jueves, 3 de enero de 2013

El prototipo



 Nunca se arredró. Desde catador de vinos a sepulturero de perros atropellados en la vía pública, de afilador de cuchillos a guardaespaldas de personajes de vida misteriosa, o de tratante de ganado lanar a subastero en lonjas de pescado, mi padre no dejó nada por hacer ni camino por abrirse durante el largo periodo de tiempo vivido en Cataluña.


Yo atravesaba la preadolescencia y corrían años de la década de los cincuenta, en los que mi padre se distinguió por una actividad y ritmo desenfrenados, el pluriempleo, o los viajes a Francia, cuyas fronteras pasaba clandestinamente porque carecía de pasaporte, para traer de contrabando piedras de mechero, hierbas de Provenza, bolas de petanca, o libros perseguidos por la censura. Hombre práctico y de hechos consumados, ávida inquietud y muy pocas palabras, sin duda, las cosas no le iban tan mal cuando se permitió cumplir la vieja ilusión de adquirir una flamante motocicleta de pequeña cilindrada, sólo al alcance de la aristocracia obrera para arriba, entrampándose hasta las cejas al comprometerse a pagar letras de cambio a lo largo de un interminable lustro. 

Se servía del mosquito motorizado, o artefacto de producir ruidos espantosos, para los desplazamientos diarios al cementerio en el que trabajaba en horario nocturno, cincelando en recuerdo de los difuntos, inscripciones sobre lápidas de la última morada, para perpetuar su memoria con mensajes tan rutinarios como “tu esposa e hijos no te olvidan”. Una actividad laboral sin motivaciones suficientes, e incapaz de satisfacer a un carácter crítico irresignable, que le forzaba a entregarse en otras ocupaciones, y en este caso, conducido por el atrevimiento y la disconformidad con el rendimiento de la motocicleta, a acometer la aventura creativa de alterar sus características mecánicas y diseño estético, sometiéndola a reformas incesantes en los escasos ratos libres de que disponía. 

Manos a la obra, provisto de lápiz y papel cuadriculado, y sobre la mesa de la cocina, dibujó y acotó a mano alzada cada elemento mecánico, tantas veces como necesitó hacerlo, hasta obtener los resultados teóricos convenientes a la mejora de aerodinámica y potencia. Piñones de diente hipoide, cadenas duplicadas, excéntricas desmodrónicas, metales duros, casquillos antifricción, racionalización meticulosa del par motor y cambios radicales en el aspecto y ornato, daban la vuelta a la concepción del vehículo de principio a fin.

Rematados los planos, y a la vista del éxito en la optimización teórica, creyó oportuno enviar al fabricante italiano el plan reformista, solicitando a cambio una compensación económica negociable, hecho finalmente desestimado atendiendo a la voz desafiante del prurito personal, que le retaba a desarrollar el proyecto en solitario.

Llevado a cabo sobre papel el ideal de lo que debía ser frente a lo que era, y aprovechando herramientas o recursos internos y externos del taller del cementerio, modificó: carburador y tubo de escape, frenos, depósito de combustible, cadenas, carenado y motor; bajó el centro de gravedad y subió notablemente la altura del manillar; aumentó el diámetro de las ruedas, las ensanchó y dotó de amortiguadores; incorporó la marcha atrás; reforzó el chasis; y habida cuenta la cercanía al mar, o la oportunidad del precio de saldo, acopló un velocímetro con lectura en millas náuticas. Por su cabeza rondó la idea de ensamblar alones al artilugio, haciendo el primer ultraligero de la historia, un plan que abandonó presionado por la familia, temerosa de que castigado por su imprudencia y evidente deseo de notoriedad acabara como el sastre de Ulm. 

Concluida la metamorfosis, o transformación del vehículo en otra cosa, puso la mano sobre él, y a la manera en que Miguel Ángel Buonarroti tocando la cabeza del recién esculpido Moisés dijera con voz profética, ¡habla!, mi padre ordenó: ¡arranca! La motocicleta enclenque de cuerpo por más que enjaezada de carcasas, estremecida y agitada dio los primeros y broncos rugidos. Y apenas realizadas las atropelladas pruebas iniciales de compresión, aceleración, frenada y cambios de marcha, comenzó a provocar comentarios de aprobación en observadores y curiosos del barrio, que la cercaban noche y día, incluso cuando se encontraba atada con doble vuelta de cadena al tronco del árbol plantado frente a la puerta de mi casa.

Aún siendo innegable el aumento de potencia y robustez de la máquina, pesaba y consumía combustible en demasía, dejaba a su paso enormes humaredas, y apenas superaba la velocidad inicial en un diez por ciento. Sin embargo, su poderosa sonoridad metálica parecía salida de cavernosas profundidades infernales, y su alzado y presencia despertaban envidia en los pocos propietarios de motocicletas convencionales, o la admiración sincera de peatones y usuarios de bicicletas. 

Había pasado un año desde que comprara la moto. Alentado por el éxito, y me atrevería a decir que movido por la ambición del reconocimiento, decidió asistir al concurso nacional de inventores y jóvenes promesas, que premiaba las iniciativas y prototipos en vehículos a motor. Pero no debió moverse con acierto por los pasillos de la Administración Pública a la hora de resolver la inscripción, pues las gestiones mal orientadas o prejuicios del funcionariado contra la soberbia de un innovador, que apenas acreditaba la garantía de haber recibido cursos de mecánica por correspondencia, fueron razones sobradas para que su demanda de participación se rechazara en las instancias previas. La comunicación oficial cayó sobre mi padre como un jarro de agua fría, mas pocos días después, sobrepuesto de la frustración, resolvió burlar toda formalidad, acudiendo con la motocicleta al concurso: ¡por las bravas! 

Desde que el agente de la policía municipal entregara a mi padre la carta de su exclusión oficial en la prueba, la espera no fue larga, tal vez no trascurriera un mes. Recuerdo como si fuera hoy el momento de su partida camino de la exhibición. Mis vecinos le despedían como si emigrara a la Patagonia para no volver jamás, mi madre chispeante de alegría le auguraba suerte, mi abuela persignándose miraba hacia arriba demandando favores divinos, y mi abuelo mirando hacia abajo parecía decir entre dientes: Éste… se mata. Y me recuerdo a mí mismo más cabizbajo que feliz, después de haberme sido negada por todos la petición de acompañarle, con la excusa de que no acudía a un espectáculo para niños. Aquel día fue de los que separan el antes y el después. Salió de casa vestido para la ocasión, con pantalones de pana negra y chaqueta de cuero del mismo color; casco recién restaurado, resto alemán utilizado en la I Guerra Mundial; gafas de aviador; botas de media caña, punta cuadrada y piel de cerdo, y bufanda roja de algodón al cuello. La planta de moto y motero era digna de un cuadro de vanguardia futurista, o de El Cid Campeador sin espada, a la conquista de merecidos y justos laureles proporcionales al acierto de las reformas. 

