lo que pudiera sucedernos un segundo después, momentáneamente arrepentidos de haber entrado en la selva virgen, desesperados, sufrimos los momentos más espantosos de nuestra existencia, y llegamos a experimentar la ridícula sensación de creer escuchar a los papagayos burlarse de nosotros. Una razón, entre otras, para tomar la decisión de desviarnos hacia las aguas pantanosas, evitadas en la ida, que bordeamos peligrosamente ralentizando la marcha, y en cierto modo vía de riesgos atenuados por la escasez de animales salvajes que las poblaban, a cambio de soportar los nauseabundos, apestosos e insoportables olores, que a través de la cavidad nasal pasaban por boca y garganta corrompiendo los pulmones.

Siete horas después de entrar, e increíblemente, salíamos vivos y abortados de la maldita selva.  Habíamos perdido la piel del tigre dejándola abandonada para desviar la atención de un jaguar que nos vigilaba, y al anochecer, completamente desnudos y cubiertos de sangre, sujetando con la mano derecha el cuchillo, y con la izquierda las partes blandas de cintura para abajo, agotados hasta la extenuación y confundidos con extraños espíritus fantasmales, llegábamos al poblado. 

La orientación en un lugar donde reina la miseria, es sencilla, y tomamos la dirección del albergue donde nos alojábamos los expedicionarios, secundados por la densa nube de polvo levantada por los pies de una nutrida chiquillería de raza negra, para la que representábamos una novedad festiva, un circo sin elefantes y sin carpa. A las puertas del albergue y causando el estupor del guía del safari, que no nos esperaba vivos, recibimos su sincera felicitación concluida con un lacónico comentario:

–Traéis una buena escolta… pero muerta de hambre. 


En efecto nos cercaba la algarabía producida por los chiquillos de la etnia hutu, que seguía nuestros pasos más necesitada de comer que los leones. Cantaban en suajili, vitoreándonos como a verdaderos héroes, y compadeciéndose de la desnudez de dos blancos que habían entrado en la selva virgen, y contra todo pronóstico regresaban en el estado lamentable de los perdedores de una guerra. Se trataba del mismo séquito al que prometiéramos traer del interior de la selva, sin concretar, una pieza de caza, y a cuya vista nos atrapó el menoscabo de la propia estima conscientes de faltar a la promesa. En aquellos momentos, y cuando la aclamación a nuestras personas alcanzaba el arrebato, abrumado de un sentimiento moral, crucé con mi amigo Onofre Ladrón de Guevara una mirada plena de insatisfacción solidaria, y bastó para que éste, enarbolando lo que en su conciencia quedaba de orgullo, respondiera al guía negro inmediatamente, celebrando nuestra derrota, o haciendo del fracaso un éxito:

–¡Las promesas se cumplen, que preparen comida para todos, pagamos nosotros!

El responsable de la intendencia puesto en marcha de forma inmediata, procedió a ordenar el sacrificio de una vaca para satisfacer a la tropa que nos seguía, al tiempo que las despensas de la residencia se vaciaban de todo producto nutritivo y bebidas alcohólicas.  Anunciada la noticia de los fastos a través de sonoros tambores hasta el último rincón del poblado, una marea humana y famélica, un flujo en ascenso de mujeres y hombres hambrientos comenzó a tomar posiciones en el albergue y su entorno. La alegría desbordaba toda previsión, y a la luz improvisada de luminarias y hachones encendidos que se multiplicaron, se iniciaba una fiesta multitudinaria, nocturna y a lo grande, cuya plenitud, contra nuestros deseos, no pudimos gozar. Fue así porque al tiempo que el hechicero del poblado aplicaba procedimientos sobrenaturales o ungüentos mágicos en nuestras heridas, Ladrón de Guevara y yo intercambiamos algunas palabras sobre el compromiso de pagar aquella orgía, comenzando a tomar conciencia de nuestra insensata precipitación. La confianza ciega de Ladrón de Guevara en mí o mi confianza total en él, carecían de fundamento, y confesada mutuamente la falta de recursos económicos para hacerla frente, todavía a tiempo, consideramos la conveniencia de huir del lugar prometiéndonos volver algún día a saldar la deuda. 

¡Dicho y hecho!

Tomamos un todoterreno, en el momento más oportuno para nuestros intereses, y ocultos en la espesura nocturna escapamos de nuevo en dirección de la selva virgen, que atravesamos en una larguísima jornada a paso ligero, aprovechando la tranquilidad relativa de unas horas en las que los animales salvajes dormían… o deberían dormir. 

Entrar en pormenores del retorno sería redundante, casi superfluo. Salimos vivos tras de realizar la hazaña irrepetible, y ahorro al lector los detalles de la travesía que se nos hizo eterna, y a mí mismo el ejercicio angustioso de recordar una noche penosa de desventuras y reveses, épicos y duros sufrimientos en medio de una espantosa oscuridad, y penitencia o expiación suficiente que no deseo ni a mis más enconados enemigos. Dejamos la selva virgen aún con la capacidad de respirar por los cinco sentidos, pero lesionados: mi amigo Ladrón de Guevara perdió el pabellón auricular derecho, y yo tres dedos de la mano izquierda arrancados por la sola dentellada de un jabalí. 

