domingo, 7 de abril de 2013

Un tema apasionante



La Evolución


Toda la historia del progreso humano se reduce
a la lucha de la ciencia contra la superstición.
G. Marañón


De cuando en cuando, en Calpe, y en un determinado punto junto al Mediterráneo, mido con la vista el agrandamiento paulatino de un agujero en la roca, por el que sale  agua a presión impulsada por el oleaje. Lo que hace siete años apenas era una minúscula abertura del diámetro de una uña, hoy supera el de un enorme puño.

            El hecho es insignificante comparado al fenómeno del Gran Cañón del  Colorado, en el estado americano de Arizona: la erosión del terreno, excavado hasta una profundidad de 1.600 metros, en un recorrido de 450 kilómetros, y una anchura en los estratos superiores de entre 6 y 29 kilómetros. ¿Cuántos millones de años han hecho posible esa herida de extraordinarias dimensiones, en la superficie terrestre? Si tal como calculaba el obispo James Ussher en el siglo XVII, la Tierra hubiera tenido 4.004 años de existencia al nacimiento de Cristo, verificados a partir de las generaciones pasadas por las Sagradas Escrituras, eso no hubiera sido posible. El planeta contaba con muchos millones de años, y el obispo erraba, como erraba mi abuelo al predecir la victoria en el canódromo, del galgo con el dorsal número 7, que le hizo perder una fortuna. Al lector, o al autor de este artículo, les resultaría difícil hacer el cálculo de la edad del Gran Cañón, pero sumamente fácil la somera aproximación a la antigüedad de la Tierra, porque ateniéndonos a la genealogía de San José, a la que  el evangelio de Lucas, III 23-38, emparienta con  Adán y Eva en sólo 75 generaciones, lo facilita. Sin embargo, en nuestro siglo, una elemental y racional desconfianza,  nos impediría sostenerlo.

            El efecto del río Colorado creando el Gran Cañón, todavía debiéramos   considerarlo un hecho de escaso relieve, porque hay fenómenos geológicos como la deriva de los continentes, incomparablemente más sorprendentes. Veamos.

En el año 1610, Francis Bacon sugiere que las semejanzas en el perfil de la costa este de América del Sur y la costa oeste africana, requieren de una hipótesis atrevida que la explique. Alexander Humboltd ya terciado el siglo XIX, cree encontrar la explicación en la invasión por las aguas oceánicas, de un vasto valle que uniría ambos continentes. Antonio Snider en 1858 aventura muy posible su rotura y la posterior separación, y Frank B. Taylor es tomado por catastrofista cuando expone la tesis de los movimientos de los continentes, a gran escala, con argumentos de racionalidad verosímil. A éstos y algunos otros predecesores se debe una avanzada presunción, pero es el alemán Alfred Wegener en 1912, tras presentar una espectacular cantidad de pruebas paleontológicas, geográficas, paleoclimáticas, biológicas y geológicas, quien formula la teoría de la deriva de los continentes afirmando que 600 millones de años antes habían estado unidos en un supercontinente al que se da el nombre de Pangea. La resistencia firme desde algunos campos de la ciencia a la teoría de Wegener, no es un asunto que merezca ahora atención, pues el tiempo se encargaría de hacer más sólidos y convincentes los argumentos apoyados en nuevas técnicas de exploración, mapas topográficos suboceánicos, u otras aportaciones, que hoy hacen de ella un modelo científico único para la evolución geológica del planeta Tierra.


      Lo que la común insistencia de los defensores de la tradición a ultranza, quieren vendernos hasta la impertinencia, es que nunca pasa nada, y los fenómenos que acompañan al planeta en su traslación y giro en torno a su propio eje, el sistema solar, las galaxias, el cosmos, o simplemente la vida en la Tierra, son inamovibles, inalterables, estáticos y sin historia. La analogía con un ser que naciera, viviera cien años, y muriera sin cambios en la esencia, en el fondo o en la forma, se ajustaría a esos parámetros de un orden inmutable determinado, eternamente, por la causa prima. Ahora bien, la selección artificial llevada a cabo por el hombre durante siglos, manipulando especies vegetales para obtener variantes, calidad y cantidad dedicadas a la alimentación, o la intervención con fines interesados en el cruce de animales, para rentabilizar la producción de carnes, leche o lana, solamente son anecdóticos ejemplos de lo que la naturaleza es capaz de hacer, por sus propios medios,  a lo largo  de millones de años. 

