domingo, 13 de marzo de 2016

¿EL ESPÍRITU, O LA MATERIA?


     Vivimos en el centro de una revolución cultural sin precedentes, y una progresión geométrica de los medios tecnológicos que la hacen posible. La discusión, sin embargo, entre espiritualistas y materialistas filosóficos persiste, perdura la división antinómica. Y subsiste con independencia de que los unos y los otros en la práctica caigan tarde o temprano en el materialismo moral, o la avidez grosera de satisfacer ambiciones tan primarias que deberían bastar para decidir que el espíritu es dependiente, y la materia su verdadero origen.


      Y hablamos, por una parte, del materialismo corpóreo y el materialismo incorpóreo tal y como lo representa la electricidad, y por otra de la espiritualidad con independencia de la religiosidad, o no, es decir, también de una espiritualidad secularizada y no dominada por rituales institucionalizados o religiosos. Dicho en otras palabras, y tomando partido, hablamos de la espiritualidad o fenómeno mental inseparable de la sustancia cerebral de la que  sin duda procede. Tan inseparable, digo, es el espíritu de la materia como el olor de la flor de la flor misma, o el calor de la fuente que lo genera, o la luz de su foco.  Hace ya cuatro siglos y medio, Michel de Montaigne, un pensador francés que ha trascendido su época,  transmitía en primera persona  la importancia de la realidad material, y de las sensaciones o los sentidos que colman nuestros afanes, escribiendo:    

      “Sólo gozamos de lo que palpamos. Desde la lejana Roma veo crecer mis muros, mis árboles y mis rentas, y los veo disminuir a un palmo de mis ojos, como cuando estoy allí”.

            Mi abuelo, que era el sacristán de la iglesia los días festivos, taxidermista profesional los días laborables y músico de vocación por las noches, al que parecía interesar más su obra que su propia vida, replicaría la misma idea. Algunos años antes de fallecer, hacía sentir a la familia su preocupación obsesiva por el destino que esperaba a la media docena de animales disecados de su propiedad, pero también a sus libros y sus colecciones de conchas marinas, e instrumentos antiguos, de las que se sentía orgulloso. Pues bien, mi abuelo representaba al hombre normal de enorme sensibilidad y ambiciones racionales y sólidas, al hombre de moralidad a toda prueba. Para santos, legos, e indiferentes, la necesidad de apoyarse sobre bienes materiales resulta imprescindible; siempre hay objetos de estimas especiales e insustituibles que nos llevaríamos a una isla desierta, y que ejercen sobre nosotros una atracción visceral.
      Las necesidades materiales, tenaces de suyo, despiertan a la realidad al más dormido idealista. Sufrir un contratiempo que amenace nuestra salud, o nuestra economía, es sufrir una catarsis que amilana al espíritu arruinándolo por completo. Y no he visto nunca en mi entorno persona alguna, sana, desprovista de instintos posesivos a costa de su entrega espiritual. Espiritualismo o materialismo, en sus más bajos tonos, se llevan bien con la apropiación voraz, la santa humildad se viste de carísimos oropeles… y es más ávida que humilde.

     Tampoco ha visto nadie por la calle al espíritu de la Ilustración, o de la Revolución Francesa.  Ni al espíritu de la constitución americana, española o china. Ni al espíritu orgulloso y vertical de la patria. Ni al espíritu de ninguna virtud. Ni al espíritu de la camiseta del club deportivo en que militamos,  cantando su himno. Ese espíritu no es un ente autónomo o con vida propia que anda de un lado a otro como vaca sin cencerro, es un sentimiento, un deseo, una energía engendrada voluptuosamente en el universo cerebral o fundamento material imprescindible. Ese espíritu está determinado por la historia, es el hijo de la emotividad humana, y en efecto no existe por si mismo sino a partir de la existencia física de los ilustrados, o revolucionarios, la voluntad sentimental de los patriotas… o las personas  asociadas al club y el cántico coral de su himno, tan intranscendente como el canto de un coro de pingüinos.   
  De tal manera es así que, la espiritualidad se acomoda a la realidad y las condiciones ambientales, los procesos históricos y  la evolución científica o el nivel de conocimiento humano, como el río se acomoda a la curva. Sagrado o profano, todo aquello con vocación de eterno cede a lo temporal, los dogmas y credos se adaptan a los tiempos, y no al contrario. La religión altera el contenido y mensaje de oraciones que envejecen, decreta la clausura del Purgatorio y devalúa los horrores del  Infierno hasta reducirlo a un lugar simplemente aburrido. Las condenas sin paliativos de antaño a las desviaciones morales, son hoy interpretadas simbólicamente y neutralizadas, los sacerdotes demandan el matrimonio, los feligreses se confiesan a si mismos y… naturalmente se absuelven de toda culpa. Se relativizan las exigencias. Los pecados de ayer son ahora escrúpulos de gentes tímidas e inadaptadas, y se  exhibe la codicia tenida por virtud de triunfadores envidiados por los más plebeyos.

“Los hombres solo obedecen a Dios mientras se mantienen en la pobreza”.


 Así se lamentaba Calvino constatando el relativismo de hecho, representando al espiritualismo. Y Carl Yung, en defensa de la parte contraria,  médico psiquiatra, sabio indiscutible de la contemporánea modernidad, al que preocupaba el arte, la sociología, la religión, la literatura o la alquimia, y desde la ciencia o herramienta mejor afinada por la inteligencia humana, decía que:

      “Hoy no creemos que sea la fuerza del alma la que edifica un cuerpo, sino que al contrario, es la fuerza de la materia la que por su quimísmo genera un alma… pensar así es popular y por tanto decente, razonable, científico y normal”.

domingo, 14 de febrero de 2016

LOS VALORES A TRAVÉS DEL TIEMPO

       La amistad, el amor y la prudencia son valores altamente estimados en nuestro entorno, raramente discutidos, pero hay otros que vistos desde perspectivas distintas no concitarían la misma simpatía. Valores son, con independencia de la sensibilidad individual, el ascetismo, la religiosidad, la tolerancia y la justicia, la humildad y la pobreza, la paz, los derechos humanos, la creencia en los dioses paganos o únicos, los escrúpulos morales, o el culto a la virginidad desde antes de conocerse la leyenda de Rea Silvia, virgen fecundada por el dios Marte y madre de Rómulo y Remo. Todos explican quienes somos, qué intereses y encantos nos sugestionan, y algunos de ellos revelan de  qué ancestral y bárbaro primitivismo procede el animal humano. 