Hasta la llegada al centro de Barcelona, desde El Prat de Llobregat, la motocicleta soportó dieciocho o veinte kilómetros sometida a constantes cambios de velocidad, frenazos y acelerones producidos adrede. A fin de verificar resistencia y estabilidad, subió escalones y planos inclinados temerarios, franqueó parterres, salvó medianas, cruzó fuentes, superó bordillos y baches endiablados, y ni se inmutó al atravesar, deliberadamente, enormes manchas de aceite derramadas en la calzada por un camión averiado. Impasible como una apisonadora, aguantó los más exigentes ensayos circulando por una ciudad desierta, salvo el circuito preparado para el desfile de vehículos en el que se concentraban las fuerzas de seguridad y orden público, vigilando hasta la respiración de los asistentes y protegiendo a las autoridades de las más diversas instituciones: Ministro de Industria, Gobernador Civil, Gobernador Militar acompañado de algunos generales de los tres ejércitos, Presidente de la Diputación, Alcalde de la Ciudad, Presidente de la Cámara de Comercio, Obispo de la Diócesis de Barcelona, Vicario General Castrense, Rector de la Universidad, Secretario Provincial del Sindicato Vertical, algunos procuradores en Cortes… y las esposas, o amantes con las que vivían en concubinato, los notables civiles. El espectacular e inusual despliegue de elementos antidisturbios controlaba hasta el último centímetro cuadrado de terreno y, cuanto menos, igualaba al de las grandes paradas a las que asistía el Generalísimo. 

A lo largo de la avenida alumbrada por un sol radiante de primavera, en centenares de mástiles, cuidadosamente equidistantes, ondeaban las banderas de España, sonaban las marchas militares en los equipos de megafonía amenizando con solemnidad festiva, y las gigantescas zampoñas de los barcos emitían saludos graves y monocordes, prestando originalidad al evento. 

La organización había preparado la vía de servicio para el paso de la caravana, y mi padre se incorporó oportunamente a ella, en una curva, introduciéndose por una falla en la continuidad del recorrido cercado, ocupando el primer puesto. Menos el suyo, todos los vehículos exhibidos mostraban muy visible el preceptivo número de identificación, en color azul, que acreditaba al participante. Mi padre, sin embargo, llevaba únicamente en el pecho la convicción del reconocimiento de público y jurado a la realidad innegable de su prototipo y, encajando la prominente y cuadrada mandíbula, ardía en deseos de llegar a la altura de las tribunas, persuadido de que obtendría un éxito rotundo. 

 Enfiló el Paseo de Gracia burlando a los vigilantes de la organización, quienes avisados de la incorporación del intruso intentaban en vano obstaculizar su marcha levantando los brazos. Impertérrito y aprovechando la confusión, pasó delante de las cámaras del NO-DO ignorando al director del noticiario cinematográfico, que gritaba histérico a los cámaras: “¡Corten!... ¡Corten, o de ésta nos meten a todos en la cárcel!” Y en pocos segundos, sin mirar nunca hacia atrás, desembocó en la Plaza de Cataluña, alcanzando los primeros graderíos montados al efecto para la demostración, y repletos de público que, dividido en opiniones, se rompía las manos aplaudiendo o abucheando indignado. 

En aquel instante, la motocicleta que hasta entonces había rodado sin anomalías, pareció revelarse, asfixiándose y cambiando de ritmo. Derrapó, hizo un inesperado movimiento en zig-zag, y le siguió una extraña cabriola que desmontó a mi padre del asiento catapultándole a quince metros, soltando media docena de agudas detonaciones, seguidas de una explosión descomunal. Al tronar el último y seco estampido, correspondiente al reventón del depósito de combustible, quedaba desguazada por completo provocando el incendio inmediato de 20 coches aparcados en el entorno, y sembrando el desconcierto y la desesperación entre los organizadores. 

De inmediato, una inmensa aglomeración de espectadores formó un corro irrespirable en torno a mi padre puesto en pie, interesándose por su estado físico y la conveniencia de auxilio sanitario. Consciente de la comprometida circunstancia, y por algo más que una intuición, deshecho en agradecimientos hacia la concurrencia espontánea, se disculpó, rompió la barrera humana circundante y, lanzándose a la carrera en dirección a la cercana boca de metro, desapareció. Por encima del griterío caótico, a lo lejos sonaban ensordecedoras las campanillas montadas sobre los camiones de los bomberos, ululaban las sirenas de las ambulancias de la Cruz Roja, y bufaban los agentes de tráfico completamente desbordados y enloquecidos. 

Entretanto, la guardia urbana, la policía nacional, brigadas antidisturbios y agregados locales de urgencia y rescate, miembros de voluntariado ciudadano, la totalidad de los servicios de emergencia de Cataluña, un centenar, o más, de periodistas de prensa escrita o hablada, y… hasta los carteristas y trileros de la Rambla de Canaletas, iniciaban precipitadamente y sin orden la persecución del intruso; magma humano que en el fragor de la persecución, privado de voz única de mando, embarullado y entorpecido por la caída de algunos de sus elementos, atascó la escalera de acceso al subterráneo, propiciando involuntariamente su huída. 

 A la bajada del segundo tramo, apercibido mi padre de la existencia del registro de hierro fundido de la red de alcantarillado, levantó la tapa, y segundos más tarde, oculto y seguro, sentado en los escalones acerados incrustados en la pared del pozo, la recolocaba sobre su cabeza. Aislado del mundo, y agitado el corazón a doscientas pulsaciones por minuto tras escuchar el paso en tropel de los perseguidores, algunos de los cuales lo hacían con ánimo de lincharle, procedió a limpiarse la frente con una manga de la chaqueta, porque sudaba copiosamente, y respiró con hondura repetidas veces, serenándose. Sacó de un bolsillo del chaleco el librillo de papel junto a la petaca de tabaco negro, lió un cigarrillo que encendió con el mechero de mecha y, dejándose arrastrar por el sentimiento de libertad, exhaló un suspiro de alivio. 

Sus ojos se adaptaban a la oscuridad que señalizaba la luz del pitillo, y soportaba el hedor, o los ruidos distorsionados producidos por las aguas sucias en el trazado irregular de las galerías, en tanto las sensaciones contradictorias se atropellaban en su cabeza. Simultáneamente, acudían los primeros impulsos de resignación, porque habiendo iniciado aquella aventura con la idea de salir de las cloacas, entraba en ellas, o de conformismo, porque de la provocación de un desastre pavoroso, por fortuna sin sangre, ninguna desgracia personal podía atribuírsele. 

El lector conoce bien el final de esta historia, tal vez mejor de lo que el protagonista podía pronosticar. De pronto, una potente linterna se encendió a sus pies y, cuando sus ojos se adaptaron a la luz, pudo ver las siluetas de una pareja de la Guardia Civil, que bajo los tricornios le apuntaba con las armas de reglamento, espetándole inapelable: 

– ¡Queda usted detenido por alteración del orden público y siete delitos más! 

El resto no lo contaremos hoy, bastará asegurar que ni siquiera se molestaron en leerle sus derechos.

domingo, 30 de septiembre de 2012

Cuentos célebre de animales (3 de 3)

El hombre es el animal que está 
un milímetro por encima del mono, 

y un centímetro por debajo del cerdo.

                                                                                                                                     Pio Baroja


DEL TERCERO de los cuentos desconozco al autor y no tengo memoria alguna, pero debe de haber sido llevado al papel. De manera que en tanto algún amigo me remite su texto, lo rescribiré como suele hacerse con frecuencia en este género literario, contribuyendo así a su difusión. El cuento pretende enriquecer e ilustrar una vieja idea, el conocido aforismo del filósofo griego Jenofantes, que postula:

Si los toros creyeran en Dios, le pintarían con cuernos”

El pensador griego presuponía que si los animales tuvieran la capacidad reflexiva acreditada por el animal humano, se afirmarían en la misma y equívoca percepción egoísta, que hace atribuirnos a los hombres el privilegio de ser espejo donde todo se mira, o epicentro exclusivo y meritorio de atención: niño en el bautizo, novia en la boda, cadáver en el sepelio, o verdugo y hacha en el patíbulo.