            No basta que en el año 1947 la Iglesia Católica Romana admitiera que el Génesis relata la Creación  en sentido metafórico y simbólico, y hoy la razón está en condiciones de explicarlo científicamente. No basta que haya incluso sacerdotes que trabajen en el campo de la antropología biológica y los yacimientos, con restos de homínidos. No basta, no. Tampoco es suficiente saber que los autores de los documentos de la antigüedad, conocían de sus antepasados menos de lo que conocemos nosotros, y poseían un dominio del medio, las artes o las ciencias, muy primitivo, y sin duda inferior al nuestro. Desde un incauto eternalismo, y en el empeño de confundir lo antiguo con lo bueno, o lo arcaico con lo verdadero, más papistas que el Papa, algunas sectas fundamentalistas persisten en  presionar sobre una teoría, que más que una simple teoría, es un hecho incuestionable: la evolución de las especies, y en consecuencia la evolución del Hombre. Una realidad de la que se ha dicho que nos devuelve al lugar de donde nunca debimos salir: la naturaleza.

            Hoy el cálculo del obispo irlandés, Ussher, que dataría el origen del mundo conocido o desconocido en 6.017 años de antigüedad, no goza de mucha salud. La ciencia a quien gusta estudiar, historiar y fechar los hallazgos que desvelan misterios que se remontan a la noche de los tiempos, nos ofrece los resultados de una larga serie de descubrimientos, que  permiten estimar que la Tierra tiene 4.500.000.000 años. La vida en la Tierra, 3.000.000.000. El género Homo, 2.500.000. Pobladores de Siberia atravesaron el estrecho de Bering, pasando a América entre 15.000 y 17.000 años atrás, durante la última glaciación. El hombre practica la agricultura y se sirve de los animales hace más de 10.000. Y los primeros escritos conocidos de sumerios y egipcios datan de 5.000 años aproximadamente.

           Entretanto la evolución cósmica, la evolución geológica, la evolución de las especies y la evolución humana, la evolución cultural o la evolución del lenguaje,  no se detienen, si bien pasan desapercibidas o son negadas desde la antigüedad, hasta la llegada del Charles Darwin, a la sazón escéptico y antiguo estudiante de Teología del King’s Collage de Cambridge, facultado en éste para ejercer de pastor en la Iglesia Anglicana. El acontecimiento tiene lugar a la salida de la imprenta, en 1859, de “El origen de las especies”, que hace de la selección natural y la lucha por la supervivencia, el motor más importante del proceso evolutivo. El impacto de la publicación es inmenso y las controversias agrias, por la desautorización que comporta para la tradición religiosa, pero Darwin se abstiene de participar en el debate, y continúa con su labor investigadora como única prioridad, al objeto de hacer público “El origen del hombre”.

            En esta brevísima exposición, no entraremos en el cúmulo de precursores, ni en el de las personalidades que acompañaron su aventura. Y a partir de aquí quedaría insertar  un resumen de la teoría, y las aportaciones importantes, siempre insuficientes de la antropología biológica y de todas las disciplinas científicas implicadas y comprometidas con la evolución. Pero siendo mi intención escribir un breve alegato, interrumpiré el discurso para insertar el árbol genealógico de la especie humana, reduciendo en lo posible la jerga técnica a lo indispensable. Un esquema elemental, como muestra de lo que finalmente es un complejo e incompleto cuadro. 

            Definiremos primero qué es Especie y Género tal como lo aprendimos en la escuela, o debiéramos haberlo aprendido de poner la atención suficiente. 

-La Especie se define como conjunto de individuos capaces de procrear hijos que puedan tener descendencia fértil.

-El Género lo compone un grupo de especies afines: la cebra, el caballo y el burro son de distinta especie pero del mismo género.

El hombre pertenece a lo que la antropología llama ateniéndose a las evidentes diferencias morfológicas, género Homo, cuyo origen está en nuestro antepasado más antiguo: el Australopithecus afarensis, primate bípedo erguido sobre dos patas, y ascendiente que sucedió a los que tenemos en común con el chimpancé. Y al género Homo le distinguen al menos tres especies, a saber:

            -Homo habilis: Vivió entre 2,5 millones, y menos de 2 millones de años atrás.

            -Homo erectus: Vivió entre 2 millones, y 1/2 millón de años atrás. 

            -Homo sapiens: Especie a la que perteneció el extinguido Neandertal. O el Homo antecessor, cazador recolector más antiguo de Europa con residencia y dirección postal en las cuevas de Atapuerca, que anduvo españoleando por la provincia de Burgos hace ya 800.000 años. O el hombre actual, emigrante africano aparecido aproximadamente hace 100.000 años, al que llamamos Homo sapiens sapiens, y que trajo consigo importantes aportaciones o instrumentos de piedra de mayor precisión. 

            Por la trascendencia e importancia de una nueva revolución copernicana, el darvinismo ha cosechado defensores y detractores dado que establece que, la lucha por la supervivencia y el éxito del más apto como elemento esencial de la selección natural, determina  la derrota de los más débiles. Que en la naturaleza reinan los principios del darvinismo, o que la lotería de la vida premia o castiga a los individuos, aleatoriamente, debería estar asumido por todos, pero el opositor, pertinaz, a la vista de las consecuencias desastrosas para su ideología, ha encontrado el resquicio para combatirlo.


