sábado, 9 de julio de 2016

Experiencias de Máximo Maldía en la U.L. de Córdoba. 1.- “LA MOSCA”


Las dos de la madrugada. Todo era silencio, yo había bajado del dormitorio con el sigilo acostumbrado de los bebedores clandestinos de la capilla del colegio Gran Capitán, y mis pasos breves sobre las baldosas tenían el objeto de evitar cualquier ruido hasta llegar a la puerta que, empujada tras bajar la cremona se abrió permitiéndome la entrada sin obstáculos.

Ya en el interior del oratorio, aceleré el paso y conteniendo el aliento llegué hasta el rincón en el que algunas botellas de vino esperaban la llegada del bebedor oportuno. Indiferente a la calidad o la marca del caldo litúrgico, escogí la más grande y de etiqueta que garantizaba el origen valenciano de la villa alicantina de Jalón. La retiré cuidadosamente del botellero, tomé una bandeja plateada situada en su lateral y giré ciento ochenta grados de camino al despacho del director del colegio.
Introducido en lugar tan seguro que abrí con la ayuda de una ganzúa, fui a sentarme en la silla frente a la mesa sobre la que puse bandeja y botella. De aquella velada, que iba a merecer ser recogida en este relato conservo estimables recuerdos, y espero de mi capacidad de introspección un buen comportamiento.
A la vista del gramófono situado a la derecha de la ventana comencé seleccionando un disco de música clásica colocándolo bajo la aguja, previo giro del botón que regulaba el volumen, reduciéndolo al mínimo. La entrada en aquella dimensión musical de original lirismo, reflexión sonora, y vibrante sentimiento que comenzó a desgranar el reproductor, perteneciente al “Concierto para piano y orquesta nº 2” de Rachmaninov, a manos de Rubinstein, es responsable directa de que mi iniciación en la música culta tuviera tan buen comienzo.


Un minuto más tarde, y con la música de fondo apenas audible, descorchaba la botella y decidía beber a morro, uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete o más largos tragos, que dejaron al recipiente pidiendo auxilio, acompañados de la previsión que llevaba en un bolsillo: el sabroso bocado de un par de arenques salados y un trozo de pan, que me supieron a gloria. Entre trago y trago, descubierto el cajón donde el director del colegio guardaba el tabaco y el encendedor de gas, me permitía fumar cuatro o cinco “Celtas” tirando las colillas al suelo, y al finalizar la bacanal tras desabrocharme el cinturón, guardarme el paquete y el mechero para consumo y uso en otro momento.
En tanto el calor me invadía por entero, sentía recuperadas las energías perdidas, desvanecerse los temores que me oprimían los primeros momentos, y un optimismo expansivo extraordinario. Finalizado el concierto, satisfecho y pleno de moral, atrevido y ganado por los vapores del vino que trepaban hasta la cabeza, salían por las orejas y parecían conferirme alas, reprimí los deseos de ponerme a cantar la jota aragonesa, aprendida en la última clase de solfeo.
Cumplida la misión sin obstáculos, y ganada la apuesta de 25 pesetas a los compañeros de habitación, por llevar a cabo la misión, me sentía exultante y listo para volver a la cama.  Lo hubiera decidido de no mediar el zumbido y revoloteo de una mosca negra y de buen tamaño, que, tomando tierra se miró en el espejo metálico de la bandeja, retocándose las antenas con una pata delantera, y posibilitando que yo presintiera su pensamiento narcisista:
- “¿Soy yo, esa?... No estoy mal, conservo todavía una atractiva apariencia”.
Después saboreó gustosa los restos de elixir derramados, sugiriéndome el cambio de intenciones. Removido por un torrente de ternura, y demostrando un carácter impresionable, escancié sobre la superficie de la bandeja algunas gotas del clarete, y al olor penetrante de la golosina decenas y decenas, centenares, miles y miles… más de un millón de moscas, se hicieron presentes y aterrizaron, comenzando a dar cuenta del néctar, con fruición, forzándome a repetir el servicio.
Alguien de natural intransigente, prisionero de su ego e insensible a los derechos de los insectos, hubiera pensado en aniquilarlos, exterminarlos, fumigarlos y hacerlos desaparecer del lugar; en opinión de tales concepciones, ensuciaban y envilecían el despacho: eran la peste. Yo, determinado por un parecer distinto y seguramente por los efectos embriagadores del alcohol, pensé en satisfacerlos y facilitar su existencia, o su derecho a la vida. Me dejé llevar de la heterodoxia panteísta del respeto a los animales, y la idea de que si “Dios es la vida” ningún ser vivo debiera quedar excluido de su esencia, o de lo contrario la sentencia merecía ser sustituida por “Dios es la vida del hombre”, de presuntuosa y escasa dimensión, que dejaba a Dios enmarcado en un cuadro de Velázquez: “Marte”, el Dios de la guerra.
La relajada concienciación me ayudó a operar con desenvoltura, y empecé a recitar mental y casi automáticamente el poema dedicado a las moscas escrito por Antonio Machado, que hube de memorizar obligatoriamente como condición indispensable para aprobar la Literatura Española, pero no lo concluí. Sumido en el sopor, mi espalda fue inclinándose poco a poco; mis párpados, abatidos, clausurando la visión de los ojos; y mi cabeza, abotargada, fue cediendo a la tentación de apoyarse en la superficie de la bandeja.
Un minuto después yo dormía como una marmota, y soñaba roncando sin estridencias.