        Los valores cambian con los tiempos, van, vienen, se atropellan superponiéndose y, preguntarme a mi mismo por la época de la historia que hubiera elegido para vivir, me lleva a esquematizar los valores que creemos reconocer en cada una de ellas.
        Grecia, por ejemplo, nos transmitió el amor a las artes. Tal vez nada como la belleza ha llegado hasta nuestros días, legado de los mil años de historia antigua que no parece pasar nunca y convertida en patrón donde aún se mira la cultura occidental. Y con la búsqueda de la expresión estética en todas sus manifestaciones artísticas y culturales, o el culto a lo bello de los griegos, nos llegó también el afán a la investigación de la verdad, el conocimiento del medio que habitamos y la sabiduría.
         La Roma imperialista, culturalmente helenizada, llevó a la práctica las ideas de los griegos y adoptó el servicio de  las armas para la conquista de otros territorios, las leyes, la ingeniería, y un marco que prometía a los individuos el premio de la Ciudadanía Romana como valor supremo de la civilización. Incluso podría atribuirse a Roma el valor de la Paz, de no ser  irrebatible el hecho de su conveniencia para evitar la asfixia económica de la metrópoli, producida por los desproporcionados recursos invertidos en sostener legiones y legionarios.
        En el ámbito de la devoción, Roma acabó adoptando el esquema que consagra al Dios Único y Único Emperador,  contrariando las inteligentes creencias politeístas conscientes de la necesaria colaboración de distintos dioses para llevar a cabo, a la manera humana, obras de extraordinaria complejidad.
         La Edad Media, ese largo y prodigioso milenio, compuso loas encomiables de inigualable belleza o exquisita y piadosa sensibilidad al poder infinito de Dios, y construyó las más ambiciosas obras arquitectónicas a su gloria. Instauró nada menos que el derecho divino de los reyes, y dividió a la sociedad entre nobles, campesinos y clérigos, o cortesanos y vasallos.
         En una renuncia sin precedentes a la autoestima la Edad Media encajó con agrado el sufrimiento, el sacrificio voluntario o la autoflagelación, la obediencia hasta aceptar como natural el abuso de autoridad, y el derecho de pernada: nostalgia del origen del que procedemos, y que revela los hábitos machistas del chimpancé copulando con todas las hembras de la manada rendida a su autoridad.
        Así mismo la Edad Media predicó la Guerra Santa, la satanización de la apostasía o el sacrilegio como causa de todos los males, y promulgó leyes contra los herejes, por el delito de pensar por si mismos, castigados con la pena de muerte o condena a galeras.
        También la Edad Media inventó el tenedor, el reloj y la hora, extendió el desprecio al sexo y a la higiene corporal, acogió con entusiasmo el cilicio y la autorepresión, el celibato, la obediencia, la resignación, o la maldición del placer. Además promovió el éxtasis contemplativo, el misticismo hasta la enajenación, la limosna, o la confesión ante el cura. Y por último  la Edad Media, cuyas reminiscencias conocimos hasta en las puertas del siglo XXI, se ocupó en extender el valor más encomiable: la Santidad como norte de la existencia humana tan apasionadamente que, llegaron a venderse como reliquias, huesos de cerdo por huesos de santo.
         Por último nos detenemos en nuestro tiempo, obviando el Renacimiento, a caballo de la Modernidad y la Posmodernidad, períodos que han impuesto o persiguen imponer otros valores entre los que queremos destacar:
       El laicismo, la secularización y el libre pensamiento.
       La tolerancia mutua, la libertad de conciencia y de expresión.
       La moral basada en el Sentido del Deber que no teme castigos, ni espera premios.
       El retorno de Eros.
       La abolición de la pena de muerte y de la tortura.
       La democratización de las sociedades.
       El pacifismo.
       La explosión artística de cromatismo y diversidad, imaginativa e inacabable.
       Y la sanidad, la escolarización gratuita y obligatoria, la igualdad de sexos, el anuncio del fin de los prejuicios contra las minorías, los derechos humanos, la socialización de los recursos, el trabajo como bien común, la lucha por la emancipación de las clases sociales más desfavorecidas, o el consumo indiscriminado de bienes y un sanísimo grado de epicureismo y placer.
         Aplaudimos la contemporaneidad que preferimos, pero todo no son luces y parabienes... ¡la Arcadia Perfecta forma parte de la mitología! Las contradicciones dialécticas están presentes en toda civilización, y “a la mejor puta se le escapa un pedo”. La evolución de los últimos tiempos ha facilitado la manifestación del hombre y la mujer en su estado más puro, sin disfraces, pero ha terminado por tolerar, cuando no fomentar, todo tipo de ultrajes al sentido común, y:
         El derecho de las jóvenes tribus a orinarse en la puerta de tu casa.
         La promoción del mal gusto, o repugnantes y mugrientos modelos estéticos.
         El éxito de macarras y horteras, hipócritas y vividores, con o sin corbata.
         La implantación exitosa de ritmos insufribles, e idiotas, que sustituyen el canto por el rebuzno y la música por el ruido.
          La  persistencia de las supersticiones, la magia y otras miserias contraculturales.
          La proliferación del macho ibérico que jode con la  mirada, piensa con los cojones, y lleva el serrín en la cabeza en vez de llevarlo en las manos. O la donjuanización de los más idiotas.
          El cultivo de ladrones, corruptos, gorrones, parásitos y charlatanes, miopes e ineptos en todos los estamentos estatales o esferas privadas, religiosas o laicas, y en cualquier ente autonómico, provincia, pueblo, o rincón  civilizado donde haya un euro que malversar, saquear, exprimir, sustraer o cambiar de sitio.
          O la consagración de seudociencias como la economía, que eleva a la categoría de capitán general de la disciplina a pedantes y fantasmas de cuello duro, cuyas predicciones económicas valen tan poco como las visionarias profecías del fin del mundo para el siglo XX.
          Y por último nuestra civilización, hija natural de la antigua cultura greco-romana y judeo-cristiana, ha producido nuevas relaciones entre clases antagónicas y parece haber acabado con la amenaza de las indeseables revoluciones sociales. ¡Ya no hay lucha de clases! Al olor del plato de lentejas, los nuevos pobres corrompidos reverencian y babean genuflexos y sumisos ante los ricos, o los toman por modelos a imitar, sustituyendo así el temor y la humillación del vasallo ante el noble, por la bufonada.
        Está en manos del lector decidir sus preferencias. El autor de estas líneas no se siente autorizado para decidir que las suyas merezcan recibir especial atención, aunque  crea que hemos conseguido culminar soñadas metas: Hemos alcanzado la prometida, intimidatoria y nietzscheana inversión de todos los valores tradicionales, que convive con su contrario… ¡nunca como ahora ha estado la sociedad saturada de cretinos célebres!