 Y ha hecho correr ríos de tinta, propagando la idea de que el evolucionismo es origen de todas las miserias humanas: el liberalismo económico capitalista, el racismo, la hegemonía de los fuertes, la decadencia del

 sentimiento religioso, el nazismo, la relajación de la moral y el crecimiento de las aberraciones, o el desembarco de Los Cuatro Jinetes del Apocalipsis, aunque Darwin no compartiera los prejuicios del racismo u otras lacras citadas. Por ello y ofuscados en la defensa de la tradición y las buenas costumbres, los detractores que han usado del mecanismo selectivo darvinista para beneficio personal, pero sin aplicarle la denominación, han decidido la conveniencia de: ¡matar al mensajero! Ansían silenciarlo porque el resultado de estudiar la naturaleza, y descubrir los mecanismos que han sometido, someten y someterán al hombre con independencia de que las acepten o denigren, no satisface su ideal, ni alienta sus sueños. Todavía hoy se lleva a cabo una extraordinaria campaña apoyada en dólares efectivos, en una cruzada inútil contra la ciencia, destinada de antemano al fracaso, bajo la bandera que glorifica el diseño inteligente, con juicios al darvinismo que lo califican, peyorativamente, de nueva religión. Una crítica desprovista de sentido, pues idéntico desprecio podría dirigirse contra los fundidores de metales, porque sus artes han hecho posible la invención de armas mortíferas para la guerra; o de los agricultores que cultivan la remolacha azucarera, presuntos responsables de la génesis de las caries infantiles. 

            Por el contrario, a la trinchera de los defensores se sumaron los débiles, en una consagración de la trinidad humanista del siglo XX –Marx, Freud y Darwin– que no significó precisamente su perdición. La cultura unida a las ventajas de la asociación o unión de los débiles, a sabiendas de que la naturaleza no era ventajosa a sus intereses individualistas, produjo una reacción inmediata de simpatía por la evolución opuesta a la inmovilidad, o la atonía. Desde el conocimiento de la realidad, y en la certeza de que el caudillismo mesiánico no era pródigo, los débiles y las clases más desfavorecidas, desplegaron y despliegan ingentes energías para vencer la adversidad, seducidos por la convicción de que la evolución es la historia de la vida, una esperanza de que el mundo se puede cambiar. Y también ellos tienen, para con el nuevo creacionismo, una sentencia lapidaria: 

El diseño inteligente hace llorar a mi mono.

            La brecha abierta por Darwin, era y es algo más que un mero pasatiempo propio de intelectuales de salón, y no ha sido superado, pasando a constituir una más entre las preocupaciones culturales de las mayorías inquietas. Hoy ya no es posible sustraerse al hecho de que, si bien los pensadores trabajan por explicar quiénes somos, la ciencia lo hace por saber de dónde venimos. La evolución es un arma para indagar el origen y el camino recorrido por el animal humano, que no sabemos adonde conduce. Lo demás, es discutir lo evidente.

                                                                                                      Mariano Martín S.E.

martes, 5 de marzo de 2013

Un tema recurrente


                       El libre albedrío

A la salida de la escuela raro es aquél principiante de la vida al que no hayan seducido sus maestros con algunas ideas esenciales, que estampadas en la cabeza, han de servirle como muletas elementales con las que andar. Pero no siempre las muletas prestadas satisfacen las inquietudes o necesidades personales, o permiten andar con soltura, y a veces hay que adquirirlas en otro lugar. Ni siquiera es  descartable que Walter Benjamín tenga razón  cuando asegura que:  La parte más importante de la educación de un hombre, es aquella que el mismo se da. E incluso que, en las antípodas, Santo Tomás de Aquino esté en lo cierto al advertir animando a buscar más allá de lo que quieren enseñarnos: Teme al hombre de un solo libro.

El caso es que tal vez por mi falta de atención y un sentido escaso de la obediencia, me cuento entre aquellos que al abandonar la escuela, sintió la necesidad de complementar las clases previstas por la educación reglada y obligatoria, con voluntarias lecciones de las más extrañas disciplinas. Me lo recordó, hace ya unos pocos meses, la página de Pablo Neruda insertada en este mismo foro, y que hacía referencia al libre albedrío. ¡Nada menos!

En el siglo pasado, como en este siglo, la orientación de las instituciones en cualquiera de las sociedades occidentales, era y es muy semejante; todo hace pensar que nosotros hemos entrado en la posmodernidad, pero la posmodernidad no ha entrado en nosotros. Con independencia de las ideologías políticas, la educación acepta la doctrina del libre albedrío, es decir, la creencia que nos asegura que los hombres podemos elegir, autoforjarnos y tomar decisiones propias, en definitiva la difícil e increíble misión de decidir nuestro destino, o el triunfo personal de hacerse uno a si mismo.