Veinticinco siglos después de la muerte del pensador griego, al autor de la ficción que traemos hoy a esta página, le anima idéntica intención que al filósofo: poner de relieve el antropomorfismo de la divinidad, valiéndose del viejo ardid de la humanización de los ratones. Y todavía podemos ir más lejos; la idea de que lo Divino y lo Humano son una sola y misma cosa, la extendió Hesioto veintisiete siglos atrás, y no ha perdido vigencia desde que sentenciara “Vox populi, vox Dei”, para disgusto y desautorización de emperadores, reyes y generalísimos, que con las armas en la mano  defendieron su derecho a gobernar por designio divino. En el fondo se amparaban en la sentencia de Jenofantes repetida cada generación una y mil veces, con muy distinta intención, ansiando sino en el fondo sí en la forma, ganarse el marchamo de originalidad. Ciorán, por ejemplo y casi ayer mismo, nos dejó el siguiente aforismo coreando la misma letra:

“Toda versión de Dios es autobiográfica. No solamente procede de nosotros, sino que es asimismo nuestra propia interpretación”.

Relatos como el que a continuación vamos a contar, que hemos leído reducido a una paráfrasis de veinte palabras, ilustran el principio de que “el hombre es la medida de todas las cosas”, sostenido por el presocrático Protágoras de Abdera, Aristóteles o Voltaire: algo es bueno o malo, admisible o rechazable, grande o pequeño, porque en una consideración subjetiva e interesada, -y con torpeza- lo medimos con escala de proporciones humanas. Y aún más. Cada individuo aplica a los valores universales más sublimes, las referencias particulares más banales e insípidas, reduciéndolos a la condición de domésticos obedientes al servicio de sus miserables e insignificantes conveniencias: “Gracias a Dios he encontrado el cepillo de dientes”. El Ángel de la Guarda y Conseguidor, asignado al agraciado, le parece a éste de muy baja condición y con tan mala prensa como el Inspector de Hacienda, al que en consecuencia, y galleando si no le faltara valor, debiera rechazar con buenos argumentos: 

“Los impuestos que debo pagar los acordaré directamente con el Jefe de Gobierno… ¡fuera intermediarios!”  



Acaparador y aventajado utilitarista, en una maniobra de distracción imperdonable, cada hombre puede hacer el milagro de que lo Absoluto se ocupe de sus nimiedades y bagatelas más infames, mientras le hace olvidar necesidades tan inaplazables, dramáticas y fundamentales como detener el progreso galopante de la metástasis de células tumorosas que, sistemática e implacablemente sanguinarias, martirizan hasta devorar cada día a miles de seres humanos inocentes.
Una cultura milenaria inculcada por especialistas consagrados a la misión de enseñar a los hombres, casi desde su nacimiento hasta la muerte, aún no ha sido capaz de imponer el sentido común, -si es que tal sentido existe- sobre los instintos más primarios. Un fracaso.


-El ombligo del mundo-
ENTRE EL CAMPO y la ciudad, nacidos en un agujero inadvertido para sus enemigos, crecían dos ratoncillos que habrían de madurar física y síquicamente antes de atreverse a compartir el peligroso mundo exterior. De los adultos, que alimentaban y cuidaban a los pequeños ávidos de sensaciones, aventuras y deseos de vivir, recibían oportunas enseñanzas, posibilitando la pervivencia de la especie y el entendimiento entre sus miembros, e incluían lecciones de moral que a los roedores bien nacidos, permiten distinguir entre lo bueno y lo malo, lo superficial, o lo trascendente, lo importante y lo accesorio. A la educación de la conducta, se añadirían las creencias transmitidas de generación en generación, de que ocupaban el mejor espacio y gozaban la suerte de la mejor tierra, el ambiente más propicio, las hembras más hermosas, o el queso más exquisito. Y escucharían de labios de mamá, la fábula atribuida a Esopo, y su moraleja a favor del medio agrario frente al mundanal ruido de la ciudad: “Más vale una vida de modesta paz y sosiego que todo el lujo del mundo lleno de peligros y preocupaciones”. Y de su padre, la advertencia del probable peligro de una visita a sus feudos del monstruo agresivo e infernal, al que no llamaba lobo, sino: gato.

¡¿Gato?! –interrogaron exclamando los pequeños, a dúo.
Un bicho tan perverso como el búho, horroroso y con ínfulas de independencia. Cazador ágil, y carnívoro, dotado de notable olfato y afiladas zarpas, con frecuencia sordo, dormilón por antonomasia, y sin embargo, merodeador nocturno y explorador a la búsqueda de oportunidades a la garra. Toda la actividad, amabilidad y perseverancia que sobra a la hormiga, le falta al gato: felino de salón, asesino despiadado que a nosotros nos ha declarado la guerra sin cuartel, y huye cobardemente del perro como de la muerte. Lo veréis como doméstico lacayuno de brujas y magos en fiestas orgiásticas y lujuriosas… no se pierde un aquelarre; a ese parásito vividor, refugiado a cada momento en el sol que más calienta, no le avergüenza ser un oportunista y desgraciado acólito servil del hombre –abundó el ratón, padre de familia.

Papá, ¿quién es el hombre? –inquirió el más crecido de los hermanos.

 –¡Un mastodonte! El más salvaje, cruel y peligroso entre todos los animales, el rey del caos ordenado, dotado de las determinaciones suficientes para cambiar el equilibrio ecológico del planeta, haciéndolo irrespirable e imposible de habitar…

¿Trabajan? –interrumpió el benjamín.

Algunos y con poco provecho… ¡trabajan hasta la extenuación! Otros se abstienen de hacerlo aunque sean los que mejor viven… No lo parece, pero este animal gregario, con el gato y los de nuestra especie, tiene muchas cosas en común, incluidas las enfermedades: es un simple mamífero. Los ratones le burlamos con facilidad, y en la ciudad vivimos en libre albedrío enteramente a su costa. El hombre no es consciente de su insignificancia, y no sé por qué se cree tan inteligente. ¡No lo sé!

¿Cómo le distinguiremos de cruzarnos con él? –se interesaron.

Miradle las extremidades superiores, las maneja bien y cuenta con cinco dedos en cada una, uno más que nosotros, aunque el más pequeño de ellos no le sirva para nada. Tened en cuenta el color de la piel: hay hombres blancuzcos, negruzcos, amarillentos… carecen del color “gris ratón” envidiable y aterciopelado, distinguido, aristocrático y vistoso, que nos hace estéticamente únicos. Y ¡atención!: envuelven su cuerpo con trapos de distintos colores, sin orden…



¿Por qué, de colores? le cortaron.

Lo ignoro, aunque supongo que por envidia del camaleón. Dejadme continuar…. el pelo les cubre la cabeza en forma de bola, andan torpe y lentamente sobre dos patas, gorjean para entenderse entre sí, y honran a sus congéneres después de muertos, aunque los vilipendien y difamen a lo largo de la vida… Son animales extraños, altivos y verticales, que cuando no pueden mandar sobre otros, se compran un perro.