domingo, 17 de enero de 2016

TRADICIÓN, COSTUMBRES, HÁBITOS Y RUTINAS

         Existe una vieja y terca corriente sociocultural, que incita a la aceptación generalizada de tradiciones, aconsejando eludir la labor de improvisar el presente, o decidir el destino y asumir el riesgo de desarrollar la autonomía  personal.

       Se nos educa en la rutina que alimenta prejuicios trasnochados, tomando por canónicos los legados antiguos, dictados por la humildad de quienes sin medios y sin ciencia hicieron pasar ocurrencias ingeniosas por verdades absolutas. Propósitos de esa enjundia elogian la inspiración conservadora y regresiva, que perpetúa concepciones anacrónicas en materia cultural,  religiosa, sexual,  política o social. Y creer que tal herencia folklórica preñada de leyendas y supersticiones, ha de ser abrazada como guía, no es más que  un indicio de  la anemia intelectual u ociosidad servil, que hace concesiones al mundo antiguo en un brindis a la inopia.

        La tradición estimula la creencia en los cuentos y no en lo que vemos, y:       

        Nos impide decidir el futuro.
        Llena las cabezas, vacías de vida interior, cercenando su independencia.
        Prioriza intereses y valores altisonantes pero hueros.
        Despliega un intenso fervor a la vetusta cosmovisión religiosa.
        Determina privilegios de cuna, y canonjías.
        Otorga un valor primordial a las consignas repetidas con obstinación.
        Se afirma en que nos ha dado a conocer la verdad absoluta. 
        Cuenta a las gentes una historia inventada.
        Califica de derecho divino el sostén de instituciones moribundas.       
        Otorga a los individuos la imputación gratuita de los éxitos de la Patria, jamás conquistados por uno mismo, que sustituyen frustraciones por satisfacciones ilusas.         
        Y concede al pueblo determinadas prebendas, o celebraciones festivas y sádicas, que afloran los peores instintos frente a animales a los que se tortura sin misericordia; destrezas populares despreciables que adquieren categoría de ritos, a la manera del tristemente famoso Toro de la Vega o de otros arrabales infectos, alentadores de las inclinaciones bárbaras de los domésticos más torpes, arracimados en plebes.

         El pasado, en suma,  presuntamente noble, y al que se nos pide respetar no por bueno sino por viejo, no siempre es un ejemplo a seguir, y en consecuencia hay que rendirle homenaje… si lo merece. Pero nada debemos a nadie, no hemos de pagar peajes por caminos impracticables, y cuando un edificio no nos gusta se demuele; escribía  Karl Popper sin rodeos que, hay que estar contra lo ya pensado, contra la tradición, de la que no se puede prescindir, pero en la que no se puede confiar”.

Karl Popper
        Ese tiempo rutinario e impertinente, cañón artillero de costumbres trasnochadas que se fue para no volver, detesta la originalidad, corrompe el aire de provincianismo y ha servido  no pocas veces de:
       Cepo que agarrota el progreso y las iniciativas de los individuos y los pueblos.
       Muralla levantada por los mediocres contra la creatividad y la libertad.
       Rémora capital que rehuye la responsabilidad de asumir la realidad.
       Y freno del pensamiento reflexivo.

       De ahí nuestra resistencia a pasar bajo las horcas claudinas de un pasado  autócrata y absorbente que quiere ser presente, e impone sus prejuicios a las voluntades creativas extendiendo, por los cuatro puntos cardinales, la obediencia y la ignorancia. De tal manera que quienes siguen la costumbre, como el tonto la linde, no pasan a la historia por genios innovadores sino por costumbristas genuflexos y repetidores de consignas insípidas, faltos de originalidad y resistentes a todo avance o evolución.

       ¿Para cuándo entonces el triunfo de la civilización sobre la rutina y el hábito? 


Noam Chomsky
       No reivindican imposibles quienes no aceptan el cambio de la realidad por su caricatura, los ideales por convencionalismos vulgares, o la rebeldía por la mansedumbre.  No es razonable vivir de los alimentos masticados por otros, ni admitir los escrúpulos de quienes hacen equivaler el desapego a la tradición con el parricidio, y es cuanto menos juicioso hacer propios los reparos de Noam Chomsky, o su temor a las consecuencias de aceptar la vieja usanza: “La tradición intelectual es de servilismo hacia el poder, y si yo no la traicionara me avergonzaría de mi mismo”.

     Mirar obstinadamente hacía atrás, con el peligro de auto producirnos una espantosa tortícolis, sugiere acabar recreando una situación regresiva inevitable, o un viaje en el tiempo. Si lo deseable, natural e inteligente, radica en bendecir, mantener y practicar obedientemente valores arcaicos, sometámonos a un proceso que nos devuelva primero a la esclavitud y después a las cavernas. Para entonces, perdidos utensilios, ciudades y civilización, sanidad, higiene, escritura y conocimientos,  gozaremos de la naturaleza en su plenitud, desnudos, con largas barbas  y perfilando hachas de sílex. Hay sin embargo tradiciones más añejas, más robustas y verdaderas que estamos obligados a reconquistar… ¡las auténticas! Por consiguiente deberemos retornar a las formas simiescas y primitivas de nuestra arquitectura corporal, renunciar al fuego y cambiar:

      La desnudez por una densa y peluda apariencia.
      El lenguaje por gruñidos.
      El desplazamiento bípedo por el cuadrúpedo.
      Y por fin primates, volvamos a trepar a los árboles donde encontraremos la verdadera sabiduría, la única, el genuino y legítimo origen de los hábitos, costumbres y valores tradicionales...  Adán y Eva, la  serpiente, Caín y la quijada de burro...