Pero ésta, es una conclusión a la que con el tiempo llegué tras de hacer un serio esfuerzo racionalizador, porque a todos los efectos y durante años, hubiera apostado fuerte creyendo haber hablado con un díptero, que comenzó agradeciéndome la generosa donación de mosto.
–¡Gracias, humano el vino es excelente!... ¿Cuál es tu nombre?
–Máximo… Máximo Maldía. Mi oferta no merece gratitudes, Mosca –respondí.
–¡Las merece! Y si todos los humanos fueran como tú, las moscas olvidaríamos la necesidad de comer mierda, pero sólo miráis por vosotros mismos, olvidando que hay otra vida donde os saciaréis hasta la saturación –me echó en cara, deshaciéndose primero del macho que la cortejaba con evidentes intenciones de entablar relaciones sexuales, por las buenas o por las malas, aquí y ahora.
–Mosca, me sorprende que sepas que hay otra vida. Creí, y lo creí de veras, que era una prerrogativa exclusiva de los hombres –dije yo.
–Creer, se creen muchas cosas, lo que no sabemos es si son verdaderas. Yo te diré lo que sé. ¡Ahí va mi primera revelación, Maldía!: En la otra vida, las moscas seremos humanos, y los humanos seréis moscas. Eso es lo que diferencia vuestro conocimiento raquítico del más allá, de nuestro acercamiento a la verdad. Nosotras estamos al corriente de adónde vamos y de dónde venimos –afirmó la mosca e hizo una pausa alejándose hasta el borde de la  bandeja  manchada de vino, para volver patinando sobre la superficie, en un alarde impecable de control físico y  psicológico.
–Nuestras concepciones son incompatibles, Mosca.
– Maldía, hasta el momento has demostrado sensibilidad, no demuestres ahora ser soberbio. ¡Nuestras concepciones son complementarias! Eres muy joven todavía y quizá no me comprendas… De la misma manera que las habilidades físicas, la sabiduría ha sido repartida fragmentariamente entre todos los seres vivos… nadie lo puede todo, y nadie lo sabe todo.
–Pero, la otra vida, es otra cosa –argüí tontamente, seguro de estar apoyado por sólidos fundamentos metafísicos que ignoraba, y otros sabrían por mí.
–Maldía, la vida siempre es la vida, la misma cosa: una sucesión de pequeñas satisfacciones en un océano tumultuoso de necesidades, miserias, penuria y dramas irreparables, que acaba por sumir al individuo en la servil e inútil ruina y decrepitud…. una poda inmisericorde, selectiva y permanente.
–El tiempo se detiene para todos en los mejores momentos para que los gocemos, en ello consiste la felicidad –apunté, desorientado porque lo había oído decir en una película de romanos.
–¿Te han dado pruebas de ello?
–Pruebas… ninguna… pero…
–Entonces no lo creas, acostumbra a juzgar por lo que ves. El tiempo no se detiene nunca ni es una alfombra enrollable, se pierde entre la añoranza de un ficticio pasado mejor, y un distante futuro prometedor. 
–Pesimismo, Mosca, pesimismo –insistí sin argumentos.
–Realismo Maldía, realismo –corrigió persuasiva–. En esta vida, reina la incertidumbre, y si dura lo suficiente hasta que el destino corta el último hilo de la existencia de un hombre, o de una mosca, la naturaleza se complace en deteriorar o eliminar facultades físicas y mentales hasta hundirlo, cambiando lo sano por lo enfermo,  lo vital por lo inservible, lo bello por lo feo. ¡Todo lo bueno termina mal! Es una ley inexorable…
–Sí, mas…
–¡Déjame concluir, puñetas! –Interrumpió la mosca revelando carácter autoritario–. Ahora hablemos de la otra vida a la que hace distinta la eternidad, o suspensión de la ley: “comer o ser comido”. Y te aseguro como mosca que soy, que va acompañada de un insoportable e infinito peregrinaje. Maldía, cuando seas una mosca entre tantas vivirás en constantes altibajos. Te aguarda un futuro dantesco huyendo mosqueado de los desaprensivos insensibles al derecho ajeno.
Aquellas palabras iban acompañadas de la temible fijeza de unos ojos compuestos de miles de lentes individuales, elípticos, sin párpados, brillantes y espantosamente negros, que controlaban los trescientos sesenta grados del entorno, y en los que se reflejaba mi cabeza extrañamente deformada.
–Las moscas vivís aquí muy poco tiempo para saber tanto –inquirí.
–¡Para lo que hay que ver! La naturaleza es sabia, por fortuna pasamos apenas dos o tres lunas, tiempo suficiente para asimilar lo que aprenden los hombres en ochenta años, y experimentar sufrimientos indecibles. La mosca anda con una cruz al hombro allá donde esté, nuestros enemigos y sus ansias de exterminio se multiplican: arañas, lagartos, salamandras, golondrinas, mirlos, jilgueros o mil aves más, ranas, humanos y humanas, gatos… ácaros… sí, he dicho ácaros: variados y odiosos parásitos a quienes los humanos habéis dado nombres en latín que no entendemos, precisamente, las más interesadas en entenderlo. En conclusión, a las moscas nos persigue una jauría de seres vivos, amén de diversos y dañinos productos químicos plaguicidas…
La mosca me proporcionó algunos de esos nombres, y la disputa acalorada y provechosa se prolongó tanto como para escribir un libro, aunque la brevedad autoimpuesta en esta narración oculta sus mejores argumentos.
Después de haber roncado plácidamente un par de horas, cuando de la posición de la cabeza provino una dolorosa tortícolis que me despertó, procedí a salir del despacho del director del colegio, y regresar al dormitorio con el mismo sigilo de la ida. Ganador de la apuesta, ebrio y tambaleante de esquina a esquina, desoyendo a las imágenes de los cuadros que me querían hablar, o viendo dos ventanas donde había una, siete macetas donde había dos, ningún escalón donde había un escalera, o una aparición fantasmal detrás de cada puerta, alcanzaba el objetivo del dormitorio a las cinco de la madrugada y sin novedad, con la botella de dos litros, y sin vino, como botín que atestiguaba la hazaña.