Muchos años después, irreconocibles, con treinta kilos más y mucho pelo menos por cabeza, tras de habernos hecho la promesa de pagar la deuda ahorrando céntimo a céntimo el montante, que tuvimos a bien estimar suficiente para cubrir incluso los debidos y lícitos intereses, volvimos al Parque Nacional Nyungwe Forest en Ruanda. Para nosotros fue sorprendente encontrar un mundo irreconocible, en el que las motosierras habían deforestado a placer buena parte de la selva. Donde antes hubo aventureros amantes de la naturaleza salvaje, ahora había curiosos turistas aburguesados. Lo que fueran primitivas cabañas para atrevidos de escaso caudal, en las que un día nos alojamos, habían desaparecido, y ocupaba su lugar un soberbio y moderno emporio hotelero. Establecimientos de lujo y bungalow que ofrecían servicios de calidad, o espectaculares centros de recreo con pistas de tenis y casinos, rivalizaban por atraer a gentes del mundo entero. Compartían los espacios severos estudiosos y científicos de disciplinas dispares, especialmente antropólogos y naturalistas de nacionalidades distintas, que estudiaban mapas al detalle y portaban cámaras fotográficas y filmadoras dotadas de prestaciones sofisticadas, en pos del conocimiento de la conducta humana a través de la observación de la conducta de los primates. 

Y algo más sombroso e increíble, amigo lector. Los turistas o viajeros americanos, japoneses, chinos, australianos, europeos…. buscaban a dos hombres blancos que, según la nueva tradición hutu, introducidos cuarenta años atrás en la selva virgen, e inexplicablemente adaptados a la  vida arbórea, se habían emparejado con dos chimpancés y tenido descendencia con ellas. Ladrón de Guevara y yo, asombrados, nos mirábamos atónitos porque… ¡hablaban de nosotros! Para los aborígenes, ahora, éramos leyendarios, míticos hombres-mono de origen español que saltábamos de rama en rama: postales, calendarios, pelotas, revistas y libros, camisetas, ceniceros, bolígrafos y mil objetos más, estampados con nuestra imagen juvenil desnuda y ensangrentada, se vendían como reclamo y souvenir en todas las esquinas.

domingo, 11 de mayo de 2014

Amor y naturaleza




 Somos distintos. La mujer podría dar la vuelta a España visitando tienda por tienda para comprar  una camiseta, un peine, o un abrillantador de zapatos; el hombre, perder el tiempo en lugar de ganarlo, viendo partidos de fútbol ante un televisor y durante treinta días con sus correspondientes noches, e ininterrumpidamente.
                           

Ante tan distinta sensibilidad, algunos ponen en solfa la condición femenina e incluso la salud mental de su propia esposa, olvidando el inteligente proverbio egipcio que previene:


“Antes de poner en duda el buen juicio de tu mujer, fíjate en quien eligió para casarse”.


La perspicaz amonestación despierta los deseos de entender las razones femeninas por las que hemos sido elegidos, es decir, de saber qué cualidad nos distingue de los demás. Y desde el lado opuesto, es lícito que nos preguntemos: ¿Qué atractivo femenino atrapa al varón hasta aletargar su conciencia, transformando en marioneta enamorada al que fue un hombre autónomo, inteligente y sano? 



Las respuestas que explican éstos, u otros cualquiera de los sentimientos del animal humano, nos exigiría  entrar en denominaciones biológicas difíciles de entender por el profano, mas por fortuna las ciencias han confirmado aquello que los filósofos y los poetas intuyeron mucho tiempo atrás, de suerte que para el caso bastará recurrir a autores que, en cortos textos, auxilian nuestra ignorancia. 


Schopenhauer, hablando del amor, decía que es una pulsión biológica visceral e incontrolable,  de ningún modo voluntaria, y en muy pocas palabras que:


“Lo que se enamora es el instinto, no la inteligencia”


 Y Nietzsche, natural continuador del anterior, vino a precisar la importancia de  la sublimación de las inclinaciones naturales, en el siguiente aforismo:


“El amor es la espiritualización de la sensualidad” 


Las citas no sugieren concepciones idealistas que impliquen religiosidad o trascendencia, ni galimatías místicos, y hoy pueden continuar sustituyendo a las nuevas aportaciones científicas y el lenguaje de terminología psicobiológica. O lo que es igual, en materia de amor, podemos permitirnos el ahorro de extrañas denominaciones que incluyen circuitos neuronales, testosterona, estrógenos, serotonina… u otras sustancias de las que da cuenta la bioquímica, y certifican la orientación instintiva animal que acercan al individuo humano al sexo contrario. Quiere decirse que, la ciencia y el pensamiento han llegado a idénticas conclusiones, y debiera de bastarnos, en favor de la brevedad, conocer los sentidos básicos a que aluden cuando hablan de la elección del objeto sexual. 