      ¡Qué queréis que os diga… prefiero asumir los valores de la posmodernidad!

domingo, 3 de enero de 2016

UNA CENA NAVIDEÑA

      Era martes 22 del frío mes de diciembre del año 1981, y los adornos luminosos, abetos y guirnaldas coloristas que transmiten el espíritu navideño desde los escaparates, inundaban el centro todavía transitado de la ciudad de Barcelona. Próximo a las 2 de la madrugada, y ensimismado, llegaba con los zapatos y bajos de los pantalones llenos de barro, a un restaurante cercano a la Rambla de Canaletas. Concluido el trabajo en la cripta del Banco Central situado en la plaza de Cataluña, me disponía a celebrar un triunfo profesional, uno más como técnico en cámaras acorazadas de seguridad dotadas de métodos mixtos alfanuméricos y biométricos, capaces de  detectar el ritmo cardiaco, el aliento, el aura, o hasta el ADN del aperturista.

     Olvidado de mí mismo, desaliñado,  no podía disimular un cansancio tremendo, y las ojeras me  llegaban hasta las comisuras de la boca, resultado de una maratoniana jornada de trabajo, que culminaba semanas batallando frente a la tecnología.  Contrapesada la derrota física con el éxito, vencidas enormes complicaciones en la reforma de los mecanismos electrónicos de bloqueo, me inundaba una íntima e irreprimible satisfacción: la sensación impagable de que era libre, porque la vida gratifica a cada uno por sus méritos, despreciando el destino o disculpa pretextada por el perdedor para hacerse pasar por víctima.
      –¿Qué va a comer el señor? –me preguntó el camarero.
      –De primero me va a poner una vichyssoise –respondí. 
      –¿De segundo?
      –Ossobuco, acompañado de risotto y la ensalada del chef… del postre ya hablaremos más tarde.
     –¿Para beber?
     –Cualquier tinto con denominación de origen… lo dejo a su buen criterio
     –Gracias, ha hecho una sabia elección, señor –concluyó, ceremoniosamente, el camarero después de recoger la carta procediendo a marcharse.

      Estimulado por la conciencia de ganador, y aún con los minutos contados, paladeé con fruición la abundante ingesta alimenticia de los sabrosos platos, evitando pensar demasiado en lo avanzado de la noche. Seis horas después me esperaba un desplazamiento a Lyon, sede de la central  administrativa de la empresa en Europa, y lugar de mi residencia habitual donde pasaría en familia las fiestas de fin de año. Posteriormente, en secuencias de siete a veintiocho días, mi calendario de trabajo incluía Berlín, Dresde, Dublín, México DF, Cartagena de Indias, Estambul… y para mi satisfacción, la vuelta a verificar la inviolabilidad de las cajas fuertes del Banco Central en Barcelona. 

      Ingerí el primero y segundo plato, sin descartar valerme de los dedos, y  de postre una exquisita y artística elaboración importada aquella misma mañana desde Viena: frutas bañadas en dulce de leche y chocolate, con una porción de selva negra.  Me gustó tanto que repetí dos veces ante la  mirada atónita del camarero, que inquirió resuelto: 
      –Tiene usted un apetito insaciable, no come… ¡devora!
      –¡Óigame, le juro que no es gula!... Es que llevo más de veinticuatro horas sin probar bocado –me justifiqué. 
      Le siguió un café solo, bien cargado y sin azúcar. Una copa doble de Napoleón, y un Cohiba aromático, reservado en exclusiva para los cuerpos diplomáticos, agenciado de contrabando por el restaurante. Pedí otro habano, y al modo  que se ocultan tesoros, lo guardé en un bolsillo superior de la chaqueta, tras de mirarlo reprimiendo exteriorizar un pensamiento presuntuoso: “¡Cómo vivimos los ricos!”. Después, se me escapó una indiscreta e inoportuna ventosidad sonora, que traté de disimular, inútilmente, tosiendo. 

      Miré el reloj de pared del restaurante, señalaba las cuatro de la madrugada, y decidí acelerar porque apenas me quedaba tiempo para llegar al hotel, atender mi aseo personal después de cuatro días sin mirarme al espejo ni afeitarme, echar una cabezadita, desayunar frugalmente y tomar el camino del aeropuerto. Entonces me palpé los bolsillos porque vi acercarse al camarero al que había pedido la cuenta. En la primera inspección rutinaria no detecté billetera ni billetes en ninguno de ellos, y en tanto el servidor se aproximaba, visiblemente nervioso fui comprobando la ausencia de la cartera en cualquiera de los rincones de mi atuendo. Sin duda  la había dejado olvidada en el interior del banco, y para hacer frente al pago apenas encontré en el bolsillo izquierdo del pantalón, la miseria de 35 pesetas de la época, en monedas de cinco, que sobre los dedos de la mano derecha miré absorto y boquiabierto. 