Al día siguiente, lunes a última hora de la tarde y en la clase de religión, el padre Roces, director, comenzó hablando de los santos de la Iglesia, y del hecho extraordinario de que algunos hubiesen mantenido amenas conversaciones con Dios y de tú a tú, a lo que mi compañero Felipe Escalona no se abstuvo de poner reparos, aunque con sordina.
–Padre Roces, ¿no le parece que se afirma con demasiada frecuencia y facilidad, un hecho tan extraordinario como el de hablar con Dios?
–Felipe, tu duda es comprensible y te honra, como cristiano sólo estás obligado a creer en los dogmas de fe. Ahora bien, la pregunta suscita un buen tema de debate, una controversia teológica. Me gustaría saber si tus compañeros tienen las mismas dudas que tú, o por el  contrario son de fe más firme, más sólida, y menos… acuosa.
El sacerdote lo dijo frotándose las manos, e iniciando un nuevo paseo de arriba abajo previo a la selección aleatoria de estudiantes, que manifestándose en una u otra dirección, no aportaron nada nuevo a un debate tan viejo, y yendo a comprometerme a mí, precisamente a mí, para cerrar la consulta, aunque tampoco tenía nada que decir.
–Por último, vamos a ver, Máximo Maldía, cuál es tu opinión al respecto. ¿Pueden los hombres hablar con Dios?
–Teniendo en cuenta que quien habla con Dios, habla consigo mismo…claro que sí –dije poniéndome en pie junto al pupitre–. Además es un bálsamo para aliviar la soledad o el sufrimiento… aunque la experiencia no debe hacerse pública porque pertenece a la más reservada intimidad. ¡Allá cada cual… siempre que no lo divulgue!
–¿Eso por qué? –objetó el cura, curioso.
–Pues hombre, porque a falta de testigos o pruebas contrastadas te pueden tomar por loco. Nos sucede a todos… ayer, sin ir más lejos, hablé durante una hora larga, con una mosca, y es seguro que mis compañeros no lo creerán, porque raro, sí lo es… incluso a mí que lo he vivido, me extraña.
–¿De qué hablasteis, Maldía?... ¿De qué hablaste con la mosca? –preguntó el sacerdote con retintín burlesco, poniendo música a las preguntas y extremo interés.
–De cuestiones novedosas que no revelaré porque me previno que, de hacerlo saber sólo lo aceptarían aquellos que han hablado con moscas u otros insectos, es decir, me comprendería una minoría insignificante.
–¿Maldía, se trata de la misma mosca que se ha llevado el vino de la capilla, se ha fumado mi tabaco, me ha robado el mechero, ha dejado sobre el tocadiscos las pieles de unas sardinas arenques, y esta mañana andaba borracha haciendo contorsiones, piruetas y malabares sobre una bandeja en la mesa de mi despacho…?
–¿Negra y grande? –pregunté parapetándome, advertido del peligro acechante.
–¡Sí, negra y grande!
–No, no padre Roces, como esa mosca hay muchas, la mosca que yo digo era azulada y pequeña. ¡Seguro! Hablé con ella en el retrete y comía como una desesperada, pero no creo que la mierda la acompañara de vino.

domingo, 26 de junio de 2016

EL CERDO

      Con frecuencia me hago preguntas que no sé responder y procuro buscar en mi entorno personas que lo hagan por mí, aunque no siempre es un logro posible. Hoy me atarea una cuestión a la que no encuentro respuesta definitiva, y que concierne a las relaciones entre el hombre y los animales, en especial que activa la indiferencia afectiva de los hombres por el cerdo,  u hostilidad del cerdo  contra el hombre.

     Tengo motivos personales para ello, hace unos años adquirí un cerdo vietnamita, un animal encantador del que aprendí mucho y al que traté  con esmeradas atenciones. La gratificante experiencia no me permitiría hoy llamar cerdo a ningún hombre por razones de canallesca  inmoralidad, y mucho menos por el abandono de la profilaxis higiénica: hay  muchos epítetos apropiados que definen la desidia personal sanitaria, y bien conocidos por el lector. Pasado el tiempo, y animado por el resultado, compré algunos cerdos más y otros animales de compañía con los que comparto tiempo libre y espacio vital, aunque mantengo alejados de la cocina, y presumo, a la postre, de haber ido estudiando la condición de especies tan distintas y parecidas a la que pertenecemos, o de hallar cada día más acertada la sentencia de Protágoras:

          “El hombre es la medida de todas las cosas”.

Protágoras
           De manera que, con el hombre tomado por referencia y modelo, he comprobado que el carácter remiso del cerdo respecto a él,  indicia la existencia de una querella entre semejantes. A diferencia de animales como el gato, un incansable mirón, ligero como una pluma que trabaja sin rendir cuentas a nadie, remolón, irresponsable, frívolo atracador clandestino de despensas bien surtidas, y reservado e independiente individualista que mira al hombre sin complejos o de igual a igual, el cerdo es… otra cosa muy diferente.

         El cerdo, vencido por el magnetismo terrestre y pesadas hechuras,  pacífico y de temperamento flemático y fisiognomía pícnica, es un animal rebelde, exigente y dueño de su propia escala de valores; un ser quejoso, curioso y austero  que nos mira desde un plano superior o por encima del hombro, sueña con ser el amo de la granja, tiene memoria, conciencia individual y social, distingue el bien del mal, intuye la muerte, es orgulloso y severo, aprecia y goza los placeres de la vida, y vive emociones  inquietantes e intensas. Además el cerdo, que hombrea con medida inmodestia,  se tiene a si mismo por animal superior, y a diferencia del obediente talante practicado por el perro, rehuye humillarse ante el animal humano.

Michel de Montaigne
         No es sólo una apreciación personal, porque desde las mejores cabezas pensantes del mundo antiguo se ha tenido conciencia de ello, y al menos desde Montaigne se afirma que no es el sentimiento, la inteligencia ni la esencia lo que distingue a los hombres de otras especies, sino el grado. Nos distancia el nivel y no la cualidad. La supervivencia animal no es concebible sin el sentido común que la haga posible, y la adaptación del cerdo al medio civilizado prueba una capacidad extraordinaria e incuestionable, percepción atinada de la realidad,  fina inteligencia natural, y un instinto que tiene sus razones. Anótese si se quiere en el debe,  y como Talón de Aquiles, la agudeza especulativa del cerdo, porque su inteligencia  apenas alcanza la de un niño de tres años, aunque se advierte el logro difícil que consiste en no hacer daño a los demás ni tampoco a sí mismo, o la lealtad en el trato amistoso que le caracteriza. Contaríamos con los dedos de una mano los hombres que alcanzan esa meta, próxima a la sabiduría para los escépticos, y… cercana a la santidad para los creyentes.

          De la naturaleza del cerdo se sabe todo, incluso que al estilo de nuestra especie, y dominado de una pasión frenética, hace el amor a lo bestia. Y aunque el servicio prestado por el hombre al cerdo, no se corresponda con la indiferencia y menosprecio habitual del cerdo por el hombre, la similitud y cercanía entre semejantes está probada.               Su fisiología y anatomía reproduce la fisiología y anatomía humana. Su cerebro a escala del nuestro participa de analogías sorprendentes;   su permanente descontento difiere poco del carácter gruñón del obrero mal pagado o el anciano achacoso; su ADN se aproxima a la réplica y está cercano el día en que el trasplante de órganos del cerdo salve la vida de millones de humanos.