¿Podemos llegar a entenderlos?

Sí, podemos llegar a entender lo que piensan, son tan grandes que lo evidencian gestos y movimientos de su cuerpo. Pero nos resulta incomprensible saber por qué juran o prometen una cosa, piensan otra distinta, y a la media vuelta contra todo pronóstico, hacen la contraria. ¡No son de fiar! Carecen de los méritos suficientes para que depositemos en ellos nuestra confianza, aunque lo intentan haciendo creer que proceden del  rancio y noble linaje  del mono.

En fin, en la formación de las criaturas, contaba el adiestramiento práctico para adaptarse a la realidad, o reconocer a los amigos y los enemigos. Tampoco, y conforme al pragmatismo conveniente, faltaban supercherías y prejuicios preponderantes en el mundo de los ratones, cuya inteligencia para las ciencias exactas, o las especulativas, calificaríamos los hombres de rudimentaria e instintiva, o sin pies ni cabeza.

Una noche sin luna, amparados por los consejos maternales, los ratoncillos se aventuran a salir de la ratonera protegidos por la oscuridad, con decidida intención de conocer el entorno y respirar aire limpio. Dos pasos adelante y uno atrás; la cautela en el movimiento se corresponde con el precavido temor a lo desconocido, y el contacto entre ellos, caminando muy juntos, produce una indispensable sensación de mutuo y solidario amparo. Apenas franqueada la puerta del seguro habitáculo, en la que cuelga un rabo de gato porque proporciona buena suerte, con los sentidos despiertos, la emoción dibujada en la cara, y pleno el sentimiento de libertad, miran hacia arriba y descubren el espectacular manto infinito de puntos brillantes que titilan incansablemente. Reconocen lo que ven: el largo y ancho firmamento desde donde las almas incandescentes de los ratones muertos, iluminan la noche.

Ha prometido mamá que, en las próximas noches, nos acompañará para identificar a nuestros abuelos entre las luces  más brillantes le dice un ratoncillo al otro señalándole las estrellas.

En el aire, sin esperarlo y como salido de la nada, algo extrañamente veloz atraviesa el campo de visión de los pequeños roedores, que atónitos, con los ojos de para en par, prestan atención absoluta. Parece un ser vivo en trajín aleteador,  surca la oscuridad en imaginativo y quebrado movimiento describiendo rápidas, gráciles, indescriptibles y arriesgadas parábolas sobre sus cabezas, y es un murciélago. Fascinados ante la inesperada aparición de un ratón al que adorna el privilegio sobrenatural de volar, irradiando entusiasmo los ratoncillos corren hasta el interior del hogar, mientras con entrecortada voz gritan desaforadamente, y palmean locos de contentos:

–“¡Un ángel, un ángel!… ¡Mamá, mamá, hemos visto un ángel!”

domingo, 9 de septiembre de 2012

Cuentos célebre de animales (2 de 3)


¿Volverá otra vez ese tiempo en el que no temíamos a las utopías?
                                                                                                                    Elias Caneti.

EL SEGUNDO cuento seleccionado tiene un sentido moral,  la importancia y belleza de su mensaje le hace inmortal, y su texto ha de buscarse en el libro sagrado de los musulmanes: El Corán. Supe de él hace ya muchos años por un buen amigo de nacionalidad turca, rasgos orientales y de nombre Talay, que era cristiano para vestir, cosaco para beber, confucionista para pensar, musulmán de nómina, e interdisciplinario de costumbres.

 Hijo de madre china, y diplomático turco de Anatolia Central destinado en Madrid, Talay tenía a gala confesarse relativista por educación, y de exquisitos y afectivos sentimientos tan a flor de piel, que era incapaz de molestar a una pulga aunque ocupara su cama. Vegetariano naturista convencido, Talay padecía un conflicto personal que dirimían su razón y su estómago, aunque bebía con prudencia todo cuanto ponían a su alcance, desde agua mineral hasta alcohol isopropílico. A él escuché exponer, un día cualquiera  tomando té negro en un vaso de cristal en forma de tulipán, la duda de si los elementos vivos más insignificantes de la naturaleza, tienen, o no tienen conciencia de si mismos, y decir parafraseando a Elias Caneti, que si en consecuencia, aplicáramos el respeto a la naturaleza que nos inspiran los sentimientos, deberíamos de comer y beber, llorando.

He recordado siempre a Talay haciéndome ver las semejanzas y diferencias de las culturas distintas, y lo que es mucho más importante, las ventajas de seguir al pie de la letra leyes no escritas: las que están impresas en los pliegues del subconsciente individual y el subconsciente colectivo, allí donde los valores éticos y naturales, libres de los condicionamientos de la tradición o la educación, e independientes de los intereses ideológicos, nos igualan, hermanan, y brillan con luz propia. Así se expresó el día que aposté por saber un poco más de lo que dejaba ver a simple vista, cuando todavía a falta de la confianza en el trato que más adelante fui adquiriendo, ataqué frontalmente el discreto cerco en que se envolvía,  preguntando sin permitirle evadirse:

Talay, has conocido de cerca y de primera mano varias doctrinas, un privilegio envidiable y poco común, que  permitiéndote elegir, posiblemente te haga dudar.




¿Dudar o… estar más seguro? –alegó calculadamente vacilante–. Las doctrinas son casas de muchas esquinas, y las gentes suelen tomar de ellas sólo una parte, la más útil y ventajosa a sus intereses: la que necesitan. Por ello, más que en las doctrinas, busco las convicciones íntimas de los individuos que  se mueven desde  la jactancia de creerse en posesión de la verdad, al enfoque austero de pensar que la verdad es inaccesible.

Vamos al grano, no espero una respuesta compleja, mi pregunta no es tan complicada… ¿tú que eres?... Todo el mundo quiere identificarse con un ideal o con una denominación de origen, todos queremos ser algo…

Yo también quiero ser algo, y lo soy –me contestó Talay.

¿Qué?

Humano. Humano y responsable. ¿No es suficiente?

Sí –le dije yo supongo que sí.

 Después se explayó profundizando en el sentido que lo hacen las líneas que anteceden al diálogo, y no vienen mal a la introducción conveniente a este cuento. Y aunque supongo la literalidad de esta narración, alterada por la deformación producida en la transmisión oral, sin duda el sentido es fidedigno, y los textos entrecomillados, cabales.

                                         -La vida-
SE TRATA  de la historia que contara el profeta Mahoma del nómada perdido en el desierto, que exhausto y al borde del agotamiento, tras muchas horas de desorientación y temores, muerto de sed, llega al oasis que anuncia un cambio a su suerte. Reconfortado por la sola idea de encontrar el agua que calmará su ansiedad desesperada, acelera el paso los últimos metros al encuentro del pozo que divisa en la distancia, hasta correr. De un breve salto asciende al brocal del mismo, y desde allí valiéndose de pies y manos, desciende hasta el nivel del agua de la que se sacia generosamente antes de zambullirse y refrecarse, para subir después no sin esfuerzo y costosas artimañas, satisfecho y restablecido, sintiéndose un hombre nuevo.

Fuera del pozo se arrodilla, y tras de agradecer a la divinidad la suerte inmerecida de su auxilio, y confesar la necesidad perentoria de aliviar su hambruna, se encarama a una palmera datilera y recoge el fruto que introduce en la talega colgada al hombro, antes de sentarse a su sombra.