Según aquellas conclusiones, el varón, en la selección del sexo opuesto, se sirve del sentido de la vista al que confía el primer análisis de aprobación o reprobación. Como en la compra de un coche, la carcasa, el señuelo del diseño, la chapa y la pintura, superficiales y pueriles, son suficientes para atraer irresistiblemente al hombre que decide profundizar en el trato con la mujer. En segundo término, el hombre, se dejará llevar por sensaciones auditivas: léase por la voz femenina, cuya calidez, delicado y suave  erotono  de sirena frívola, provocan y erizan fibras sensibles de su inconsciente activando la afectividad más apasionada. La imaginación o la carencia de raciocinio hacen el resto, adornando el objeto deseado de virtudes y moralidad probablemente inexistente, o restando imperfecciones hasta hacer pasar los deseos por realidad. 


En pocas palabras, todo macho, por sesudo superhombre que quiera parecernos,  se deja conducir por sus debilidades y no por su fuerza, claudicando ante la insinuante y desmayada delicadeza femenina… ¡aunque nadie lo diría!


En cuanto a la mujer, a la que el talento le viene de fábrica, sería absurdo pensar que es atrapada por  el atractivo que ejerce el nudo de la corbata, la estatura o los andares del hombre. Esa  forma de elección no explicaría el hecho de que a un rico noble, elegante e inteligente y guapo, le coloque un par de cuernos sobre la cabeza, el miserable porquero a cuya vista se deshincharía una muñeca de plástico. Hoy se sabe con certeza que la mujer realiza la primera selección del varón al dictado de su sentido del olfato. Es decir, que posee la facultad de determinar la compatibilidad o incompatibilidad del macho con su propia naturaleza, en las distancias medias y al olor que exhala el cuerpo de aquél, en un análisis instintivo para el que la genética la ha dotado. Por desconcertante que nos parezca, y resultante de investigaciones en acreditados laboratorios de psicología, sabemos hoy que el olor del varón  determina el rechazo, o la validez de su candidatura, al que se atribuyen, caprichosamente y de inmediato, facultades sobrehumanas.

En conclusión, nada puede hacerse para acotar la potencia innata  e impetuosa de las pasiones puestas en hombres y mujeres, a quienes lamentable e injustamente se pedirán cuentas y responsabilidades. Y al respecto, Balzac, en una síntesis perfecta, acentuó la misma idea con un lenguaje inspirado y propicio al más elemental entendimiento:


“El amor es la poesía de los sentidos”.



El amor, y termino con ello, no es un sentimiento manipulable y de posible neutralización, sino la caprichosa y voluble voluntad de la Naturaleza que: 


Avasallándonos decide nuestras emociones.

Manda y se impone sobre nuestra razón.

Ordena o desordena nuestra vida. 


Resuelve futuro, nacimiento o muerte, y algo mucho más importante. La Naturaleza hace copias de varones y hembras sin importarle la calidad de las mismas, ni los errores cometidos al generar anomalías genéticas monstruosas en su constitución: síndrome de Down, neurofibromatosis, hemofilia, espina bífida, ceguera, enfermedad de canavan, fibrosis quística, síndrome de turner, distrofia miotónica, talasemia, asma, sordera… y centenares de enfermedades más, son producto del cacareado, ilusorio, apócrifo y sabio orden natural. La naturaleza, en conclusión, fábrica de producción intensiva y ajena al bien, el  mal, o las exigencias  morales, carece de sentimientos o se equivoca. Los mecanismos instintivos del amor, por los que somos empujados vehementemente, fracasan en el cincuenta por ciento de sus ensayos, dando lugar a divorcios costosos en términos económicos, y dramáticos e incluso trágicos en términos emocionales. Y la pregunta es obvia:


¿Podríamos sustituir por la razón un mecanismo instintivo tan arcaico?


¿No resultaría más favorable sistematizar, matematizar, o aplicar la inteligente elección de la pareja por interés, tan ancestral como las  divinidades paganas? 


¿No sería ventajosa la unión del individuo a una pareja asignada por padres, sicólogos, agencias matrimoniales, amigos, sacerdotes o maestros, es decir: la unión blindada por la experiencia, la tradición y la sabiduría?


Sigamos el ejemplo de lo más elevado. El derecho divino sustenta la legitimidad de la monarquía, y ésta sólo responde de sus actos ante Dios. Pero los monarcas han seguido la tradición de uniones matrimoniales endogámicas por intereses dinásticos, o egoísmos personales, perviviendo contra viento y marea, ¿por qué los desheredados plebeyos y vasallos, sin ningún derecho, privilegio ni prerrogativa, con frecuencia sin luces, sin trabajo, sin futuro y hasta sin primogenitura, nos unimos por amor? … ¿No estaremos locos?