      Asumamos pues el parecido cuando nos queda concluir con una oportuna cavilación. El contacto con el mundo animal nos acerca a la filosofía animalista, y a la duda. No seré yo quien niegue la existencia de conciencia, sensaciones, recelos y memoria, de cualquier ser vivo, del más diminuto e insignificante hasta el más gigantesco. Pero admito que nuestros escrúpulos tal vez no resulten convenientes ni útiles a nuestros intereses; somos animales sometidos inevitablemente a la lucha por la supervivencia o la ley del más fuerte, y la compasión es un signo de  debilidad. Somos dependientes y no libres, la necesidad, frecuente enemiga de la racionalidad que nos pide respetar la vida animal, frustra las perspectivas utópicas. Tenemos de ello una clara conciencia, traicionamos ideales alimentándonos de vegetales y animales muertos, o especies cuya voluntad manifiesta es vivir, y, la sensibilidad y receptividad a las necesidades de todo lo vivo, haría nuestra existencia imposible. Pero nadie descarta que la acelerada evolución de la  conciencia cada día más impresionable, promovida por la postmodernidad, nos conduzca hasta las puertas de la sociedad vegetariana, renunciando a nuestro instinto carnívoro. ¡Ése es el futuro! Entre tanto y como corolario, debiéramos saber que denostar la conducta del cerdo, ahondando la porcofobia, es tirar piedras contra el tejado de nuestra civilización, porque  guste o no guste… ¡somos lo que comemos!


domingo, 5 de junio de 2016

INTELIGENCIA ANIMAL


Dice una cita de Buda que, “Cuando un hombre se apiade de todas las criaturas vivientes, y sólo entonces, será noble”. Los animales tienen en común con los hombres la memoria, las emociones, los sentimientos, la vivacidad, los sueños… e incontables funciones  psíquicas y fisiológicas. Pero es verdad que nuestro entorno no se ha caracterizado por suscribir ese principio oponiéndose a la fiesta taurina propia de humanos de escasa sensibilidad compasiva, en la que  miles de espectadores gozan del espectáculo sangriento del sacrificio de un animal. 


No es verdad que al toro de lidia se conceda oportunidades frente al carnicero metamorfoseado en Sota de Espadas, al que se da el categórico y clarificador nombre de Matador, por el contrario se extreman las atenciones para evitar el aprendizaje del toro antes de ser lidiado, por cuanto ese aprendizaje comporta un alto el riesgo para el torero. Convengamos en consecuencia que, nos asiste el derecho a defender o atacar la fiesta de los toros porque la ley es neutral, pero su defensa no es un ejemplo moralizante. Ni es aceptable la consideración  del “toreo como arte”, salvo si corrompiendo el lenguaje  hablamos del “arte de la guerra”  con igual desparpajo, en un miserable insulto a las víctimas.

Al margen de ese debate, encuentro de muy escaso acierto la concepción de la vida animal aislada de la especie humana. Lo que distingue al hombre de otros animales no es la esencia, ¡es el grado! Dicho de otro modo,  nos distinguen de los animales diferencias cuantitativas y no cualitativas. Ahora bien, la visión antropocéntrica, que además contempla la trascendencia humana como dogma religioso, reduce al animal a la condición de máquina de carne y hueso.

Y no es nuevo cuanto decimos aquí. De los muchos defensores de la condición animal, vamos a quedarnos sin embargo con un solo autor para abreviar, Montaigne, que en sus ensayos escritos antes del año 1580 aporta un  interminable número de testimonios, que evidencian funciones superiores en los animales. No somos exclusivos,  sometidos a las mismas leyes no nos distinguen los sentidos ni las necesidades, y respondemos fielmente a igual mandamiento inevitable del orden natural:

¡COMEOS LOS UNOS A LOS OTROS!

 Nos lo hará entender  la brevísima muestra seleccionada del autor francés, de la que vamos a servirnos:
Del mismo modo en que nosotros cazamos animales para alimentarnos, los tigres y leones cazan hombres, los perros liebres, los lucios tencas, las golondrinas cigarras, las salamandras insectos, y los gavilanes cazan mirlos o alondras.
La inteligencia se manifiesta en la capacidad para experimentar, probar y rectificar. Y la cabra de Candía herida, elige para curarse entre un millar de hierbas, el díctamo.
El dragón se limpia y despeja la vista con hinojo.
Las cigüeñas se aplican ellas mismas lavativas con  agua de mar.
La tortuga tras de comerse una víbora busca de inmediato el orégano para purgarse.
Los elefantes arrancan de su propio cuerpo, y del cuerpo de sus amos, los venablos y dardos lanzados en combate, con tal habilidad que nosotros no sabríamos hacerlo con tan poco dolor: ¿por qué no lo llamamos inteligencia?

Caballos, perros, bueyes, ovejas, aves y la mayoría de los animales que viven con nosotros, nos reconocen por la voz, se dejan guiar por ella… y hemos visto bastantes viveros en que los peces acuden a comer al grito de sus criadores. Enseñamos a hablar a mirlos, loros, cuervos o urracas, y esa facilidad que les reconocemos para prestarnos su sonido y aliento, demuestra que tienen dentro de sí un raciocinio que los hace educables y dispuestos a entenderse con nosotros. ¿Qué puede hacernos pensar que los animales no se entienden entre sí?

Y en ocasiones nos valemos de las afinadas capacidades de otros animales para protegernos. Los  habitantes de Tracia, cuando van a cruzar la superficie helada de un río, ponen delante a un zorro, el animal acerca su oreja al hielo para comprobar si oye a corta o larga distancia el murmullo del agua que fluye por debajo, deduciendo  si el hielo es más o menos grueso, para decidir retroceder o avanzar, ¿No tendríamos razón si concluimos que pasa por su cabeza la misma reflexión que por la nuestra? Es decir: que lo que hace ruido se mueve, lo que se mueve no está helado, lo que no está  helado es liquido, y el líquido cede al peso arriesgando nuestra seguridad?

Las golondrinas a las que vemos escudriñar todos los rincones de nuestras casas, no buscan sin juicio ni discernimiento de entre mil lugares el más conveniente para hacer sus nidos. ¿Pueden servirse de las formas y diseños adecuados sin ser conscientes de las ventajas y efectos que conlleva? ¿Cogen agua y luego arcilla para construir sus nidos, sin juzgar que lo duro se ablanda al humedecerlo? ¿Se protegen del viento lluvioso y orientan su morada hacia levante, sin conocer las características de esos vientos y sin tener en cuenta que uno les es más favorable que otros?