A propósito y en esa dirección, vamos a leer a continuación la síntesis recogida de la página de Pablo Neruda, con un sentido que en poco o nada diferiría de las tesis de San Agustín, u otros padres de la Iglesia, con ideología u orígenes, opuestos. 

“Acepta la responsabilidad de edificarte a ti mismo, y el valor de acusarte del fracaso para volver a empezar corrigiéndote.

Nunca te quejes del ambiente o de los que te rodean, hay quienes en tu mismo ambiente supieron vencer, las circunstancias son buenas o malas según la voluntad o fortaleza de tu corazón.

Recuerda que dentro de ti, hay una fuerza que todo puede hacerlo, y reconociéndote a ti mismo más libre y más fuerte,  dejarás de ser un títere de las circunstancias, porque tú mismo eres el destino, y nadie puede sustituirte en la construcción de tu destino. Nunca pienses en la suerte, porque la suerte es el pretexto de los fracasados”

El mensaje, moralmente exigente, y de una intencionalidad evidentemente positiva, es un discurso que insufla confianza por los cuatro costados. Y predica que basta con el deseo ardiente de una cosa para que su  realización sea un hecho consumado. ¡Si quiero, puedo! ¡Si quieres, puedes! Tal es la doctrina, positivista y animosa, pero… ¿dice la verdad, o dice lo que nos complace oír?

Hay formulaciones literarias, morales, políticas… con la virtud de generar sentimiento de poder, que nos cautivan desde que se nos enseñan, y han sido repetidas tantas veces que parecen impresas en la naturaleza, o que germinan en la tierra como la simiente. ¡Y este es el caso! Uno de los grandes humanistas del Renacimiento, Pico della Mirandola, para nuestra vanidad, incluso tenía una halagadora  interpretación del Génesis, una versión libertaria que detallaba la promesa solemne que Dios le había hecho al hombre:

“No te he dado una forma ni una función específica, a ti, Adán. Por tal motivo tendrás la forma y función que desees… tu definirás tus propias limitaciones de acuerdo a tu propio libre albedrío”.

Su lectura eleva nuestra autoestima, mas con frecuencia los negocios humanos, por rentables que sean, no dan tales rendimientos. El enunciado reverberante de optimismo, que hace creer que hemos encontrado la piedra filosofal que va a procurarnos tanto como necesitamos, tiene su contrario que paradójicamente brota de la razón con la misma naturalidad. Descartes, en una sentencia muy apropiada advertía que:

Apenas hay algo dicho profundamente por unos, que no haya sido refutado profundamente por otros.

Y Ortega y Gasset, tanto o más perspicaz aconseja a los maestros que usan del dogma como de una máquina de adocenar hombres:

Cuando enseñes algo, enseña también a dudar de lo que enseñas.

Pondré un ejemplo. El de la afirmación categórica de Santa Teresa, una fórmula a considerar pensada para combatir cualquier estado anímico dañino o  depresivo:

Si el problema no tiene solución, ¡no te preocupes!
A cualquiera que se le haya educado en este principio, y sólo en él, probablemente no le quedará duda alguna de que es la medida aplicable cuando se tiene un problema sin solución. ¡No preocuparse y a vivir, que son cuatro días! El consejo resulta tranquilizador y persuasivo: lo irreparable no debe hacernos perder un solo segundo. Sin embargo Marx, ante la misma tesitura, aplica otro método en franca oposición al conformismo, y contradice enérgicamente:

Si el problema no tiene solución… ¡preocúpate!
A la vista de conjeturas tan distantes entre ambos autores, y que como el bien y el mal caminan enlazadas de la mano, volvamos a la retórica impecable de Pablo Neruda que comienza diciendo: Acepta la responsabilidad de edificarte a ti mismo. Bien, pues el determinismo, que contradice el libre albedrío y esa afirmación, responde:

 Nadie se hace a si mismo. Cada hombre se comporta como es.

 Y La Biblia, en Jeremias capítulo 10, versículo 23 asevera contradiciendo los enunciados de Pico della Mirandola y de todos los optimistas que parecen haber estudiado en la misma escuela:

El obrar del hombre no está en sus manos, ni está al alcance de nadie transformar o enderezar su marcha.

Lo que este modelo determinista, en sus vertientes religiosa o laica,  propugna al margen de la influencia del medio ambiente y la educación de las que aquí no hablaremos, es que a las personas nos caracteriza un perfil físico concreto. Una estructura biológica y funcional, un color de la piel, una forma de la nariz… o unas proporciones antropométricas personales e intransferibles, que nos confieren una identidad tan peculiar que, quien nos conoce bien, nos reconoce hasta por los andares.

Y de tanta importancia son las diferencias físicas, que unos nacen para ser aplaudidos en los campos de fútbol o las canchas de tenis, y otros, limitados por la libertad condicionada, para mirar y remirar, o aplaudir rabiosamente su juego.