      El mesero, viéndome en pie y creyendo que trataba de abreviar, me extendió la bandeja con la comanda y detalló: 
      –Son 9.980 pesetas con 50 céntimos, señor… la segunda botella de vino no la cobramos, es gentileza de la casa.
      –Gracias amigo por la consideración. Y a esa generosidad probada me debo confiar… ¡qué cabeza la mía, no se lo va a creer! Olvidé el dinero en el banco…  pero no se preocupe, le aseguro que mañana podré pagarle incluso una buena propina –acerté a razonar tartamudeando y alargando la mano con las 35 pesetas.
      –¡Valiente zángano… lo sospeché desde que entraste por la puerta! –replicó el empleado removiendo la cabeza, y atrapando los siete duros antes de continuar–: Al menos eres sincero y reconoces que habitas en el banco de los mendigos… 
      –¿Mendigo yo?... ¡Usted no sabe con quién está hablando!... 
      –¡Señor Barberá… Arnau… Martínez… salgan, tenemos un vagabundo que ha comido como un cerdo y se resiste a pagar! –vociferó el camarero sin escucharme.
      Junto al señor Barberá, Martínez y Arnau, cuatro o cinco empleados del restaurante salieron al reclamo, dando un espectáculo de sainete a los numerosos comensales que aún ocupaban a esas horas las mesas, y que acabaron sumándose a los insultos e injurias  humillantes que me escarnecieron con lindezas como:
      –¡Tripero inmundo, debería darte vergüenza mezclarte entre la gente decente! 
      Zarandeado primero, no me faltó por recibir ni una patada en el culo, ni un par de sartenazos en la cabeza, hasta salir por la puerta arrastrando la dignidad maltrecha,  y sin que se escuchara mi voz por encima de la algarabía ensordecedora de ultrajes en castellano y catalán. Algunos clientes me tiraron trozos de pan, otros me arrojaron céntimos de peseta o cucharas, una señora me lanzó un zapato a la cabeza, y la mayoría invocó desde todos los rincones los apelativos más insultantes: 
       –¡Desgraciat! ¡malparit! ¡almoiner de merda!  ¡fill de mala mare! ¡vagabund! 
      –¡Volveré, pagaré y les daré una lección a todos! –protesté en medio de un sonoro y espantoso guirigay.
      –¡Miserable parásito, vuelve con el dinero y cuanto antes, o haremos de ti carne picada para albóndigas! –aulló el que respondió al nombre de Martínez, mientras el que lo hacía al de Arnau me expropiaba el habano, de un manotazo, sacándolo del bolsillo.
      Para entonces, empujado por unos u otros, yo estaba ya en la calle, y jugaba involuntariamente el papel de indeseable protagonista,  ante la socarrona mirada de los pocos transeúntes trasnochadores, o de los vecinos que despiertos por el escándalo comenzaban a asomarse por las ventanas. Como excepción descubrí a un borracho mirándome con simpatía, que entre trompicón y trompicón cantaba un villancico, repitiendo incansablemente: “Hoy comamos, bebamos, cantemos, bailemos y holguemos, que mañana ayunaremos”. Le hubiera prestado la atención debida, aceptando la botella que me ofrecía para echar un trago, de no haberlo impedido el ultimátum proferido esta vez en catalán: 
      –¡Si no véns en tres dies et buscarem fins a l´infern! 
      La amenaza de buscarme hasta en el infierno, procedía de quien parecía ser el propietario del negocio, el señor Barberá, en tanto trataba de arrancar un trozo de baldosa de la mal pavimentada acera, para arrojármela, antes de que yo aligerando el paso doblara la esquina huyendo penosamente del lugar como del mismísimo Satanás. 
      Mi amor propio cayó hasta simas insondables, y al recordarlo aún hoy, se me hace un nudo en la garganta. Todo el esfuerzo  que el lector pueda realizar, por comprender mi estado de ánimo en una situación tan lamentable, será poco; moralmente aniquilado comenzaba a poner en duda mi condición de hombre libre, y tomé el camino del hotel al que en circunstancias diferentes hubiera llegado en taxi, andando cinco kilómetros a tal ritmo de marcha atlética que se me hicieron cortos. 
      Firmé la factura de alojamiento que habría de pagar mi empresa desde Lyón.
      Hice la voluminosa maleta de cincuenta kilos. 
      Me la cargué a la espalda, y después de andar cinco kilómetros más escuchando a las puertas de los comercios, a Los Niños de San Ildefonso, con la sempiterna e irritante cantinela de la lotería a que juegan los que gustan de apostar a lo más difícil, llegué exhausto y jadeante al Banco Central, a la hora en que pasaban los últimos empleados del turno de mañana. 
      Sin perder la compostura, ni un segundo de tiempo, me introduje en los amplios vestuarios y descolgué de la percha la bata blanca de trabajo, donde encontré afortunadamente mi cartera de bolsillo. Había  pasado un mal rato, y experimenté un natural y profundo alivio, una alegría indescriptible. Respiré satisfecho y comencé a chequear el contenido: allí estaba mi pasaporte, el carné de conducir, la Visa que desgraciadamente no estaba operativa, las fotografías de mi esposa e hijos, una servilleta de papel con el autógrafo estampado por Karajan y, la tarjeta de embarque del vuelo de Iberia con destino a Lyon, gestionada en la agencia de viajes, pero… ¡ni rastro  de las 40.000 pesetas en billetes de 5.000 que debía de contener!

      Defraudado con el hallazgo, recurrí de inmediato al jefe de seguridad del banco, quien poniéndose en situación razonó  ágilmente:
     –Mire usted, a esas horas de la noche pasa de todo, es probable que se llevara las 40.000 pesetas en el bolsillo y las perdiera por el camino. ¡Esas cosas suceden! 
     –¡Maldita sea! –respondí resignado dando por fracasada mi gestión. 
     –Pero no piense que alguien le ha podido quitar su dinero, eso es temerario, este banco paga, puntualmente, cada último día de mes sin que falte a nadie un solo céntimo. Créame, no tengo necesidad de contarle una cosa por otra…
     –No hombre… déjelo que le creo –le interrumpí.
     –De todas formas, –previno el jefe de seguridad dándome remotas y vagas esperanzas– esto no se va a quedar así, haremos un despliegue del asunto publicitándolo en el tablón de anuncios de todos los departamentos, por si alguien hubiera visto ese dinero. Nunca ha ocurrido, es muy raro que 40.000 pesetas en billetes desaparezcan sin causa conocida. Y en navidades, con la llegada de Dios al mundo, o el sentimiento fraternal y espiritual a flor de piel… ¡incomprensible por completo! 
      –¡Totalmente incomprensible! –coreé con la poca sorna que podía quedarme. 
      El tiempo se echó encima y hube de salir precipitadamente del banco con una honda insatisfacción: la de no poder presentarme en el restaurante, pagar religiosamente mi deuda, disculpar mi despiste, dejar una lección irrepetible de responsabilidad para los anales del establecimiento, y la espléndida propina al camarero con el que deseaba quedar como amigo. Pero no pudo ser, sin recursos y contra mis deseos, primaba la necesidad de hacer autostop con intención de llegar puntualmente al aeropuerto de El Prat. Y aunque arribé una hora tarde tras de recorrer la mitad de los trece kilómetros a pie, favorecido casualmente por el retraso notable de la salida del avión, sesenta minutos  después de despegar en Barcelona aterrizaba en Lyon.
                                        
      Hay contrariedades que dejan secuelas duraderas en el ánimo, y en mí pervivía fresca la originada en el restaurante de Barcelona, que alguna vez habría de curar llevando a cabo el proyecto pensado al huir de él, es decir: ¡pagando la deuda! De manera que mi propósito, entre la suficiencia y el sentido del deber, era saldarla costara lo que costase. En realidad mi orgullo exigía una venganza justa: hacer saber a empleados y propietario del restaurante que, aquella noche no había cenado en su establecimiento ningún vagabundo afincado en los bancos de madera de las ramblas, durmiendo bajo cartones, sino Máximo Maldía, un experto en cajas fuertes reputado internacionalmente en los mejores bancos comerciales del mundo, que tenía a gala no creer en la suerte y sí en los méritos y objetivos procurados por la tenacidad. Mi autoestima no descansaría en tanto un lamentable incidente, originado por el exceso de responsabilidad profesional, no fuera reparado, y contaba los días con desazón a la espera de la oportunidad de regresar a la capital catalana.