¿Por qué la araña trama más tupida su tela en un sitio y más  liviana en otro? ¿Por qué se sirve  de un  tipo de nudo, u otro, si carece de capacidad para deliberar,  pensar y deducir?
Las hormigas extienden fuera de la era sus semillas y granos para aventarlos, refrescarlos  y secarlos cuando observan que empiezan a enmohecerse y oler a rancio para que no se corrompan y se pudran. Y van más allá cuando la necesidad lo requiere: para que el alimento almacenado no se convierta en simiente y no pierda su naturaleza, las hormigas roen la punta por donde el germen acostumbra brotar.
Todas cuantas observaciones hiciera Montaigne, sobre la inteligencia animal, pueden sorprender al observador siglos más tarde, en especial si sostiene la irracionalidad animal, o si ignora los mecanismos de la evolución, (variación en el tiempo de formas vegetales y animales)  con independencia de la forma física que  adopte la especie. Cada individuo del mundo animal sobrevive porque su inteligencia natural, -¡y no su irracionalidad!-  es capaz de adaptarse al medio y devorar cuanto precisa para subsistir… de lo contrario está condenado a extinguirse.

domingo, 1 de mayo de 2016

EFEMÉRIDE DEL MES DE MAYO



        El mes de Mayo cantado por innumerables motivaciones, y cada primavera, revienta en los campos, trae promesas verdaderas y no palabras, frutos al alcance de la mano que se hacen ver y se dejan tocar. Pero Mayo ha sido loado tan sobradamente que imposibilita la originalidad y obliga a cambiar el guión, o recordar alguna efeméride cuyo protagonismo pertenezca al hombre, o sus hechos, no a la estación del año. A mi me sugiere poner atención en un acontecimiento histórico de imposible olvido: La Segunda Guerra Mundial, que en Europa finalizó este mismo mes y en el año 1945; todavía se especula sobre determinados sucesos que se publicaron de manera contradictoria, y aún hay enemigos acérrimos de los actores a que debe imputarse  la desproporcionada y trágica catástrofe, como hay defensores y aplaudidores incondicionales de los mismos.

       Pues bien, hoy traigo aquí el latido del corazón de un admirador del primer protagonista del conflicto, el verbo febril de un apasionado devoto de Adolf Hitler: el periodista que firmaba la nota necrológica con el pseudónimo “Unus”, tras el que se ocultaba  Víctor de la Serna, director del periódico diario Informaciones, el día 2 de Mayo de 1945. La fúnebre soflama que lloraba al Führer, quien un par de días antes se había suicidado en el búnker de la cancillería de Berlín, hubiera sumido en la indiferencia a los habitantes del Venus, ignorantes de los acontecimientos de la Tierra, pero producía sensaciones repugnantes en muchos lectores, y comenzaba con una exclamación marcial a la que seguía una encomiable apología:

        Un enorme ¡presente! se extiende por el ámbito de Europa, porque Adolf Hitler, hijo de la Iglesia Católica, ha muerto defendiendo la Cristiandad. Sobre su tumba, que es la enorme pira de Berlín, podrá escribirse el epitafio castellano que reza:
          “El que está aquí sepultado no murió,
           que fue su muerte partida,
           para la vida”.

          Si a Adolf Hitler le hubieran dado a elegir su muerte, hubiera elegido ésta para vivir. Ya se comprenderá que nuestra pluma, contenida, no encuentre palabras para llorar su muerte cuando tantas encontró para exaltar la vida.

          Pero Adolf Hitler ha nacido ayer a la vida de la historia con una grandeza humanamente insuperable. Sobre sus restos mortales entrega a Hitler el laurel de la victoria. Porque de la mística profunda y densa que su muerte crea en Europa, acabará triunfalmente la humanidad.

       ¡No llore el lector porque la historia se escriba así! Así la escriben los intérpretes interesados y partidarios, profesionales verborreicos, y académicos reputados pero irresponsables. El apestoso excremento literario, que acabamos de leer y para el que el autor no encontraba palabras, agasajaba al nazi como a un angelito, un defensor incondicional de la Cristiandad, un  santo sin pedestal. Más no siempre es posible que, un magnífico ejemplo de manipulación que quiere ocultar la verdad o enterrarla entre cenizas, encuentre las circunstancias favorables para pasar por dogma sin posibilidad de ser rectificado. Cuando Víctor de la Serna, abusando de una retórica mística tan del gusto de la pierna ideológica de que cojeaba, escribía haciendo ver en la personalidad de un pintor siniestro, fracasado y loco como Hitler, un ideal de beato ayunando en las arenas de un ignoto desierto, Europa entera maldecía su recuerdo. Y los lectores del periódico, incluso los acomplejados y genuflexos de los años 40 del pasado siglo, terrícolas y españoles, debieron pellizcarse la mejilla pensando que soñaban con la existencia de un carnicero metamorfoseado en paloma de la paz. Si el festejado Hitler, maestro de obras de la masacre de 50 millones de seres humanos, y centenares de millones de damnificados en una guerra de proporciones gigantescas, merecía una lisonja, el infame Yack el Destripador habría de subir a los altares como San Yack el Curandero. ¿Qué loas no hubiera cantado el autor de estas líneas a un Francisco de Asís, una Madame Curíe o un Sócrates? ¿Qué flamígeros encomios no hubiera ofrecido a un hombre honrado, si al necrófilo y funesto Führer concedía la victoria laureada?

Víctor de la Serna
      Supongo al lector armado de argumentos para justificar la oratoria recogida en negrilla, o por el contrario para encorajinarse y maldecir. Yo tengo los míos. Dejadme ofrecer las razones que pueden mover al periodista a cumplir la tarea de escribir un panegírico que beatificaba al dirigente nazi; caben dos maneras distintas de interpretar esa alabanza llevada a cabo por Víctor de la Serna.

       Una:
      La actitud hipócrita, y torticera, de un intelectual oportunista y pragmático que escribe por encargo o a tanto la línea, y espera rendimientos inmediatos de su talante… ¡tantas estupideces propago, tantos beneficios obtengo!

      Otra:
      El papanatismo intelectual del individuo de rebaño. La ceguera moral. La incapacidad absoluta para oler una mierda aunque la esté pisando. La sumisión al jefe y al dogma. ¡La inocente credulidad de quien solamente es capaz de ver por los ojos de un ciego!

domingo, 10 de abril de 2016

¿QUÉ SIGNIFICA FÉMINA?