¡Se nace… y el que no nace, no se hace!
Y de la misma manera que poseemos un perfil y unas cualidades físicas que pueden medirse, no es posible escapar a un perfil psicológico que incluye la inteligencia, la voluntad y el sentimiento, y determinan nuestro presente y nuestro futuro. Con tan mala o tan buena suerte, que en función de esos caracteres físicos y psicológicos de los que es responsable la bioquímica, nos aman o nos admiran, nos reconocen y envidian, despertamos interés o curiosidad, levantamos pasiones, o por el contrario: pasamos inadvertidos, nos odian,  somos víctimas  impotentes e inocentes del desprecio o la indiferencia de los demás… o carne para perros. En definitiva y  si el rechazo de que somos objeto se derivara del azar genético de la falta de virtudes, nos convendría asimilar lo que de cierto hay en la sentencia de Diderot, que es mucho: Las virtudes no se aprenden… la virtud es una buena suerte, un destino asignado y que no se compra a ningún precio.

En lo personal y seducido por una concepción  cercana a este modelo, si bien no olvidando la sentencia de Baroja cuando postula la conveniencia de dejar que los idiotas saquen las conclusiones, viendo que mi destino exigía trabajar mucho o de lo contrario no había modo de cuadrar las cuentas a fin de mes, lo hice. Trabajé mucho y no me fue mal arropándome en Voltaire, a quien gustaba decir que, el destino conduce al que cree en él y al que no cree lo arrastra sin compasión.

martes, 5 de febrero de 2013

El cementerio


Me siento muy optimista con el futuro del pesimismo.
Jean Rostand

         A la llegada de Julio Cuñado a la puerta de la vivienda de su amigo Isidro, habían pasado diez años desde su partida. Una eternidad alistado en las Fuerzas de Paz de la ONU en el Sahara Occidental, como soldado raso, y maldecida algunas veces, otras saboreada con ilusión pensando en los recursos monetarios que le proporcionaba su estancia en el infinito mar de arenas, castigado por el sol inclemente a las órdenes de oficiales que hablaban lenguas que no entendía. Envuelto en la oscuridad de la noche, Julio reconocía aquella puerta a pesar de experimentar enormes dudas sobre el lugar en que se encontraba: una calle poblada de nuevos edificios en Gruyas de la Sierra, cuyos cambios de calado profundo, habían conducido al núcleo, una década antes aldeano, a la hipermodernista metropolización.

            Acostumbrado a golpear la puerta con los nudillos de los dedos, Julio no reparó en la existencia del timbre adosado en la jamba derecha, y aporreó nerviosamente haciendo un lapsus de espera, por tres veces. –¡Un momento! ¡Vaya exigencias!– oyó protestar en el interior a una voz que a pesar del tiempo identificó con la de Isidro, unos segundos antes de que éste abriera, quedándose anonadado ante la presencia del recién llegado, a quien a primera vista no reconoció.

–¡Dígame! – ordenó al abrir con decisión.

–¡Cómo qué dígame, Isidro!... ¿No sabes quién soy?

Transcurrieron segundos en los que las dudas del interpelado, aclarándose, dieron paso a una exclamación de sorpresa y desconcierto, que desembocaron en un emocionado abrazo, sin reparos.

            –¡Claro, mi amigo Julio!… Julio Cuñado, pero después de tanto tiempo, no te había reconocido… Discúlpame, no hubiera esperado verte por aquí… ¡quién iba a decir que volverías del tercer mundo! Incluso se corrió la voz de que habías muerto…

            –Pues no es así, vuelvo con la misión cumplida, y ya te contaré… ya. No imaginas las enmarañadas causas que han impedido que volviera antes, las endiabladas circunstancias en que me he visto metido hasta rescatar la libertad civil, las toneladas ingeridas de carne de camello y cuscús, las incómodas jaymas donde he dormido diez años retirado de los placeres de la vida y la civilización… las amarguras y sufrimientos asumidos que finalmente doy por buenos, porque me han permitido ahorrar el dinero con que ahora podré comprar, en Gruyas, un piso donde vivir mi independencia.

            –Bien Julio, en cualquier caso mi sorpresa es enorme, tan grande como tu desorientación; pensé que habías roto definitivamente con el pueblo… por aquí todavía se te recuerda, aunque todo hacía pensar en tu desaparición… ¿Cuáles son tus planes?

–Me conoces bien Isidro, no he cambiado y sabes que soy un romántico incurable. Mis ilusiones permanecen inalterables, y a ti como amigo puedo confesártelas… Allí donde vas te persiguen las mismas inquietudes, no hay problema  que te abandone ni esperanza que muera.
–Conociéndote, ya sé que me hablas de problemas sentimentales.