      Las circunstancias decidieron que el retorno a Barcelona, previsto para seis meses después, fuera postergándose contra mi voluntad, exactamente, hasta los dos años, cuando la programación del trabajo lo hizo posible. Ya en la ciudad y sobrexcitado por la emoción, mi cabeza corría más que mis piernas. Apenas dejado el equipaje en la habitación del hotel, imparable y frotándome las manos, dirigí los pasos hacia el restaurante cercano a la Rambla de Canaletas, y reconocí en seguida el edificio, pero me sorprendió encontrar en su lugar un salón de belleza para señoras. En aquel momento sentí la más profunda y dura frustración, y estuve a un paso de girar ciento ochenta grados  abandonando la empresa. Sin embargo, tan larga espera no debía contrariarla el encuentro con un establecimiento distinto, y vencí mi timidez preguntando a la estilista que me recibió en el interior, una mujer joven sofisticada y calculadamente extravagante.
      –Señorita, discúlpeme, no doy crédito a mis ojos, venía buscando el restaurante que hubo en este inmueble… vamos, juraría que era aquí… ¿O, estoy equivocado?
      –En efecto, hubo un restaurante, señor. Pero cerró, y usted no es el primero en sorprenderse. Mi hermana y yo compramos este local hace apenas un mes.
      –Supongo que por jubilación del titular o algo semejante.
      –No es por eso señor, al titular deben quedarle cuando menos, una docena de años para jubilarse. Todavía es  joven.
      –¿Debo pensar que fracasó ese negocio?
      –No lo entienda así. Si bien, todo es mejorable, contaba con un equipo ambicioso de profesionales. De ello estoy segura.

      –¿Conoce el nombre del que fue propietario?
      –Naturalmente... Barberá… Su nombre es Bernat Barberá.
      –Perdone que abuse de su amabilidad y su tiempo, no es mi intención molestar con demasiadas preguntas. Necesito resolver con ese hombre asuntos pendientes… devolverle un favor… ¿Sería tan amable de facilitarme su dirección… si la conoce?
      –Tome nota: Puede encontrarle en la Cárcel Modelo de Barcelona…
      –¡Se ha buscado un puesto de funcionario en la cárcel!... ¡Ahora lo entiendo!
      –Se equivoca, se ha buscado la ruina –rectificó la esteticienne. 
      –¿Entonces está en la cárcel porque cometió algún delito? –pregunté sobresaltado.
      –¿Usted no lee los periódicos? Hace apenas un mes que asesinó a un indigente limosnero que frecuentaba la Rambla de Canaletas, con la ayuda de dos empleados: un tal Martínez, y un tal Arnau… ¡Les esperan 30 años de condena por cabeza! Al parecer el vagabundo tenía una cuenta pendiente con el restaurante de 9.980 pesetas con 50 céntimos, de una opípara cena en las navidades del 81….

     Aquellas palabras me sumieron en la más terrible de las confusiones… ¡alguien había muerto por mí! Interrumpí a la mujer dejándole con la palabra en la boca, y reiterando mi agradecimiento salí a la calle precipitadamente para tomar un taxi. Pedí al taxista que me llevara a la Cárcel Modelo, con el deseo de liquidar mi deuda, y aún recuerdo la cara de los tres reclusos, que al descubrirme intercambiándose las miradas entre temerosos y alucinados, creyendo ver a un resucitado, acabaron enmudeciendo. Después me dieron el nombre del mendigo muerto, y un décimo de lotería que le habían sustraído, en un sentido gesto de doloroso y atribulado arrepentimiento. Recuerdo todavía, curiosamente, el número de que se trataba, el 53.288.

      En el mismo medio de transporte me desplacé al cementerio de Montjuïc. En la entrada adquirí una corona de flores artificiales, y pregunté a los empleados por la tumba en la que se encontraban los restos del mendigo.
      –Mire al fondo, a la derecha, está rodeada de sus amigos –me indicaron.
        Me acerqué con prudencia en el momento en  que aquel grupo de mendigos, saltaban como cabras,  y prorrumpían en inconfundibles gritos: 
        –¡Somos ricos!... ¡Somos ricos! 
        Alguno de ellos exigió guardar silencio, y aunque excitados de ánimos, se apiñaron en torno a un viejo receptor de radio a pilas escuchando a los Niños del Colegio de San Ildefonso, quienes repetían una y otra vez el número 53.288: el mismo número del billete que me entregaron en la cárcel, del que también participaban los mendigos… ¡premiado con el Gordo de Navidad! 

      Comprendí que el grupo de menesterosos había compartido, estrechamente, penas y alegrías, infortunios y esperanzas con la víctima, y decidí hacerme notar  pasando por ser su hermano. Y tras decirles que pretendía hacer un merecido e irrepetible homenaje a su recuerdo, colocamos la corona sobre la tumba. Saqué del bolsillo el décimo de lotería premiado, y un encendedor, y los prendimos fuego al tiempo que embargados por la emoción, entonábamos un fragmento del “Himno de la alegría” de Beethoven.
      Sí, lector amigo, fue un mal sueño del que  desperté  llorando. 


 Mariano Martín S.E.

domingo, 22 de noviembre de 2015

EL UNIFORME NO HACE AL MILITAR

        Asociado a mi infancia y juventud, recuerdo el ir y venir de militares y eclesiásticos que a nadie pasaban desapercibidos y  gozaban de notoriedad,  reputación y prestigio, merecidos o no. Bastaba una estrellita sobre la hombrera del militar, para hacer sentir el respeto en su entorno,  y sobraba al sacerdote lucir un disco afeitado sobre la coronilla, para que los chavales del barrio corrieran como desesperados a besar su mano.