          La proporción de santos de la iglesia distribuida por sexos es de 80-20 a favor del varón. ¡De entre cada cinco santos, hay una sola mujer! La asimetría, resulta hoy sorprendente, injustificada y producto de la discriminación sexual. No cabe en la razón pensar de Eva que, además de inducir a Adán al pecado y ser madre de hembras merecedoras del papel irrelevante que desempeñan en la Iglesia, haya parido, contradictoriamente, incontable número de hombres santos, sabios, heroicos, y hasta divinos. Ningún imbécil está facultado para engendrar obras maestras, y de juzgar a la mujer por sus obras descubriríamos que la balanza de la espiritualidad también se inclina decididamente a favor de ella:
       A la iglesia asiste un 50% más de mujeres que de hombres,
        Más mujeres que hombres  participan en cualquier celebración devota.
        Más mujeres exigen a su pareja el matrimonio eclesiástico.
        Más mujeres toman la iniciativa de la educación religiosa de su descendencia.        
        Más mujeres son capaces de dar la vida por ella, sin pedir nada a cambio.
        Pese a todo, y en virtud  de la virilidad como valor en los principios de nuestra cuna cultural, el poder aplastante en manos de los hombres devino en la dependencia de la mujer y su consideración como minusválida y menor de edad, dedicada a parir una numerosa prole para multiplicar los seguidores de la doctrina. O algo más que no debiéramos olvidar: nunca se ponderó suficiente el hecho del carácter conciliador de la mujer, o la realidad objetiva de que de cada veinte asesinos, hay una sola asesina. Los prejuicios contra la mujer no son otra cosa que, efectos producidos por la masculinización del poder absoluto, la verdad absoluta, o la riqueza absoluta y su deriva: cuando uno sólo de los comensales de una cena se lo come absolutamente todo… los otros no comen absolutamente nada.
        Sin duda el sexo debió tener en este juego, de buenos y malas, una importancia capital. Para explicarlo debemos remontarnos al pasado, situarnos en otra época, cambiar de piel y ocupar el lugar de quien rige los destinos de la moral, es decir del varón consagrado a los oficios religiosos… el ministro de Dios. Se entenderá enseguida que la contradicción la explica la existencia de la mujer, porque donde hay una mujer hay una tentación que amenaza atropellar violentamente el voto de castidad del hombre.

        En el intento antinatural de reprimir el instinto sexual de fuerza rabiosa, e inmune a todo enemigo, el religioso verá en la mujer la pasión seductora, satánica y excitante adversaria de la fe, o una hostil antagonista a la que combatir.
         Involuntariamente atrayente para el macho por designio del quimismo que decide su orientación, la mujer representaba la antítesis del ascetismo y el celibato, la incitación a romper los juramentos,  promesas y deberes a que había consagrado su vida: la mujer con su sola presencia, pervertía la vocación y los propósitos más sagrados.
         Y todavía podían llevase acabo mayores errores que el de someter, al clérigo, a la soltería obligatoria poniéndole a los pies de los caballos: concederle el privilegio  de escuchar  a la mujer en confesión y separado por una delgada celosía, que le otorgaba el privilegio extraordinario de conocer el aliento, o los rincones más sombríos e íntimos de la penitente. Aquello era una grave imprudencia y de difícil disculpa que, la estrategia de Napoleón habría resuelto y resumido así:
        Las batallas que se libran  contra la mujer, son las únicas que se ganan huyendo.
       ¿Qué hacer ante la confesión auricular y secreta de una dama de sugerente erotono,  delicadas maneras y difusora de un suave perfume, que desnudaba sin reservas sus sentimientos exigiendo toda la atención?  ¿Qué respuesta dar a la voz aterciopelada y susurrante, que demandaba auxilio espiritual en la intimidad? En semejante y comprometida tesitura, al sacerdote y confidente se pedía un imposible: ¡Resistir!        Resistir y adoptar la actitud fría de la estatua de mármol, sin vida e indiferente al magnetismo sensorial y abrasador. ¡Una empresa heroica llamada a fracasar!
       Pues bien, contra lo que hoy entendemos por templada actitud religiosa, de la mujer se esperaba un pasivo entusiasmo incondicional: entrega total del alma, confianza sin reserva en el confidente, y no atisbos de duda. De la mujer se exigía la caída en la neurosis mística y la aniquilación de todo vestigio de animalidad, consumándose en ocasiones el objetivo más ambicioso: bástenos recordar que de los 321 casos de estigmatización, a lo largo de la historia y reconocidos por la Iglesia, sólo 47 eran hombres. ¡No puede pedirse más dedicación de la mujer a la causa, ni tampoco menos reconocimiento a sus sacrificios! Pese a todo, varones de abundante cabellera y poco seso orarán sin reprimir el orgullo:
       ¡Gracias Señor por no haberme hecho mujer!
        Y tampoco satisfarían los sacrificios de la mujer a rigoristas como San Alberto, mina inagotable de prejuicios sexuales, que horrorizado reveló tremebundas confesiones íntimas de mujeres, sin señalar sus nombres, asegurando que si contaba los secretos de que era depositario, el mundo entero temblaría. Curiosa amenaza del todo innecesaria por cuanto las debilidades de la mujer, que nos hizo conocer y omitimos por vergüenza torera, dejarían al santo como a Cagancho en Almagro.

        Y de tal profundidad era la disociación entre el hecho natural de la sexualidad, y el deseo de reprimir su instinto que, el controvertido origen etimológico de la palabra fémina tiene sentido. Para unos el término fémina, significa:
       “La que amamanta”.
        Para una mayoría entre las que se cuenta Uta Ranke-Heinemann, brillante teóloga alemana compañera de estudios del papa Benedicto XVI, muy crítica con la Iglesia y el dogma, el integrismo  misógino degradó la confianza en las mujeres, desdeñó su labor y minó su prestigio, la convirtió en útero de alta producción, exaltó el imposible de la maternidad virginal, y contaminó el lenguaje hasta el punto en que no hay margen de duda para afirmar que fémina significa:
       “¡Fe mínima!”.      


domingo, 13 de marzo de 2016

¿EL ESPÍRITU, O LA MATERIA?


     Vivimos en el centro de una revolución cultural sin precedentes, y una progresión geométrica de los medios tecnológicos que la hacen posible. La discusión, sin embargo, entre espiritualistas y materialistas filosóficos persiste, perdura la división antinómica. Y subsiste con independencia de que los unos y los otros en la práctica caigan tarde o temprano en el materialismo moral, o la avidez grosera de satisfacer ambiciones tan primarias que deberían bastar para decidir que el espíritu es dependiente, y la materia su verdadero origen.