Se siente bien tras haber devorado los dátiles con placer y uno a uno; el sol sestea implacablemente abrasador, y apetece seguir descansando y dormir. Nuestro hombre estira las piernas, apoya la cabeza en el tronco del árbol, y a su espalda percibe un ruido que le hace saber que no está solo: el de la respiración agitada de un perro que extenuado y anémico, merodea sediento y con la lengua fuera, sin encontrar modo alguno de calmar la espantosa angustia. Removido por la compasión el hombre se levanta, hace descansar  la talega junto al tronco de la palmera, acaricia al animal al que con sus atenciones devuelve la esperanza, baja de nuevo al pozo, y valiéndose de uno de sus zapatos, asciende con el agua de la que el perro bebe hasta hartarse.

Llegado a este punto del relato, interrumpe a Mahoma un oyente que quiere saber, y pregunta:

“¿Maestro, tiene premio defender a los perros?”
A lo que, Mahoma, replicó conciso:
“Tiene premio defender la vida.






viernes, 27 de julio de 2012

Cuentos célebre de animales (1 de 3)

Sufrir sin quejarse es la única lección que debemos aprender en esta vida.
Blasco Ibáñez



 EL CUENTO  es el género literario más importante e influyente en la historia de la humanidad, porque su forma y brevedad es apto para introducirse bajo la epidermis de las  conciencias más primarias, y transportarlas más allá de la realidad. Un vehículo de apariencia frágil sin pretensiones, pero dotado de la solidez del todoterreno y la ligereza del ala delta; un arma de hechuras inocentes, simple como la daga y arrasadora como la bomba nuclear; un excitante avivador de fieras, o un somnífero para morsas y paquidermos. Generación tras generación, nuestros ancestros nos educaron con cuentos, y en multitud de oportunidades la ambición del narrador astuto y sutil, nos vendió gato por liebre, haciendo pasar cuentos por historia verdadera, ya fuera ésta sagrada y venerable, o profana y laica.

Ya adultos y adeptos a su formato, de la nutrida colección de cuentos heredada y suficiente para empapelar El Escorial dos veces, arrumbamos en el baúl del trastero muchos de los ellos, y nos entregamos a la lectura de otros, aquellos que renovaban nuestra sangre y demandaba nuestra sensibilidad devoradora e insatisfecha. De estos quiero hablar: de los cuentos, fábulas, narraciones breves y microrrelatos, que pesan en nuestro recuerdo con efecto demoledor, y que leídos de un tirón y en corto espacio de tiempo, impactados por su desenlace y ruptura radical, dramática, inverosímil o humorística, con frecuencia pusieron un punto final a la jornada, e impedido que iniciáramos otra lectura. En otras ocasiones y de distinto modo, no llegamos a verlos impresos en papel: los escuchamos de viva voz. En cualquier caso, los buenos cuentos exigen siempre tiempo para meditar, y aún siendo cierta su carencia de complejos nudos a deshacer, maltratan la conciencia, escarban el subconsciente, proveen de un sentido inteligente a la duda, y tienen el mérito bien ganado de enseñar y sembrar, sin adoctrinar, o la virtud de ayudarnos a despertar, y no a dormir.

En el fondo, e intencionadamente, los cuentos célebres de animales que me  propongo recordar aquí, solapan valores y sentimientos humanos, con instintos y conducta de los animales, y hasta abanderan una defensa a ultranza de la vida de éstos.  Y de ningún modo son ajenos a la sensibilidad del pensamiento animalista; han sido seleccionados pensando en el filósofo australiano de nuestros días, Peter Singer, controvertido alentador del movimiento que se ha hecho ver por las calles de Melbourne descansando sobre fardos de paja, y con un bozal cubriendo su rostro, en el interior de una jaula; el Peter Singer que ahonda en la teoría del utilitarismo de Jeremy Bentham, y su tesis de que los actos humanos deben juzgarse en función de la utilidad que tienen, es decir, según el placer que proporcionan o el sufrimiento que producen, y que dejándose llevar por la sensibilidad favorable a la vida animal, aplicando el principio de minimización del sufrimiento, concluye que: luchar por el derecho de los animales, es hacer a los hombres más humanos.

Conveniente a la brevedad, dejo aquí el preámbulo con que pretendo rememorar el primero de tres cuentos célebres de animales, que en mi cabeza desafían al olvido.

-Fidelidad e instinto-
EL ORIGEN del primero de los cuentos, a cuyo espíritu espero ser fiel, cuando menos pudiera remontarse a cinco siglos atrás. Debemos su divulgación a un escritor de culto al que se llamó “impío contumaz”: el valenciano y naturalista Vicente Blasco Ibáñez, quien lo versiona e incluye en la novela Cañas y Barro.



Relata la historia del pastorcillo que apacentaba cabras, y paseaba orgulloso con una serpiente enroscada al cuello, a la que en sus primeros días amamantó con leche recién ordeñada, y trató como a un ser humano. Por brujo tenían las gentes de la Albufera al muchacho, y por el mismísimo diablo, al ofidio al que llamaba Sancha, y en quien reconocían a su protector contra los reptiles que poblaban una densa flora selvática. La leyenda, endulzada con la mutua satisfacción en los juegos infantiles que alegraban sus horas, o la reciprocidad del reconocimiento de los valores que asienta las amistades sólidas, se pierde en el rumor persistente, inverificable y mitificado, durante los años de su ausencia.

Siendo el cabrerillo ya un hombre, corrió como la pólvora entre los habitantes de la Albufera la noticia de su estancia en el ejército, en la guerra, y en tierras italianas al servicio del Rey. Los ecos de su valentía en la lucha contra los enemigos del monarca, el rango militar alcanzado con acciones heróicas, o la fidelidad a los compromisos, hasta hacer de él una leyenda para algunos vecinos, y una farsa para otros, se emparejaron al misterio de su personalidad inabordable. Y nadie ocupó su lugar en el bosque; temerosos de las alimañas que lo frecuentaban, ningún rebaño osó campear por aquellas pestíferas lagunas durante los años en que anduvo alejado.

Un día en que agostaba el verano, y diez años más tarde, los vecinos vieron aparecer a un soldado. Botas robustas de caña alta y punta vertical, barba descuidada, uniforme castrense y paso marcial, le hacían difícilmente reconocible a las lugareñas semiocultas tras de las ventanas, pero era el pastor que regresaba ansioso por reencontrarse con sus mejores días, su entorno y añeja intimidad. Llegó hasta la llanura pantanosa donde en otro tiempo cuidara del ganado, y llamó a la serpiente como acostumbraba hacerlo con frecuencia en el pasado:

–¡Sancha! ¡Sancha!

 Le respondió el silencio, por ello recurrió al silbido agudo y penetrante, el último recurso, la contraseña de urgencia a la que el animal respondiera siempre. Al silbido le sucedió un ruido irregular, misterioso y prolongado, producido por el movimiento de la tupida maleza seca de los alrededores, que precedió a la aparición del reptil. El soldado, sorprendido de su enorme tamaño, dudó entre abandonar el lugar o esperar la reacción del animal, que pareció reconocerle, ascendió serpenteante desde los pies hasta su cuello, anillándose en torno al cuerpo, los brazos y la cabeza, y mirándole a los ojos frente a frente, exhaló su aliento.