–En ese terreno voy a ser sincero… nunca he logrado olvidar a Dolores… y quizá sea un ingenuo, pero no puedo dejar de pensar en recuperarla… Incluso, y de esto hace ya mucho tiempo, cuando mi buen amigo Bastian Lambert, viejo sargento expulsado de la Legión Francesa un año antes de jubilarse, volvió del Sahara y de camino a Burdeos, lo hizo con una carta escrita por mi, para Dolores, que depositaría en Correos a su paso, y con la que intentaba mantener ese calor sentimental… ya me entiendes… necesidades de ser correspondido… ¿se ha casado?...

–Julio, no me digas más… no, no se ha casado… bueno no estoy seguro… creo que no se ha casado. Pero como las cosas cambian tanto y el mundo ha dado tantas vueltas desde que te perdieras en el desierto africano…  piensa que Gruyas de la Sierra no es lo de entonces, vivimos una vorágine de libertades antes desconocida, y la gente frecuenta los lugares más extraños porque encuentra la felicidad en todas partes… 

–Bueno, no te pregunto por la gente… te pregunto por Dolores, ¿sabes dónde para?

–Sí lo sé… sí… a estas horas, y desde hace años, Dolores está en el Cementerio.

–¿¡En el cementerio!? –preguntó confundido y alarmado.
     –¡En el Cementerio y pegada a un ataúd! – le respondió–. Y si lo deseas te llevo ahora mismo, la verás abrazada a él, de allí no sale nunca.

            –Son las dos de la madrugada y todavía… no he visto a mi familia, mañana por la mañana, a primera hora… Tengo un gran respeto por los estados de demencia, Isidro; hubiera esperado cualquier cosa… menos que padeciera obsesiones necrófilas y le viniera el nombre como anillo al dedo –dijo casi tartamudeando–.

            –Me atarean asuntos urgentes, no es posible mañana. ¡Debemos hacerlo ahora!

            –¡Pues ahora! –aceptó Julio la propuesta desgarrado por la emoción torturante de un final lamentable, y evitando revelar  emociones gratuitamente.

            Acto seguido y cerrada la puerta, se pusieron en marcha. En el camino, andando a buen ritmo, Julio tomaba nota de los cambios enormes sufridos por Gruyas de la Sierra, ciudad cuya población multiplicaba por treinta el número de habitantes de la década anterior, sobrepasando los cien mil, y contaba con dos canales de TV, hípica y campos de golf, planetario, rockódromo, museo de cera, boleras, estación de AVE, orquesta sinfónica, compañía de teatro, polideportivos, palacio de deportes de invierno y pistas de patinaje, baños turcos, lago artificial, clubes de natación y colombofilia, plaza de toros y  equipo de fútbol en 1ª división que había puesto a Gruyas, antes ignorada, en el mapa del mundo. Una ciudad expandida que en lugar de alejar el cementerio, lo acercaba según deducía de las palabras de Isidro, quien haciendo señas a Julio dejaba ver que no se precipitara emitiendo prejuicios tercermundistas y rancios, alusivos al cambio.

            –“Este pueblo va bien”, –resumió Isidro– “no lo conoce ni la madre que lo parió”. Hemos recibido fondos económicos europeos para modernizar todas las calles, aceras e infraestructuras, y en una década de gobierno de coalición pasamos del medioevo a la posmodernidad, de la jota baturra al hip-hop. El parque automovilístico es de última hora, las parejas pasan la luna de miel en el Caribe, tuteamos a Europa, jugamos en la “champions league” y somos Campeones de España de “carreras de sacos” y “persecución de gallos” (¡!)… Por cierto, –preguntó cambiando de tema– ¿cuánto dinero dices que has ahorrado para comprar el piso?

            –Lo suficiente. ¡Veinticinco mil euros! Valían menos antes de marcharme.

            –No compras ni las sillas, ahora rondan los quinientos mil. Yo mismo lo adquirí hace un par de años, y ya ha duplicado su precio. ¡Soy más rico! –exclamó Isidro.

            –¿Te han duplicado el sueldo en el mismo tiempo?

        –No. El sueldo sigue siendo el mismo –respondió Isidro.
            –Pues, si lo que compraste dos años atrás, sube de precio, y el salario es constante: ¡lógicamente, eres más pobre! No te engañes, serías más rico si bajaran los precios, porque ahora probablemente, no podrías comprarlo. ¡Mal negocio!

–Julio, sabía que no comprenderías la esencia de los cambios. Eres negativo.

–Entonces es que el desierto me ha sacado de la realidad, te escucho.

–Presta atención, economía se aprende en una tarde. Estamos en el 2006, la Nueva Era en que aplicamos los principios económicos de la gran Revolución Conservadora: El Capitalismo Popular, amigo mío. ¡¡¡El Capitalismo Popular!!! Se ha democratizado el capital, y sólo existe clase media, aquí hablan de los beneficios en Bolsa hasta los porteros del Cementerio. Impuesta la armonía y disipadas las tensiones, ya no hay lucha de clases, sindicatos, ricos ni pobres, izquierdas ni derechas, explotados ni explotadores, es un modo sencillo y expeditivo de acabar con las crisis económicas.