      Y hablamos, por una parte, del materialismo corpóreo y el materialismo incorpóreo tal y como lo representa la electricidad, y por otra de la espiritualidad con independencia de la religiosidad, o no, es decir, también de una espiritualidad secularizada y no dominada por rituales institucionalizados o religiosos. Dicho en otras palabras, y tomando partido, hablamos de la espiritualidad o fenómeno mental inseparable de la sustancia cerebral de la que  sin duda procede. Tan inseparable, digo, es el espíritu de la materia como el olor de la flor de la flor misma, o el calor de la fuente que lo genera, o la luz de su foco.  Hace ya cuatro siglos y medio, Michel de Montaigne, un pensador francés que ha trascendido su época,  transmitía en primera persona  la importancia de la realidad material, y de las sensaciones o los sentidos que colman nuestros afanes, escribiendo:    

      “Sólo gozamos de lo que palpamos. Desde la lejana Roma veo crecer mis muros, mis árboles y mis rentas, y los veo disminuir a un palmo de mis ojos, como cuando estoy allí”.

            Mi abuelo, que era el sacristán de la iglesia los días festivos, taxidermista profesional los días laborables y músico de vocación por las noches, al que parecía interesar más su obra que su propia vida, replicaría la misma idea. Algunos años antes de fallecer, hacía sentir a la familia su preocupación obsesiva por el destino que esperaba a la media docena de animales disecados de su propiedad, pero también a sus libros y sus colecciones de conchas marinas, e instrumentos antiguos, de las que se sentía orgulloso. Pues bien, mi abuelo representaba al hombre normal de enorme sensibilidad y ambiciones racionales y sólidas, al hombre de moralidad a toda prueba. Para santos, legos, e indiferentes, la necesidad de apoyarse sobre bienes materiales resulta imprescindible; siempre hay objetos de estimas especiales e insustituibles que nos llevaríamos a una isla desierta, y que ejercen sobre nosotros una atracción visceral.
      Las necesidades materiales, tenaces de suyo, despiertan a la realidad al más dormido idealista. Sufrir un contratiempo que amenace nuestra salud, o nuestra economía, es sufrir una catarsis que amilana al espíritu arruinándolo por completo. Y no he visto nunca en mi entorno persona alguna, sana, desprovista de instintos posesivos a costa de su entrega espiritual. Espiritualismo o materialismo, en sus más bajos tonos, se llevan bien con la apropiación voraz, la santa humildad se viste de carísimos oropeles… y es más ávida que humilde.

     Tampoco ha visto nadie por la calle al espíritu de la Ilustración, o de la Revolución Francesa.  Ni al espíritu de la constitución americana, española o china. Ni al espíritu orgulloso y vertical de la patria. Ni al espíritu de ninguna virtud. Ni al espíritu de la camiseta del club deportivo en que militamos,  cantando su himno. Ese espíritu no es un ente autónomo o con vida propia que anda de un lado a otro como vaca sin cencerro, es un sentimiento, un deseo, una energía engendrada voluptuosamente en el universo cerebral o fundamento material imprescindible. Ese espíritu está determinado por la historia, es el hijo de la emotividad humana, y en efecto no existe por si mismo sino a partir de la existencia física de los ilustrados, o revolucionarios, la voluntad sentimental de los patriotas… o las personas  asociadas al club y el cántico coral de su himno, tan intranscendente como el canto de un coro de pingüinos.   
  De tal manera es así que, la espiritualidad se acomoda a la realidad y las condiciones ambientales, los procesos históricos y  la evolución científica o el nivel de conocimiento humano, como el río se acomoda a la curva. Sagrado o profano, todo aquello con vocación de eterno cede a lo temporal, los dogmas y credos se adaptan a los tiempos, y no al contrario. La religión altera el contenido y mensaje de oraciones que envejecen, decreta la clausura del Purgatorio y devalúa los horrores del  Infierno hasta reducirlo a un lugar simplemente aburrido. Las condenas sin paliativos de antaño a las desviaciones morales, son hoy interpretadas simbólicamente y neutralizadas, los sacerdotes demandan el matrimonio, los feligreses se confiesan a si mismos y… naturalmente se absuelven de toda culpa. Se relativizan las exigencias. Los pecados de ayer son ahora escrúpulos de gentes tímidas e inadaptadas, y se  exhibe la codicia tenida por virtud de triunfadores envidiados por los más plebeyos.

“Los hombres solo obedecen a Dios mientras se mantienen en la pobreza”.


 Así se lamentaba Calvino constatando el relativismo de hecho, representando al espiritualismo. Y Carl Yung, en defensa de la parte contraria,  médico psiquiatra, sabio indiscutible de la contemporánea modernidad, al que preocupaba el arte, la sociología, la religión, la literatura o la alquimia, y desde la ciencia o herramienta mejor afinada por la inteligencia humana, decía que:

      “Hoy no creemos que sea la fuerza del alma la que edifica un cuerpo, sino que al contrario, es la fuerza de la materia la que por su quimísmo genera un alma… pensar así es popular y por tanto decente, razonable, científico y normal”.

domingo, 14 de febrero de 2016

LOS VALORES A TRAVÉS DEL TIEMPO

       La amistad, el amor y la prudencia son valores altamente estimados en nuestro entorno, raramente discutidos, pero hay otros que vistos desde perspectivas distintas no concitarían la misma simpatía. Valores son, con independencia de la sensibilidad individual, el ascetismo, la religiosidad, la tolerancia y la justicia, la humildad y la pobreza, la paz, los derechos humanos, la creencia en los dioses paganos o únicos, los escrúpulos morales, o el culto a la virginidad desde antes de conocerse la leyenda de Rea Silvia, virgen fecundada por el dios Marte y madre de Rómulo y Remo. Todos explican quienes somos, qué intereses y encantos nos sugestionan, y algunos de ellos revelan de  qué ancestral y bárbaro primitivismo procede el animal humano. 