      El hábito, o el uniforme, garantizaban la pertenencia a una elite bendecida por el régimen político, y contaban con un tradicional reconocimiento, pero además sirvieron de máscara y disfraz a atrevidos caraduras, hábiles salteadores y aventureros inteligentes que usurpando la personalidad de un monje, o un militar, bordaron golpes y atracos merecedores de un hueco en la historia de la violación de la ley.

       Se contarían por cientos los malhechores que extorsionaron a pleno Sol a instituciones administrativas y empresas privadas, o que  ocultos durante el día aparecían en veladas nocturnas  metamorfoseados en obispos y frailes, o en guardias civiles,  abusando de las ventajas que prestaba un uniforme. Así consta en los archivados de los departamentos policiales para quien se sienta tentado a saber de ellos; permítame pues el lector, que la cercanía a  un caso espectacular, y no conocido en nuestro país por la opinión pública, me mueva a contarlo aquí y ahora.

        El plan lo llevó a cabo mi abuelo a finales de la década de los años 40. Y no cansaré al curioso con el relato, seré corto y prudente, reservaré datos e identificaciones innecesarias, por elemental discreción y respeto a la ley, sin entrar en lo que da en llamarse materia reservada porque se revolvería contra mí.

       La historia comienza el día en que se rubricó la venta de unos terrenos propiedad del ejército, a una fábrica de vehículos a motor. Las firmas fueron  estampadas por un General y  el Consejero Delegado de la fábrica de automóviles; con ellas, 190 hectáreas de terreno pasaron a pertenecer a la empresa automovilística, a cambio de 50 millones de pesetas de la época, depositadas en un céntrico banco de Madrid, en una cuenta corriente abierta a nombre de las fuerzas armadas. No hay nada que reprochar a nadie, todo fue perfectamente legal, y si el lector busca indicios de corrupción, se equivoca.

        Hay a pesar de todo una apasionante historia que contar.
        Por entonces mi abuelo paterno, al que nunca tuve el privilegio de conocer, diligente y excéntrico, bien informado y vividor aventajado en ambiciones, trabajaba en una oscura oficina del ayuntamiento madrileño. Leía diariamente el periódico y fumaba en pipa. Contaba  con  45 años de edad y  un bigote que le daba el perfil entre heroico y cortesano, tres hijos casaderos, una mujer sacrificada, y la nómina tan escasa que del billete de 500 pesetas hacía un mito. 

         Probablemente mi abuelo, un ejemplo de cautela, descendiente sin embargo de una saga reconocida de dudosa honorabilidad y frecuentes querellas judiciales, había participado en empresas como la que voy revelar a continuación, aunque de escasa importancia, pero nadie lo sabe. Estamos al corriente, sin embargo, de que apenas tres días después de la firma del contrato entre la industria  automovilística y las fuerzas armadas, ponía en práctica una temeraria acción. Mis allegados, con los que consulté para escribir esta aventura, aseguran que el abuelo hizo una visita al Rastro donde compró un traje militar, al que cosió en las hombreras la estrella de cuatro puntas que le reputaba como General de Brigada, aunque tengo oído a mi abuela que lo guardaba desde tiempo atrás. Poco o nada aportaría conocer el detalle, nos preocupa más la acción, y saber que a primera hora de un sábado del mes de agosto, vestido de General de Brigada, y asegurando que iba comprar todas las series de un número de la Lotería Nacional, excusó su ausencia del hogar.

       Mentía. A la puerta de su casa, a bordo de un jeep lo esperaba un individuo de indudable planta  alemana con falsos galones de sargento,  al que llamó por su nombre.

       –En marcha Wilhlem… ¡Vámonos!

       Arrancó el todoterreno y anduvieron circulando por Madrid avistando soldados sin graduación, durante un tiempo, hasta recoger a tres. Tres jóvenes militares elegidos en especial por su prominente estatura, a los que mi abuelo engañó, informándoles de la necesidad de asistir a un servicio de estricta discreción,  recompensado con galones y un mes de permiso en fechas por determinar. Para tal fin les extendió documentos firmados por él mismo con una rúbrica más grande que el papel, donde podía leerse:



       El General de Brigada D. José Zaragoza y Huesca, 
       Los soldados no podían evitar sonrisas de satisfacción que encubrían ante el rostro pétreo del falso General, quien les miraba desde la profundidad de unos ojos escrutadores y severos, o detallaba breves indicaciones del trabajo a realizar, desde  la altura de una abrumadora y dominante voz de barítono. Después se dirigieron a la entidad bancaria en que había tenido lugar la operación entre la fábrica de automóviles y el ejército, donde  el aparente sargento, adelantándose secundado por los tres soldados, anunció la llegada del General con una voz desgarrada y potente:

      –¡Va a hacer la entrada en esta oficina el General D. José Zaragoza y Huesca!

      El gesto bastó para que la nómina de empleados en su totalidad se levantara de los asientos adoptando la posición de firmes, frente a un quinteto de militares que por la envergadura hubiera pasado por ser la selección de basket americano. Una vez en su interior, mi abuelo fue conducido hasta el despacho del director a quien mostró un pergamino al que no faltaban sellos, ni firmas, ni otras formalidades supuestamente  legales, y solicitó que se le entregara el dinero ingresado por la fábrica de automóviles tres días antes, al objeto de transportarlo hasta las cámaras acorazadas del Cuartel General, en Madrid, junto a la plaza de Cibeles.
      El director de la oficina tomó el teléfono y mantuvo una breve conversación con el vicepresidente de la entidad, al que informó de la presencia de un General que reclamaba los 50 millones de pesetas. El alto ejecutivo, que se disculpó repetidamente de la falta de tiempo y el exceso de trabajo, respondió al otro lado de la línea con firmeza:

      –Cumple usted con su deber al poner en mi conocimiento el movimiento de una cantidad de dinero tan elevada, pero por favor… ¡no le ponga objeción alguna nada menos que a un General… ellos son quienes tienen en su mano los destinos de España!
       El director trasmitió la orden correspondiente a los subalternos, y relajó el gesto. Unos segundos más tarde confraternizaba con el General y pasaba a realizar un sumario reconocimiento de la dura y sacrificada vida del militar de carrera, o de la responsabilidad menos meritoria de la suya,  para terminar por solicitar al General algún  favor personal, que éste dijo poder conceder probablemente al concluir su misión, saliendo del despacho a esperar junto a los soldados en la zona común de la oficina.