            –¿Y sus fundamentos?

            –Ésa es la llave que lo explica todo: Los créditos a bajo interés y la reducción de impuestos, especialmente, a los ricos. La banca reparte dinero a manos llenas a la mayoría de la población, que ha hipotecado su vida para cincuenta años… hasta los niños nacen endeudados para el resto de sus días. En suma, el apogeo del neoliberalismo eficiente y competitivo, en el que, funcionarios, burócratas y comisionistas, intermediarios, representantes, secretarios y secretarios de los secretarios se multiplican exponencialmente hasta el infinito, retroalimentando el sistema.

            –Pues me parece fácil.

       –¡No lo creas!... Fundándolo sudó tinta el sumo sacerdote y premio Nobel, Milton Friedman, antes de dar la receta a los monaguillos Ronald Reagan y Margaret Thatcher, para que lo aplicaran y extendieran al mundo.

            –Isidro, pero tú eras de izquierdas, eras socialista… recuerdo que…

            –Julio, necesitas que te quiten el corcho como a los alcornoques, ¿qué sentido tiene hoy ser de izquierdas, de derechas, o de centro? ¡Eso es ancestral… hombre! Lo importante no es que el gato sea blanco o negro, sino que cace ratones –le respondió ahora con la sentencia china y felipesca.

            Fruto de la zozobra y la ansiedad, a Julio se le hizo breve el trayecto recorrido. El brazo extendido del acompañante, impidiéndole continuar, le concienció de la llegada al destino. En la parte superior de la arquitectura adintelada de la puerta artística de hierro forjado, cubierta de arabescos, cenefas griegas y filigranas barrocas endemoniadas, diseñada por un afamado artesano húngaro, y por donde Isidro entró adelantándose, se leía en grandes letras rojas: CEMENTERIO. A la izquierda de la misma, el rótulo fúnebre sobre una calavera, en letra gótica y de alineación atormentada y luctuosa, sugería al visitante:

OYE LA VOZ QUE TE ADVIERTE
QUE TODO ES ILUSIÓN MENOS LA MUERTE.   
        
            El viento racheado y frío de la montaña pareció congratularse saludando la llegada de Julio, y sopló. Los dos cipreses apostados en la puerta batieron sus ramas, y Julio embestido de falta de valor sintió un escalofrío, un fatal e irremediable temblor que le puso el bello de los brazos de punta. Por un momento no pudo escamotear los deseos de evitar franquear la puerta que chirrió estremecedoramente, pero Isidro, cogiéndole con firmeza de una manga de la chaqueta, tiró de él hacia el interior.

            Pasaron directamente a la sala en cuyas paredes de color violeta se leían epitafios macabros; las luces indirectas, amarillentas y lúgubres, destellaban dolor; lámparas compuestas por fémures, tibias, húmeros, cúbitos y radios humanos, pendían de intestinos trenzados; abominables tapices de dibujos infernales colgaban del techo para abrigar los huecos de puertas y ventanas, y a los féretros horribles repartidos regularmente por el espacio, adornaban telarañas, velas esotéricas e incombustibles, o coronas mortuorias cubiertas por dos dedos de polvo.

En el lúgubre lugar todo recordaba al más allá, nada aludía a la vida, y el patetismo del “Requiem Mass” de Webber sonaba con tonos persistentes de ultratumba y letra del “Dies Irae”:

¡Cuantus tremor est futurus     ¡Cuánto temor habrá en el futuro
            quanto iudux est venturus        cuando el juez haya de venir
            cuncta stricte discussurus!       a juzgar todo estrictamente!

Al fondo de la sala, un arlequín mudo y de chocante fachada, acompañado de una mujer desnuda con sendos pentáculos tatuados sobre sus pechos, se disponía a iniciar una sesión de humor negro. Y les recibió “el relaciones públicas” ataviado de esperpéntica indumentaria, capucha negra que ocultaba su rostro ahuesado y lívido con tres filas de dientes en la boca, pajarita al cuello y zapatos de charol, ofreciéndose raramente amable a buscarles un sarcófago:

            –Bienvenidos al Cementerio de Sodoma... señores. ¿Dónde quieren sentarse?

Sobre las esquinas de los ataúdes rodeados de sillas a juego, por cuyos respaldos goteaba sangre de toro, a las que se sentaban jóvenes de ambos sexos y moral laxa celebrando cualquier acontecimiento de cualquier índole, menos la muerte, se acumulaban centenares de botellas y vasos de licor. Un apestoso olor a tabaco u otras sustancias fumables, aromatizaban, hasta atufar, el ambiente insoportable lleno de borrachos que recitaban la esproncediana “Desesperación”, u otras impías o paganas baladas. El lugar pareció a Andrés un buen panteón tomado por vividores, golfos, zánganos y vagabundos, que invertían allí 24 horas diarias, un cementerio de vivos. Pero se contuvo de expresar opiniones, influido por el consejo de no prejuzgar con mentalidad tercermundista, e hizo a Isidro una pregunta concisa:

–¿Dónde están aquí los muertos?