        Los valores cambian con los tiempos, van, vienen, se atropellan superponiéndose y, preguntarme a mi mismo por la época de la historia que hubiera elegido para vivir, me lleva a esquematizar los valores que creemos reconocer en cada una de ellas.
        Grecia, por ejemplo, nos transmitió el amor a las artes. Tal vez nada como la belleza ha llegado hasta nuestros días, legado de los mil años de historia antigua que no parece pasar nunca y convertida en patrón donde aún se mira la cultura occidental. Y con la búsqueda de la expresión estética en todas sus manifestaciones artísticas y culturales, o el culto a lo bello de los griegos, nos llegó también el afán a la investigación de la verdad, el conocimiento del medio que habitamos y la sabiduría.
         La Roma imperialista, culturalmente helenizada, llevó a la práctica las ideas de los griegos y adoptó el servicio de  las armas para la conquista de otros territorios, las leyes, la ingeniería, y un marco que prometía a los individuos el premio de la Ciudadanía Romana como valor supremo de la civilización. Incluso podría atribuirse a Roma el valor de la Paz, de no ser  irrebatible el hecho de su conveniencia para evitar la asfixia económica de la metrópoli, producida por los desproporcionados recursos invertidos en sostener legiones y legionarios.
        En el ámbito de la devoción, Roma acabó adoptando el esquema que consagra al Dios Único y Único Emperador,  contrariando las inteligentes creencias politeístas conscientes de la necesaria colaboración de distintos dioses para llevar a cabo, a la manera humana, obras de extraordinaria complejidad.
         La Edad Media, ese largo y prodigioso milenio, compuso loas encomiables de inigualable belleza o exquisita y piadosa sensibilidad al poder infinito de Dios, y construyó las más ambiciosas obras arquitectónicas a su gloria. Instauró nada menos que el derecho divino de los reyes, y dividió a la sociedad entre nobles, campesinos y clérigos, o cortesanos y vasallos.
         En una renuncia sin precedentes a la autoestima la Edad Media encajó con agrado el sufrimiento, el sacrificio voluntario o la autoflagelación, la obediencia hasta aceptar como natural el abuso de autoridad, y el derecho de pernada: nostalgia del origen del que procedemos, y que revela los hábitos machistas del chimpancé copulando con todas las hembras de la manada rendida a su autoridad.
        Así mismo la Edad Media predicó la Guerra Santa, la satanización de la apostasía o el sacrilegio como causa de todos los males, y promulgó leyes contra los herejes, por el delito de pensar por si mismos, castigados con la pena de muerte o condena a galeras.
        También la Edad Media inventó el tenedor, el reloj y la hora, extendió el desprecio al sexo y a la higiene corporal, acogió con entusiasmo el cilicio y la autorepresión, el celibato, la obediencia, la resignación, o la maldición del placer. Además promovió el éxtasis contemplativo, el misticismo hasta la enajenación, la limosna, o la confesión ante el cura. Y por último  la Edad Media, cuyas reminiscencias conocimos hasta en las puertas del siglo XXI, se ocupó en extender el valor más encomiable: la Santidad como norte de la existencia humana tan apasionadamente que, llegaron a venderse como reliquias, huesos de cerdo por huesos de santo.
         Por último nos detenemos en nuestro tiempo, obviando el Renacimiento, a caballo de la Modernidad y la Posmodernidad, períodos que han impuesto o persiguen imponer otros valores entre los que queremos destacar:
       El laicismo, la secularización y el libre pensamiento.
       La tolerancia mutua, la libertad de conciencia y de expresión.
       La moral basada en el Sentido del Deber que no teme castigos, ni espera premios.
       El retorno de Eros.
       La abolición de la pena de muerte y de la tortura.
       La democratización de las sociedades.
       El pacifismo.
       La explosión artística de cromatismo y diversidad, imaginativa e inacabable.
       Y la sanidad, la escolarización gratuita y obligatoria, la igualdad de sexos, el anuncio del fin de los prejuicios contra las minorías, los derechos humanos, la socialización de los recursos, el trabajo como bien común, la lucha por la emancipación de las clases sociales más desfavorecidas, o el consumo indiscriminado de bienes y un sanísimo grado de epicureismo y placer.
         Aplaudimos la contemporaneidad que preferimos, pero todo no son luces y parabienes... ¡la Arcadia Perfecta forma parte de la mitología! Las contradicciones dialécticas están presentes en toda civilización, y “a la mejor puta se le escapa un pedo”. La evolución de los últimos tiempos ha facilitado la manifestación del hombre y la mujer en su estado más puro, sin disfraces, pero ha terminado por tolerar, cuando no fomentar, todo tipo de ultrajes al sentido común, y:
         El derecho de las jóvenes tribus a orinarse en la puerta de tu casa.
         La promoción del mal gusto, o repugnantes y mugrientos modelos estéticos.
         El éxito de macarras y horteras, hipócritas y vividores, con o sin corbata.
         La implantación exitosa de ritmos insufribles, e idiotas, que sustituyen el canto por el rebuzno y la música por el ruido.
          La  persistencia de las supersticiones, la magia y otras miserias contraculturales.
          La proliferación del macho ibérico que jode con la  mirada, piensa con los cojones, y lleva el serrín en la cabeza en vez de llevarlo en las manos. O la donjuanización de los más idiotas.
          El cultivo de ladrones, corruptos, gorrones, parásitos y charlatanes, miopes e ineptos en todos los estamentos estatales o esferas privadas, religiosas o laicas, y en cualquier ente autonómico, provincia, pueblo, o rincón  civilizado donde haya un euro que malversar, saquear, exprimir, sustraer o cambiar de sitio.
          O la consagración de seudociencias como la economía, que eleva a la categoría de capitán general de la disciplina a pedantes y fantasmas de cuello duro, cuyas predicciones económicas valen tan poco como las visionarias profecías del fin del mundo para el siglo XX.
          Y por último nuestra civilización, hija natural de la antigua cultura greco-romana y judeo-cristiana, ha producido nuevas relaciones entre clases antagónicas y parece haber acabado con la amenaza de las indeseables revoluciones sociales. ¡Ya no hay lucha de clases! Al olor del plato de lentejas, los nuevos pobres corrompidos reverencian y babean genuflexos y sumisos ante los ricos, o los toman por modelos a imitar, sustituyendo así el temor y la humillación del vasallo ante el noble, por la bufonada.
        Está en manos del lector decidir sus preferencias. El autor de estas líneas no se siente autorizado para decidir que las suyas merezcan recibir especial atención, aunque  crea que hemos conseguido culminar soñadas metas: Hemos alcanzado la prometida, intimidatoria y nietzscheana inversión de todos los valores tradicionales, que convive con su contrario… ¡nunca como ahora ha estado la sociedad saturada de cretinos célebres!