¡Sancha, basta de bromas! protestó el soldado cada vez más angustiado por las caricias y la presión cada instante más firme de la bestia. ¡No he venido a jugar, suéltame!insistió claudicante y con un hilo de voz ante la indiferencia del reptil.

Días después, la Albufera se vestía de luto. Más veloces que el pregonero, las campanas del poblado en secuencia lúgubre, extendiendo el mensaje que al vecindario sonaba a muerto, doblaban con sombrío y melancólico ritual de honra fúnebre en series de doce badajadas. Las mujeres reunidas en apretados grupos, cuchicheaban y se hacían cruces poniendo en duda los méritos, las virtudes, y el respeto al dogma del difunto: “Que el Señor se apiade del alma de ese hereje”. Unos pescadores habían hallado el cadáver del soldado, decompuesto y triturado, víctima del irresistible instinto salvaje de la vieja amiga. 

domingo, 24 de junio de 2012

Animales (4)


LA BRUJA

soy el profesor de ciencias Sandalio Monteamargo Negrete, al que algunos de ustedes ya conocen, y hoy me trae aquí una misión distinta a la de impartir la asignatura, no por ello con intención menos científica. –Dijo dando por iniciada la conferencia tras desprenderse del abrigo de color verde lagarto, que dejó sobre el asiento, y extendiendo un libro sobre la mesa del estrado, con decenas de lengüetas de papel que separaban las páginas con subrayados, enunciados, apostillas o aforismos de interés para la ocasión, que leería más adelante.

 Había parecido imprescindible, al director espiritual del internado, que la formación moral de los alumnos en las últimas sesiones de los Ejercicios Espirituales del curso, la potenciara un profesor de ciencias en lo que respecta a la espinosa y peliaguda cuestión de la relación del hombre con el sexo, y  para ello nadie mejor que la prudente y medida contundencia del profesor de naturales, Sandalio, un cuarentón avanzado y de rostro severo, alto, conquense de origen, apóstol propagador y cruzado del conocimiento, con tan gran capacidad de comunicación y verbo, que merecía carta blanca para transmitir de viva voz, juicios y experiencias en materia tan delicada.

– Si alguien espera de mí una lección de moral al uso, se equivoca, –prosiguió el profesor– de manera que pueden ir archivando monsergas, que amenazan condenar al lujurioso con la perdición del alma, y penas de Infierno. Yo les hablaré de la antesala de ese abismo, de los castigos que padecerán en este mundo, pues si bien es cierto que “Dios ha puesto a nuestro alcance gratuitos, magníficos y simples goces, para impedir su disfrute a destiempo, la naturaleza nos mortifica con las consecuencias más dolorosas y sanguinarias: el Infierno en la Tierra”, –dijo mirando al libro de soslayo–. Lo sé, porque libros como éste, en la materia que hoy abordamos, lo enseñan y demuestran científicamente.

El profesor levantó la mano derecha exhibiendo el ejemplar, y moviéndolo con el brazo adelantado, haciendo un barrido de uno a otro lado, posibilitó la lectura de su título a todos los alumnos sentados en los asientos de la sala de conferencias. Se trataba de “Onanismo o el espantoso pecado de la autopolución”, escrito por un autor inglés de nombre Bekkers, médico de profesión, religión protestante, moralismo integrista, y editado en el año1710: una terrible y categórica advertencia que daba fe de las consecuencias provocadas por la masturbación masculina. El título estampado en letras bien visibles sobre la portada, unido a las últimas frases, hicieron temblar inconscientemente, tanto a los cercanos, como a los alumnos más alejados del estrado.

Les hablo desde la experiencia, la decencia y el sentido común. A los argumentos metafísicos y teológicos que en los Ejercicios Espirituales habrán escuchado, yo quiero añadir evidencias razonadas: el cúmulo objetivo e indiscutible de conocimientos de que nos provee la medicina. En la masturbación tienen el origen las mayores calamidades que un joven puede padecer. Entre ellas, no quiero privarme de citar las más importantes que descubriera el doctor e investigador Bekkers: “…trastornos estomacales y digestivos, inapetencia o hambre canina, vómitos, náuseas, debilitamiento de los órganos respiratorios, ronquera, impotencia y falta de libido, sensaciones dolorosas en la espalda, trastornos visuales y auditivos, mengua de las fuerzas físicas, palidez, delgadez, pústulas en el rostro, aminoramiento de las fuerzas síquicas y de la memoria, ataques de rabia, sabañones en los pies, idiotez, epilepsia, rigidez, fiebre y caída en la tristeza que puede llegar a inspirar el suicidio...” ¡La perspectiva no es posible imaginarla más espeluznante!

El profesor Sandalio cerró el libro e hizo una pausa; un entreacto calculado para estudiar la reacción de los alumnos, apreciada en la expectación absoluta reinante en la sala, donde se hubiera oído escandalosamente la respiración de una mosca. A la generalizada mudez que provocara su introito, reaccionó quitándose las gafas de concha, que limpió insistente y lentamente con un pañuelo, oteando desde sus dos metros de alzado los trescientos sesenta grados del entorno, antes de aplicárselas sobre la nariz para proseguir  el discurso reentrando en el tema sin preámbulos y  a degüello.

No crean en esa peregrina y extravagante idea que corre de boca en boca, e ignora la conveniencia saludable de guardar a cualquier precio la castidad: “Órgano que no se ejercita se atrofia…” es una aseveración falsa. Yo afirmo lo contrario, ¡los espermatozoides que se reservan son como los buenos vinos, ganan en calidad! Cierto es que el número de espermatozoides que produce el organismo humano en una vida, es muy alto, extraordinariamente alto, pero limitado o finito. Y cuanto antes comienza a consumirse esa energía, antes se agota. Es como si alguien dispusiera de recursos económicos para consumir tres panes a lo largo de una semana, y se los comiera el lunes.

Pese a la improvisación del hilo argumental, la respuesta de algunos sí, dispersos, con tibieza y a modo de rumor, dieron pie al profesor Monteamargo, que negaba amenazar pero amenazaba, para continuar alimentando el incendio con más carbón:
  El argumento a favor de este control de capital energético es simple y de carácter economicista. No hay más que dos alternativas a seguir, la de la Cigarra, o la de la Hormiga. ¡Dilapidar espermatozoides sin miramiento, o ahorrarlos avariciosamente! En sus manos está la decisión trascendente, que consiste en malgastar como las primeras, o reservar como las segundas, energías que precisarán mañana ––profirió inalterable, empujando las palabras con el cuerpo entero.

En aquel momento, algunos sofocados susurros comenzaron a recorrer el espacio de boca a oído, y el profesor interrumpió la arenga dirigiéndose a los alumnos, sin personalizar, y esbozando una sonrisa oblicua y atravesada.

Sí, digan…, pueden interrumpirme… no pasa nada, díganme…
Bueno, –alegó un estudiante– quería decir que el padre Félix nos dio una charla el martes pasado, y puso como ejemplo sobresaliente al que llamó rey de la selva: El Elefante, una bestia de larga vida que se aparea una vez cada dos años…, o cada tres.
Sí, en efecto improvisó el profesor con fingida naturalidad e inteligente oportunismo: El Elefante es un modelo paradigmático en economía de recursos sexuales, ha sido invariablemente el prototipo de la Iglesia por su austera y espartana autodisciplina, pero soy un científico, me rijo por patrones distintos; al fin y al cabo debemos a la ciencia el descubrimiento en laboratorio, y fehacientemente, de que la masturbación produce: “el reblandecimiento de la columna vertebral, la sequedad del cerebro y la producción de ruidos en el interior del cráneo, en un proceso, finalmente, letal”. En pocas palabras, la demostración empírica de la capacidad del placer solitario, para desintegrar o fulminar la anatomía humana. En último término, los científicos convergemos con las normas morales a las que mansamente debemos plegarnos.