       El tiempo pareció congelado durante los quince minutos siguientes; las funcionarias, inactivas e inmóviles parecían atrapadas por la apostura de un militar de alta graduación, que apenas si reparó en ellas mirándolas fugazmente desde su metro y noventa centímetros de alzada; los empleados, en una anormal y estúpida posición castrense, no habrían la boca, y si lo hacían era para alegar invariablemente “Sí mi General, sí mi General” a todo comentario, tuviera o no tuviera razón de ser. Por lo demás, imperó un conveniente y estricto orden alterado por un  conato de diálogo establecido entre una secretaria y el aparente sargento alemán que pareció gallear inoportunamente, cortado de raíz por mi abuelo al dirigirle una mirada de reprobación y algunas palabras:

      –¡Sargento, compórtese! –le dijo, atrayéndolo con un ademán significativo e insistiendo apenas en un susurro: –No es momento de conquistas fáciles, no olvide que somos como el gato que va a zamparse de un bocado a todos los ratones.

      El alemán cambió su actitud como el gallo que ha sido golpeado en toda la cresta, y el General  permaneció inmóvil, en inalterable estado de ánimo hasta ver salir la maleta que inspeccionó breve y visualmente, constatando que en su interior se apilaban los billetes ordenadamente, antes de firmar el convenido documento de recepción. No se perdió un segundo más. Puestos en marcha, el director recibió la confirmación del ingreso de su hijo, de forma inmediata, en la academia militar de Zaragoza, y en agradecimiento se cuadró ante mi abuelo en señal de respeto; mi abuelo cerró la puerta de la oficina, a su espalda, y siguió a los soldados que introdujeron la maleta en el jeep.

    Después y sin pérdida de tiempo se dirigieron al Cuartel General del Ejército, junto a Cibeles, y detuvieron el automóvil en las cercanías de la puerta principal, donde mi abuelo anunciando que habían llegado al destino ordenó a los soldados abandonar el vehículo. Sacó del bolsillo trescientas pesetas que les entregó sugiriéndoles la conveniencia de gastárselas en comprarse un traje, les recomendó presentarse tres días más tarde en ese mismo cuartel, con el documento  que les había firmado, y regaló seis entradas para ver un  acontecimiento irrepetible: la corrida de toros, del día siguiente  8 de Agosto de 1948, en la Plaza de Vista Alegre de Madrid, y por vez primera recogida en pruebas de retransmisión televisada. El obsequio que pareció excelente a los soldados fue recibido con emoción, y un tímido comentario:

       –Gracias mi General, no es necesario tanto, sería suficiente con tres entradas.
       –Pues bien, las otras tres las revendéis, y os vais de putas si es vuestro gusto.

       A continuación, sargento y General se despidieron de los soldados  intercambiando un saludo militar de teatral escenografía, sus botas levantaron esquirlas del pavimento y provocaron el entusiasmo espontáneo de más de un centenar de peatones y curiosos, que merodeaban por la Plaza de Cibeles.

        La operación había concluido. El capítulo siguiente consistía en huir, abandonar el lugar, alejarse de la ciudad, fugarse del país y hasta del continente europeo, pero no está en nuestras manos pormenorizar o aportar detalles de la evasión del dinero y los delincuentes. 

       Todo salió bien. El destino premia las mayores atrocidades si se llevan a cabo inteligentemente, ninguna pista condujo hasta la recuperación de la voluminosa fortuna, y jamás aparecería el jeep, ni el aparente sargento de impronta germánica que lo conducía, ni aparecería mi abuelo al que se dio oficialmente por muerto, a todos los efectos, antes de que mi abuela contrajera segundas nupcias.

       El lector encontrará lagunas en un relato cuyas únicas aportaciones son producto de la investigación de los míos o de mi mismo, y en efecto persisten las dudas. Nadie dispone de pruebas que aseguren que el conductor del jeep Wilhelm Voigt, (nieto de Wilhelm Voigt, el afamado teutón que acometiera golpes idénticos a principios de siglo XX en su país) fuera el cerebro, o lo fuera mi abuelo, heredero de una saga de diestros y expertos carteristas de Madrid, asociado en este caso a un estimable colaborador.

       El atraco se mantuvo en el más absoluto secreto, por decisión política, al objeto de evitar el efecto multiplicador o el trago del ridículo público, y los informes policiales permanecen clasificados como materia reservada en los archivos del Estado Mayor del Ejército, a día de hoy.

      En el seno familiar hay preguntas que no podrán responderse, y consideraciones emocionales que el tiempo ha cambiado de signo.  Mi abuelo fue tenido por sus descendientes por un tipo desleal, infiel, y falto de originalidad. Un desertor de los deberes más elementales, y de pocos escrúpulos. ¡Un crápula! Lo juzgamos con severidad y aplicamos los epítetos más crueles, le tildamos de ladrón, antipatriota y derrotista; lo acusamos de soberbio pretencioso; renunciamos a celebrar su aniversario pensando que rendíamos un homenaje a la barbarie; e impusimos el silencio en el entorno familiar, eclipsándolo al tomar conciencia por fundadas sospechas de que vivía espléndidamente en California.

       Pero el destino y el tiempo vendrían a desconcertarnos. 50 años después y desde California, vencidos innumerables obstáculos legales, ayudados de abogados americanos cuyos honorarios astronómicos hubimos de satisfacer, sus herederos nos repartimos una importante fortuna, que ha puesto alas a nuestro  estilo de vida. Supimos al tiempo que él mantuvo con sobrada suficiencia económica la casa de mi abuela, valiéndose de imaginativos artificios que nadie sospechó,  y tal conocimiento acabó por determinar un cambio radical en la apreciación de su calidad moral. De vilipendiado y maldecido por su descendencia, pasó a representar el modelo ideal de hombre y… ¡ser venerado!:
       Hemos mitificado a mi abuelo.

       Extendido sobre el reparo de su moral un manto de flores.
       Pedido para su recuerdo el nombre de una calle en Madrid.
       Exigido al ejército el nombramiento de General de Brigada.

       Construido un cenotafio en el cementerio de El Escorial.



       Y montado sobre el pedestal que antes perteneció a Napoleón, su busto en mármol, fumando en pipa, y esculpido por un artista de la escuela de Rodin.
       No deben ponerse reparos a las obras bien hechas de mi abuelo, sino  admirarlas.


                                                      Mariano Martín Sánchez-Escalonilla.