–Los muertos están en la necrópolis. Te fuiste del pueblo de Gruyas en un siglo y un mundo, y has vuelto a la ciudad de Gruyas en otro siglo y otro mundo. Este originalísimo disco-pub lo abrió el propietario de la imprenta después de clausurar el negocio de la tinta y el papel, y el laboratorio de material fotográfico lo han sustituido por un consultorio astrológico donde los nuevos profetas, seis brujos y brujas, adivinan el provenir: 

–¿Eso es posible?

–¡Naturalmente! Son expertos en sortilegios, conjuros, encantamientos e invocaciones a los difuntos… dominan todo tipo de liturgias. Permite que haga referencia a algunos cambios más. Justo al lado, liquidaron la fábrica de muebles para montar un tablao flamenco, y sobre las ruinas del taller de montaje de cajas frigoríficas para camiones, han levantado un bingo, tres salas de cine pornográfico y un casino… como verás, iniciativas de alto valor añadido, todas ellas.

–¿Y qué fue de aquella empresa pública… la Conservera Industrial de productos de la tierra?

–Como todas las demás, era una industria contaminante, y en su lugar se hizo lo propio: una discoteca de música retrofuturista y un prostíbulo de lujo. Y es que al nuevo modelo productivo no le interesa la agricultura, la ganadería, ni nada que huela a pueblo o ensucie las manos.
–No está mal del todo siempre que la Agencia Tributaria recaude… supongo.

–No lo creas, estamos pensando seriamente en no dejar del Estado, ni el recuerdo, y reconvertir la Agencia Tributaria en salones para organizar macro fiestas y sesiones de nigromancia. Nuestra economía, imaginativa y avanzada, se asienta en la construcción de casas, el vicio y el beneficio. Se trata de ser pragmáticos, y no éticos. Debemos elegir: o morales y pobres, o indecentes y ricos.

–¿Sin escrúpulos?

–¿Cuándo has visto algo decente que funcione? Los escrúpulos arruinan a los pueblos, y nosotros vivimos un nuevo renacimiento, aplicamos las leyes del mercado  profesando el neoliberalismo, y la Nueva Economía que lleva aparejada el crecimiento sin fin. Somos una sociedad de consumo, y cualquier tipo de desenfreno se revela como máquina imparable de la creación de riqueza… A las pruebas me remito, basta con disponer de consejeros económicos con visión de futuro, y autoridades con capacidad de liderazgo. Lo que yo vengo llamando músculo activo intelectual, tecnocrático y político –dijo Isidro haciendo gala de una extraordinaria dosis de rabiosa, posmoderna e inquebrantable certidumbre.

–¿Y la economía productiva? –preguntó Julio, acomplejado casi pidiendo perdón.

–¿De qué extraña metafísica hablas, Julio? Piensa en positivo, hombre, no seas pesimista, los problemas están en ti. ¡Estamos en buenas manos y el sistema es tan fiable como un dogma de fe! Si las Vegas es una fiesta permanente, ¿por qué no va a serlo Gruyas de la Sierra, y con más razón, España entera?... ¿Acaso perteneces al sector de incrédulos, dudantes del progreso y la solidez de la economía patria?... A propósito, y volviendo al motivo que nos ha traído aquí, mira el sarcófago del fondo, a la derecha: sentada en la cabecera, está Dolores. Le abraza posesivamente tu amigo, Bastian Lambert, el Milton Friedman de Gruyas de la Sierra.

–¿Quieres decir el exlegionario jubilado Bastian Lambert… no está en su país?

–En efecto. No depositó tu carta en ninguna oficina de correos, se presentó en Gruyas, se quedó, y hoy es el primer consejero-motor de nómina, y amigo del alcalde; el auténtico impulsor intelectual, gurú, retórico elocuente investido doctor honoris causa por nuestra universidad, y profeta modernizador de este pueblo. Su llegada fue una bocanada de aire fresco… si oyeras lo bien que habla… …necesitaríamos muchos con su talento.

            Andrés miró en la dirección sugerida, y localizó a Dolores abrazada al viejo sargento expulsado de la Legión Francesa: salvador de la economía de Gruyas de la Sierra, y un traidor como amigo. Unos segundos bastaron a Julio para tomar la decisión de volver a las arenas del Sahara, y alistarse en la unidad militar donde antaño aprendiera el gabacho, y donde enseñaban los mejores especialistas de Supervivencia y Adaptación a todos los ambientes.