Llovía sobre mojado, la originalidad era escasa, pero la exposición efectiva; para acosar al deplorable vicio de la masturbación, en la generación de los años 60, había ya dos mecanismos útiles: si la proposición moral no tenía la fuerza suficiente para doblegar la voluntad pecadora, tal vez la venganza que se tomaba la naturaleza por su cuenta y riesgo, despertara una conciencia puritana y represiva suficiente. Y para cumplir el objetivo, se valían también en el internado de dos soluciones paliativas: una dietética, la dosis diaria de bromuro per cápita y sin tiento, distribuida y mezclada con los alimentos en almuerzo o cena; la otra fundamentada en la razón administrativa  y contable de los espermatozoides.

Después, el profesor Monteamargo cambió de tercio, y habló de las enfermedades de transmisión sexual como espantosa antesala de la muerte, aportando una galería de imágenes fotográficas delatoras de la destrucción física del libertino reducido a escombros. Rostros deformes, amoratados y agujereados, purulentos y sangrantes, o narices carcomidas, labios infectos, ojos hundidos y rijosos, sexos llagados y repugnantes, le permitieron rematar aseverando que, “los organismos vitales del cuerpo humano, en un proceso calculado diabólicamente, son atacados por las enfermedades venéreas, sistemática e implacablemente, hasta su total e inmisericorde podredumbre”.

Conforme la clase avanzaba, como tomada al asalto a sangre y fuego por los cuatro jinetes del Apocalipsis, cundía el pánico en el aula, y encogían los cuerpos de los alumnos, quienes con la conciencia de ser campo de batalla de la concupiscencia, saldrían de aquel lugar espantados, arrepentidos, lívidos y pesimistas, reprochando a la creación no haberles asignado el papel de asexuados engendros, o aberraciones sin instintos, antes que despreciables humanos con debilidades.

Finalizada la conferencia, el profesor tomó el pasillo a grandes zancadas, y bajó los escalones de tres en tres hasta la planta baja, mientras miraba el reloj intermitentemente, sin demasiada confianza en que el tiempo encajara con sus compromisos. Salió del colegio, atravesó la plaza, y a punto estuvo de atropellarle una Vespa. Tomó la primera a la derecha, y dos calles más allá junto a la Fuente de Venus, y al volante de un flamante SEAT 600, le esperaba su amante a la que, antes de introducirse en el vehículo saludó sonriendo como un niño, y con un beso en la mejilla.

Cariño, llegas un poco antes de lo que esperaba, por una vez eres puntual.

Bueno, es que hoy he dado una clase atípica… no me ha sido complicado cumplir siendo breve… te aseguro que esos, no se la tocan, en un par de años, y… ¡no me olvidarán en el resto de sus vidas!

¡No me lo digas!… lo adivino, les has hablado de sexualidad.

En efecto. Debemos insistir, y formar una juventud de entereza moral a toda prueba. Modélica. No podemos consentir que aprendan de los malos ejemplos de la calle, que se combaten con métodos pedagógicos. El cine, la música moderna, el turismo y las influencias europeas en general, alteran y relajan negativamente, costumbres y tradiciones de nuestro país. Las autoridades son demasiado permisivas con la prostitución; los censores, con la radio, la televisión, o las publicaciones en papel; se habla de la liberación de la mujer y la píldora anticonceptiva… las españolas quieren adoptar la moda de la minifalda, importada de Inglaterra y que se ve en Torremolinos: ¡ese antro de perdición!… ¿Hasta dónde vamos a llegar a este paso, de no hacer distinguir a los jóvenes entre la libertad y el libertinaje? ¿Hasta dónde?

Por cierto, Sandalio, le interrumpió ella poniéndole el índice de la mano derecha, tiernamente, sobre los labios a partir de hoy debemos de fijar la cita en otro lugar, éste ya no resulta suficientemente discreto. Tengo la impresión de que no es casual, he visto pasar muy cerca y hecha una furia, a la bruja.

¿Qué bruja? –preguntó Sandalio Monteamargo Negrete palideciendo, sacudido y sobresaltado por la sorpresa,  mirando conmovido y preocupado en derredor.

¡Tu esposa! ¿Qué otra bruja conocemos, que poniendo precio a nuestras cabezas, ande a su caza y captura?


domingo, 27 de mayo de 2012

Animales (3)

SOIS ÁGUILAS CARROÑERAS




     –En resumen, colegas, –expuso Darío con la voz nasal que le caracterizaba– presumo estar en lo cierto. Controlo a media docena de clientes que frecuentan el puticlub, y bastante información suministrada desde el interior; son tipos económicamente bien dotados. Y como hemos debatido suficientemente, dejadme que os lo diga,  lo más ventajoso es dar el golpe un viernes. Quiero decir, mañana, no merece la pena demorar la fecha, cuanto antes mejor… ¿vale?
     –¿No convendría otro día de la semana? –preguntó Chema.
     –De ningún modo. Trabajo en la gasolinera los viernes, sábados y domingos por la noche, y de los tres, el primero es el de mayor afluencia. De entre los seis pájaros fichados, no menos de dos pueden contabilizarse cada viernes; los sábados y domingos la probabilidad es descendente… pura cuestión  estadística.

     A la proposición de Darío, los amigos Chema y Luis Bravo respondieron frotándose las manos. Desde algunos meses atrás venían planeando un golpe modesto, sin pretensiones de sacar grandes beneficios, pero “útil para probar fortuna en el arte de la expropiación forzosa”, le gustaba  decir a Chema.

     –De manera, –intervino Bravo– que debemos de traer la herramienta de que hemos hablado en otras ocasiones. Yo, la pistola… ¡ya sabéis!... el viejo va a resultar providencial, ha de servirnos de algo que yo sea hijo de militar de carrera. A ti, Chema, te corresponde aportar un par de barras de hierro; creo que esos individuos, no representarán ningún problema si disponemos de elementos de ataque contundentes.
     –¿Y tú? –preguntó Chema a Darío, cerebro de la operación.
     –No necesito nada, –respondió– pueden reconocerme porque algunas veces los he atendido en la gasolinera, la misión mía es controlar su salida desde mi puesto de trabajo, y llamaros por el móvil para que actuéis en el semáforo. Además me he ocupado de manipularlo; ocultos tras la cabina telefónica, en un instante lo pondréis en rojo para los automovilistas, y con un solo dedo. Con vuestra acción y las llaves de judo, como la pistola y las barras, nos sobran armas de combate para dejarlos sin dinero y sin coche.
     Al día siguiente, viernes, Bravo se enfrentaba al mayor problema. En tanto Chema recogiera de la furgoneta del mayor de sus hermanos, los tubos que éste empleaba en trabajos profesionales de fontanería, Bravo necesitaba tiempo y paciencia para hacerse con la pistola de su padre, guardada en alguna parte. Y esperaba una oportunidad suponiendo que debería encontrarse en el dormitorio principal, al que se accedía a través del salón, lugar casi siempre ocupado por alguno de sus padres.  A las nueve de la noche, el padre anunció que debía de marcharse al  cuartel por razones ineludibles, y dirigiéndose a su esposa abundó en lo que venía anunciando horas antes:

     –No os alarméis. Esta noche podríais escuchar el paso de coches de bomberos, u otros vehículos de los servicios públicos… o quizá circulen por la Avenida Calatrava… no lo sé. Haremos zafarrancho de combate en el cuartel… una simulación de atentado terrorista que comenzará entre las dos, y las seis de la madrugada, poniendo en marcha a mil hombres en colaboración con las unidades de socorro civil.
     –¿Siendo el coronel, desconoces la hora exacta? –preguntó la esposa.
     –El detalle de los ensayos de emergencias, lo decide la Plana Mayor un rato antes. Lo acordaremos en un par de horas… Luis, hoy tienes la oportunidad de ver algo interesante en el  cuartel,  yo en tu lugar no me lo perdería, ¡vamos, acompáñame!
     –No papá, no ha podido ser en peor momento, ¡lástima! Celebramos la fiesta fin de curso –mintió con habilidad y desparpajo.
     –¡Siempre que no andes por ahí haraganeando! –Refunfuñó el padre, y dirigiéndose a su esposa continuó–: ¡Proteges demasiado a Luis!… Si dejaras en mis manos a este holgazán…
     –¿Qué?... –preguntó ella.
     –Lo metería en el ejército, allí haríamos de él un verdadero hombre.

     De la conversación entre los viejos, Bravo sacaba importantes ventajas. La primera, que en breve y con la ausencia de su padre podía buscar el arma con tranquilidad; la segunda, que disponía de toda la noche para devolverla a su lugar sin que fuera advertida su falta.
Apenas abandonara el padre de Bravo el hogar, el muchacho pidió a su madre que le planchara la camisa estampada de flores, a fin de que se alejara del dormitorio principal. Y cumplido el objetivo, se introdujo en él, donde resultó sencillo encontrar la pistola en la mesita de noche: una pequeña FIE, titán calibre 25, de seis cartuchos y de fabricación italiana, que ocultó en la decorativa maceta de cerámica china del recibidor. Esperó después  un tiempo para ponerse la camisa recién planchada o cenar frugalmente, y dio un beso a su madre antes de salir a la calle con el arma en un bolsillo del pantalón, para tomar un autobús, que lo dejó a menos de un kilómetro de la gasolinera en la que  esperaba Darío, cerebro y alma de la operación, junto a Chema, su mano izquierda.

     –Bien, troncos, –dijo Darío con cara de satisfacción– tenemos dentro del antro a tres presuntos, y han dejado los bugas en el parking bajo el edificio. En mi opinión no es conveniente dar el palo al primero que salga, sino al último. Y cuanto más cercano a la madrugada lo haga, mejor, esta carretera se desertiza al avanzar la noche. ¡Ni Dios verá el golpe!
     –¡Perfecto! –corearon al unísono Bravo y Chema palpándose los bolsillos donde portaban las herramientas de trabajo.
     – Atacaremos por tierra, mar y aire –añadió Chema, teatralizando el anuncio y haciendo el indio.
     –Perfecto sí, –advirtió el cerebro– pero la acción requiere disciplina. No penséis abandonar el entorno, ni perdáis de vista la cabina del teléfono, ni hagáis una sola llamada. Y probad que, el interruptor del semáforo lo pone en rojo a voluntad, no quiero fallos, os mantendré informados llamando al móvil de cualquiera de los dos.
     –Tranquilo Darío, aprovecharemos bien la oportunidad. ¿O, no confías en nosotros? –preguntó Bravo.
     –Confío, pero necesito saber que habéis asimilado las lecciones que recibisteis de mí, ayer mismo, sobre el Águila carroñera. Nada escapa a sus garras de una cuarta de envergadura, y goza de la vista excelente de la que carecéis;  coincidente con el espacio que hay desde la esquina al semáforo, acecha a las presas al menos desde trescientos metros de altura, y no se vale de pistolas, artilugios, ni nada. ¡Vamos, que tenga que poneros el ejemplo de un animal! Hoy comprobaremos si los dos juntos, sois tan capaces como un águila solitaria, o no.

     Entretuvieron la espera durante horas, provistos de un par de litros de kalimocho por cabeza, alternando paseos, sentadas, y estudios del  plan a llevar a cabo, sin poner en duda la conveniencia de respetar la secuencia prevista del abordaje al automóvil. Cercano a la cabina telefónica y unos pocos metros delante del punto en que pararía el coche, habían dispuesto un carro sustraído en una gran superficie comercial, lleno de trapos y cartones rociados de gasolina listos para arder. Y a las tres de la madrugada recibían la llamada de Darío informando de la salida de la primera de las posibles víctimas a la que vieron pasar, memorizando el plan trazado para cuando hubiera de aplicarse. Dos horas después, abandonaba el prostíbulo la tercera y designada al asalto.

     –Atención, colegas, –avisó Darío– el pollo sale del garito bebiéndose un cubata, ¡poned todo a punto! Lleva un pito en la boca, y sobrepuestos en el careto, el bigote de Charlot y la picota de Pinocho. La chavala que le acompaña, a la que va metiendo mano, es  una veinteañera de buen ver, una negrita que cubre los hombros con un chal azul cielo… es una prostituta fina, y diría que va jarreada… Atención de nuevo… ¡Atención!.. El buga abandona el parking, y el conductor se ha calado hasta las orejas el gorrito de la furcia… trescientos metros más y, ¡está en vuestros dominios!.. No olvidéis la condición de que sois aves temibles: águilas carroñeras… cuelgo el canuto porque debo servir gasofa a un cliente.

     Pocos segundos después, la pareja iniciaba la operación pulsado el interruptor oculto del semáforo, que enrojeció, y el automóvil frenó al borde de la línea anterior del paso de peatones. En tanto Chema lanzaba el carro sobre el asfalto y un cigarrillo en el interior, incendiándolo, Bravo rompía los faros delanteros  con dos certeros golpes. En décimas de segundo, ambos se lanzaban tubo en mano sobre las ventanillas de las puertas delanteras, destrozándolas. La prostituta negra, sentada en el asiento del acompañante del conductor, chillaba aterrorizada, mientras Chema la arrancaba el bolso que descansaba sobre su regazo, y Bravo tomaba la pistola del bolsillo derecho del pantalón, encañonando al conductor del vehículo amenazándole verbalmente, y aprestándose a meter su mano izquierda por la ventanilla para atraparle por el cuello.

     –¡Vamos, hijo de la gran puta, dame la cartera, el dinero, las tarjetas de crédito, el reloj y todo lo que tengas de valor, o te pego dos tiros!… ¡Que no tenga que repetirlo dos veces!... ¡Muévete cabrón que me falta paciencia... y sal de ahí… nos llevamos el coche!... ¡He dicho que salgas! –le gritó apoyando el cañón de la pistola en el pecho.
     –¡Luis!... ¡Luis! –gritó el conductor agredido, visiblemente confuso y alucinado– ¿¡No me conoces!?... ¡¡¡Soy tu padre!!!
     Atónito Luis Bravo, abrió los ojos desmesuradamente. Humillado tras la máscara, el coronel Luis Bravo Trashorras del ejército de tierra: su padre.